FICHA TÉCNICA



Título obra Que vivan los muertos

Autoría Héctor Bonilla

Dirección Héctor Bonilla

Elenco Héctor Bonilla, Héctor Suárez

Referencia Alegría Martínez, “La historia empieza en el panteón”, en Laberinto, núm. 249, supl. de Milenio, 22 marzo 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

La historia empieza en el panteón

Alegría Martínez

La tumba de Benito Juárez recibe visitas a las diez de la noche, cuando los fantasmas del actor Antonio Castro y de Concepción Lombardo, viuda de Miramón, llegan con más de cien invitados, testigos de sus diferencias políticas.

El panteón de San Fernando, enclavado en la colonia Guerrero, ahuyenta gatos, sombras e indigentes cuando se iluminan sus lápidas y sus pasillos se pueblan de espectadores citadinos en busca de una noche distinta.

Velada con cena, música, teatro, historia, paseo en tranvía cultural –esas hermosas réplicas para turistas que deambulan por el Centro Histórico– y una que otra sorpresa a un lado de las tumbas.

Héctor Bonilla se vuelve investigador histórico del México del siglo XIX, escritor del libreto, gestor del proyecto cultural Historias vivas, trabajo que sensibiliza al gobierno de la Ciudad de México y a su Secretaría de Cultura para que el actor consiga que sus seguidores se pongan en sus manos, dispuestos a recuperar su ciudad.

Actor y director de este proyecto, Bonilla invita al espectador un bocado de aquel entonces, introduciéndolo placenteramente a la política de esa época.

La experiencia comienza en el Hotel Imperial, sobre Paseo de.la Reforma, en cuyo restaurante se sirve la cena a las 20 horas.

Mientras los espectadores cenan, Bonilla encarna a su fallecido colega Antonio Castro, reconocido histrión de aquel entonces, a quien José Zorrilla le entonó una oda en su velorio, y que traído al 2008 como personaje, despliega su postura liberal a sus anchas en cada oportunidad y cada vez con mayor vehemencia.

En constante pugna política con la conservadora Concepción Lombardo, viuda de Miguel Miramón, entre escaramuzas verbales salpicadas de chistes de actualidad que le hacen un guiño a este público sui generis compuesto por familias con todo y abuelito, parejas jóvenes y personas maduras en busca de emociones varias, el Ensamble Mexicana interpreta un repertorio de la época con piezas como "Los cangrejos" –como se les llamó a los reaccionarios–, "La marcha de Juan Nepomuceno", "La paloma", "La pasadita", "Los enanos", "Sitio de Querétaro", "Adiós mamá Carlota" y "El Guajito", entre muchas otras.

Con las barrigas llenas y sus respectivos corazones contentos, los espectadores abordan el tranvía rumbo al panteón mientras un guía con traje negro y corbata de moño habla sobre los monumentos que se yerguen a los lados del Paseo de la Reforma.

Una instalación con los retratos de Melchor Ocampo, Valentín Gómez Farías, Miguel Lerdo de Tejada, Vicente Riva Palacio, Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto, Mariano Otero, José María Lafragua, Benito Juárez, entre otros ilustres pensadores de aquellos tiempos, preceden la visita guiada por Bonilla, interrumpida oportunamente por el personaje a cargo de Leticia Pedrajo, que echa mano con soltura de todos los elementos a su alcance para serle simpática al público, convencerlo de la validez de su postura y enfado, además de improvisar con efectividad según el pulso del momento.

Ambos personajes son seguidos por una joven con una concha escenográfica sobre sus hombros, que se mueve libreto en mano tras los actores para "soplarles" sus parlamentos, en una cómica referencia a la tarea que en el siglo XIX cumplía la concha del apuntador.

Este montaje histórico se tiñe a ratos de tonos cómicos. Así continúa el paseo entre las tumbas Isadora Duncan –un hecho surrealista; porque está su lápida pero no sus huesos–, de Ignacio Comonfort, de Ignacio Zaragoza y de otros hombres que fueron capaces de batirse por sus ideales políticos, hasta llegar a un toldo bajo el que espera un escenario y tiene lugar la representación que el actor Antonio Castro hace de algunos personajes históricos.

Allí, entre maullidos de gatos y a unos pasos de las tumbas, surgen máscaras de viejos próceres, maniquíes y podios para discursos políticos. La irrupción de Benito Juárez encarnado por Héctor Suárez, detona el aplauso espontáneo y su interpretación del controvertido presidente de México contrasta por su tono realista con las numerosas imágenes que conservamos de sus citadinos personajes cómicos.

Aquí, Héctor Suárez interpreta con seriedad y buen curso al Benemérito, dialoga con Concepción, la viuda de Miramón, y pronuncia su discurso de toma de posesión.

Cierra Bonilla la noche confesando que el actor Antonio Castro, que él interpreta, se encuentra enterrado en el mismo camposanto donde concluye la obra. De retorno al hotel, a bordo del tranvía cultural, el guía otorga más datos que acompañan este viaje a través del tiempo, hasta que de súbito y sin remedio concluye casi a la medianoche.

Que Héctor Bonilla se decidiera por acercarse a un pasaje convulso de la historia de México, años en que liberales y conservadores fueron capaces de enfrentarse por sus ideas, en aras de fundar una república que se encontraba en caos, no es reto menor. Y no es una casualidad, Que vivan los muertos, como se titula la obra, comience su recorrido en Paseo de la Reforma, una de las avenidas más emblemáticas del país, donde sus esquinas, monumentos y glorietas dan testimonio de sucesos ocurridos en siglos pasados.

Dividida entres partes, la obra ofrece la posibilidad de revisar nuestro pasado en un entorno único, al transcurrir justamente en ese monumento destinado a los muertos ilustres.

"Un hombre sin ideales es sólo un pedazo de carne...", resume sobre el escenario Benito Juárez. No sólo en aquel entonces se definió el rumbo político de una nación, sino que estableció las bases para el crecimiento del país. Ardua debió ser la tarea de elegir los parlamentos y episodios qué redondearan una época tan definitiva de nuestra historia.

Y en efecto, el público termina con varios datos más de los que se tenía antes de la aventura, con la tonada de algunas de las canciones interpretadas por el ensamble, con el buen sabor del agua de jamaica, con el deseo cumplido de visitar un cementerio de noche.

Las emociones en este caso no van al corazón sin escalas, rondan titubeantes por la inseguridad y la ignorancia de la propia historia. Reptan entre el asombro de lo que se escucha como algo nuevo acontecido hace aproximadamente siglo y medio. Y vuelven entre el gusto de sentirse turista en su país, y la admiración por un ser humano que se arroja de cabeza a la profesión de historiador, con tal de cumplir un sueño: hacer un museo vivo que nos hable de lo que nos conforma como nación.