FICHA TÉCNICA



Título obra El ruido del agua dice lo que pienso

Notas de Título Basada en relatos tradicionales de África, Turquía y la región Celta

Notas de autoría Georges Perla / adaptación

Dirección Jean Marie Binoche

Grupos y Compañías Teatro de la Idea Clara

Elenco Adriana Duch

Espacios teatrales Teatro La Capilla

Referencia Alegría Martínez, “La magia pródiga de las historias”, en Laberinto, núm. 255, supl. de Milenio, 3 mayo 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

La magia pródiga de las historias

Alegría Martínez

Las manos de una actriz se visten con guantes que en un instante son personajes, así su monólogo se vuelve un diálogo entre varios en el que su voz es la propia y la de otros para recrear la filosofía de los cuentos turcos, celtas y africanos, desde un pequeño tapete azul, donde un montoncito de arena nos remite al desierto.

La magia de las narraciones, su filosofía, la posibilidad de mostrar el infinito mar de respuestas que cada ser humano puede tener ante un mismo asunto, se despliega con humor y hondura a partir del cuerpo y el gesto de una joven actriz que se adueña de la atención del espectador.

Como si volara sobre una alfombra mágica desde donde el mundo se trocara en una miniatura, Adriana Duch nos conduce a ver caravanas, animales, personas, barcos, palacios y ventanas desde un lugar en el que sólo cabe ella, su imaginación y algunas telas a las que da vida.

El ruido del agua dice lo que pienso es el título de esta obra basada en relatos tradicionales de África, Turquía y la región Celta que Georges Perla adaptó para su representación y que dirige Jean Marie Binoche.

El director de escena de origen francés, que en diversas épocas ha viajado a la ciudad de Xalapa para llevar a cabo montajes como Juan Volado y La venganza de las margaritas, cuenta con una trayectoria de más de 40 años y es calificado por la UNESCO como experto en máscara teatral, trabajo al que se dedica tanto en lo relativo a su fabricación como al manejo.

Maestro de actuación con máscara y profesor en la Universidad Nacional de Bogotá, la Univalle de Cali, ambas en Colombia, y la Escuela Nacional Superior de Artes y Técnicas del Teatro en París, Binoche, atraído por México por ser una tierra de máscaras, arribó a nuestro país en 1994, donde montó Juan Volado, espectáculo de creación colectiva en el que conoció a Adriana Duch, con quien formó el grupo Teatro de la Idea Clara que participará en el Festival Internacional de Zimbawe con El ruido del agua dice lo que pienso.

El presente montaje, que retomará su temporada en la Ciudad de México a la vuelta del festival, los viernes de mayo a partir del día 9, es una propuesta que utiliza, como lo dice su director, un sujeto, un verbo y un complemento, herramientas principales de los relatos tradicionales que comparten con el público.

Descalza, con maquillaje facial, un cordel para que el espectador imagine al camello que acompaña a su personaje, camisa larga y pantalones claros, Adriana Duch nos introduce al relato de un abuelo que hereda a su nieto el animal clave del desierto.

El andar inagotable del joven, la larga fila de personas con quienes se encuentra, la manera en que cada posible comprador del camello expone sus motivos para quedarse con éste, muestra con humor la gama de argumentos para negociar, seducir o embaucar a un chico que sólo cuenta con eso como única herencia para salvar su situación límite.

Sobre ese argumento del primer relato, las manos de la actriz vestidas con un guante negro, más tarde uno rojo y después uno rosa, con lentes, arete y mechón al aire, se mueven como si de verdad dejaran de pertenecerle para volverse el cuerpo de esos pequeños seres que a ratos se estiran como arañas perezosas, pero que discuten y engañan como cualquiera de nosotros.

Un trabajo sobre la configuración del detalle, la construcción de la voz y una buena gama de matices para crear la diferencia, así como la utilización del cuerpo de modo que cada parte realice una tarea casi independiente, ya sea un personaje, un sonido de pulsera desde un tobillo en movimiento, o un tronco que con un subir y bajar parece hundirse en la arena, es parte de lo que la actriz genera.

Un gesto que se transforma a partir de sus inmensos ojos claros que emiten chispas si son los de un joven, que irradian dolor cuando son los de una solitaria chica, y venganza cuando pertenecen a un supuesto hombre tonto, cruza por los tres relatos siendo el mismo y los otros que en la actriz surgen y se diluyen con la aparente facilidad de un mínimo giro del cuerpo.

El segundo relato nos acerca al encierro de una joven oprimida por su madre que realiza un sacrificio para conseguir el amor de un apuesto príncipe al abanicarlo 40 días con sus noches y lograr así su objetivo.

La esperanza, la desazón, la templanza, el dolor que guían el transcurrir de este cuento con trazos poéticos, es resuelto escénicamente con eficacia como el anterior y el tercero, pero en este específico, un sencillo lienzo amarillo, sujeto a dos varas verdes en cada extremo, le abre al espectador la posibilidad de que perciba la ventana que separa del mundo a la chica, la labor de costura que ella realiza y los vuelos a que su corazón aspira.

Adriana Duch crea la atmósfera, maneja su cuerpo como la herramienta que es, su rostro como la máscara que se transforma según lo requiera el personaje; como si esa fuera la condición del ser humano de manera natural y no el producto de un arduo entrenamiento tanto físico como mental.

La actriz, en plena juventud, se encarga de los matices, de la profundidad y de lo superfluo; el conjunto de contradicciones entre un personaje y otro con diferencia de segundos está bien delimitada y enriquecida.

El juego, la seducción desde el escenario hacia un público que enmudece como los niños mientras mira y escucha cada relato, conforman parte del lenguaje seductor de este espectáculo sencillo que nos remite a un estado de placidez casi extinto.

Inmersa en un camino difícil que exige cada vez más de quien se arroja al país de los cuentos en solitario, esta actriz cuyo ímpetu y trabajo desvanecen con espontaneidad obstáculos escénicos, avanza ya con paso firme hacia la magia pródiga de las historias.