FICHA TÉCNICA



Título obra Interpretando a la víctima

Autoría Oleg y Vladimir Presnyakov

Notas de autoría Ana Graham y Antonio Vega / traducción

Dirección Martín Acosta

Elenco Ana Graham, Enrique Singer, Antonio Vega, Mari Carmen Núñez, Héctor Holten, Roldán Ramírez

Escenografía Atenea Chávez y Auda Caraza

Iluminación Matías Gorlero

Música Joaquín López Chas

Vestuario Ana Graham

Productores Por piedad producciones

Referencia Alegría Martínez, “Sin escalas al desencanto”, en Laberinto, núm. 251, supl. de Milenio, 5 abril 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Sin escalas al desencanto

Alegría Martínez

Reconstruir hechos homicidas es asunto cotidiano en la obra Interpretando a la víctima, en la que Valya, un hombre de 30 años, trabaja plácidamente en cada intento por esclarecer lo ocurrido con la indiferencia de un extra cinematográfico. El planteamiento de los dramaturgos rusos Oleg y Vladimir Presnyakov hace que el público pueda reírse sonoramente de la desgracia social que lo ahoga.

La compañía Por piedad producciones, que actualmente presenta también Los baños en el teatro El Granero, se ha dado a la búsqueda de autores cuyas obras no hayan sido escenificadas en nuestro país con buen resultado.

Mediante un verdadero trabajo de equipo en el que sus integrantes tienen la oportunidad de desarrollarse en distintas actividades, la actriz y productora Ana Graham traduce junto con Antonio Vega, y además diseña el vestuario del presente montaje.

Enrique Singer, quien funge como director de Los baños de Paul Walker, en esta oportunidad desempeña tres papeles protagónicos que le permiten dar rienda suelta a su ímpetu fársico y provocador sin límites.

Antonio Vega, actor a quien hemos podido ver en roles tan distintos como el Mayordomo de Festen, uno de los hermanos en El Oeste solitario, y el miedoso periodista de Los baños, amplía notablemente su capacidad histriónica al interpretar a la víctima bajo la sonrisa apática que aparece cada vez más en los jóvenes del mundo.

Instalados en el desencanto, en la absoluta certeza de que el ser humano es cada día más corrupto, indolente, mediocre, racista y mezquino, los autores de esta obra proponen tres casos distintos en los que un inspector a cargo de Singer, el empleado Valya que encarna Antonio Vega, y dos policías, Mari Carmen Núñez y Héctor Holten, además del asesino que siempre es Roldán Ramírez, cumplen por rutina con la reconstrucción de los sucesos homicidas.

Ante la difícil labor de interpretar tres papeles tanto en el caso de Ana Graham como en el de Singer, ambos actores sacan lustre al dominio de las tablas que la experiencia les ha dejado y crean en cuestión de segundos los diferentes perfiles que éstos les exigen.

Desde la iracunda madre presa de comezón, pasando por la chismosa y desaliñada mesera de café, hasta la geisha de restaurante japonés, la actriz pasa sin tropiezo por el sendero de retos que esta labor le impone.

Por su parte, Singer se desempeña a placer tanto cuando asume el rol del lascivo y corrupto primer inspector, como cuando se hace cargo del segundo, afeminado, protagónico y patético, o del fracasado padre del treintañero.

Mucho mejor en su segundo papel del cocinero aterrado, que en su rol como ayudante del inspector, el joven actor Héctor Holten podría otorgarle mayores matices a este personaje sin esperar su momento cumbre para enriquecer toda su trayectoria, mientras que por su parte la atractiva Mari Carmen Núñez podría, a su vez, dotar a su indolente policía de la cámara de objetivos propios que la rescaten del camino plano.

A su vez, Roldán Ramírez, a cargo de la compleja labor de personificar a los tres asesinos, podría darse a la búsqueda actoral de más diferencias entre cada uno.

El presente montaje, como un juego de acertijos que el director Martín Acosta resuelve acertadamente al incursionar en un género al que se había acercado poco como es la farsa, requiere sin embargo de pulir un poco más a los personajes mencionados para arribar con mejor resultado al objetivo mayor que implica un trabajo de esta naturaleza.

Sencilla en apariencia, en cuanto la anécdota de esta obra plantea el asesinato de dos mujeres y un hombre a manos de quienes supuestamente sentían por estas personas un gran amor y amistad, este punto de partida pronto se fuga temáticamente hacia la podredumbre de los vivos.

La risa envuelve el patio de butacas mientras los protagonistas se comportan ante un hecho trágico como si fueran niños ante una aventura de ficción.

Tal y como ocurre al ser humano cada vez que enfrenta un trabajo rutinario con sus mínimas variantes, los personajes de esta obra se adhieren a sus propios intereses mientras trabajan, succionados por sus obsesiones sexuales, económicas o protagónicas

Así es como el espectador entra a los tres niveles de lectura que propone la presente obra. Por un lado se vuelve testigo de una reconstrucción policiaca, mientras se entera del móvil del crimen por boca del supuesto asesino. Por otra parte atiende al relato que hace el joven protagonista de lo que ahí ocurre, y finalmente recibe la crítica feroz de los autores sobre la indiferencia generalizada frente a la vida y la muerte.

Se trata también de exponer el brutal choque generacional, la creciente dificultad de comunicación entre padres e hijos, la resignación de los mayores y el talento de los seres humanos en desarrollo, desperdiciado en la búsqueda del menor esfuerzo y la ruta fácil para escapar de la responsabilidad.

Planteada la acción en los lejanos parajes rusos, donde la xenofobia está presente a través de detalles como la procedencia del pan árabe, los restaurantes japoneses o la actitud fascista de una encargada de alberca, el reflejo universal de estos males llega a los rincones del universo.

Atenea Chávez y Auda Caraza, escenógrafas, proponen brillantemente la atmósfera desde tres cajas verticales cuya apertura parcial nos introduce a una vieja recámara, un comedor masticado por el tiempo o un baño público mediante el uso de unos cuantos centímetros, en una metáfora espacial de lo asfixiante, donde las paredes parecen aplastar a sus habitantes.

El resto del escenario que corresponde a la otra mitad, da paso a los lugares abiertos. como una piscina imaginaria, el restaurante japonés con sillas, mesas y menú a la vista.

La iluminación de Matías Gorlero y el diseño sonoro de Joaquín López Chas contribuyen a que cada lugar de la acción conduzca al espectador por la compleja y múltiple ruta planteada por los autores de esta obra a la que se accede desde la banalidad y la risa sin escalas hacia el desencanto.