FICHA TÉCNICA



Título obra ¡¿Quién te entiende?!

Autoría Alberto Lomnitz

Dirección Alberto Lomnitz

Grupos y Compañías Grupo Seña y verbo

Elenco Haydeé Boetto, Roberto de Loera, Lucila Olalde

Escenografía Edyta Rzewuska

Música Eugenio Toussaint

Vestuario Edyta Rzewuska

Notas de productores Everardo Trejo / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “Testimonios del silencio”, en Laberinto, núm. 247, supl. de Milenio, 8 marzo 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Testimonios del silencio

Alegría Martínez

En ¡¿Quién te entiende?! las manos hablan, vibran, cortan el aire, se exaltan y se ríen o se irritan sobre un escenario para que sordos y oyentes compartan tres testimonios del silencio.

El grupo Seña y Verbo, que dirige Alberto Lomnitz, celebra 15 años de hacer teatro con actores sordos y oyentes y de extender esta invitación escénica a un mundo desconocido.

Después de compartir con los espectadores obras insertas en la ficción como La noche del tigre, El misterio del circo donde nadie oyó nada, El rey que no oía pero escuchaba y Paah!, por mencionar unas cuantas, esta compañía, única en México, se inserta en otro tipo de ficción, basada en hechos reales.

La vida de dos hombres y una mujer sordos, marginados por la ignorancia, los prejuicios, el miedo y la incomprensión, más que por su discapacidad, se nos comparte mediante la interpretación de los actores cuyo texto abarca el lenguaje de señas mexicano y el español hablado.

Las historias son trágicas, al menos en su inicio; la anécdota de la obra, aunque parte de tres amigos que esperan a uno más para pasarlo juntos, interna al espectador en el universo de la incomprensión.

Mitos extendidos como el que afirma que las personas que no oyen son flojas, pueden leer los labios pero no quieren, no usan aparatos porque son mañosas, prefieren usar mímica porque no les da la gana comunicarse, etcétera, caen estrepitosamente cuando los actores de Seña y Verbo exponen la circunstancia de cada personaje.

Las tragedias cotidianas con que se enfrentan en nuestro país los niños con padres que no saben qué hacer y en su desesperación o su indiferencia levantan obstáculos inmensos, resultan conmovedoras y terribles entre los chistes y el ánimo lúdico con que los actores narran estas historias.

Sin embargo no sólo es un llamado de atención a la necesidad de comprendernos, de comunicamos y de abrir puertas, sino a un urgente cambio de actitud que derribe el temor de acercarnos, de apoyar a quien requiere de una instrucción específica para no ser excluido del mundo en su propia casa.

Haydeé Boetto, Roberto de Loera y Lucila Olalde, con música original de Eugenio Toussaint, escenografía y vestuario de Edyta Rzewuska y producción ejecutiva de Everardo Trejo, hacen que el público se sienta bien recibido en la sala de una casa, donde un pequeño antecomedor representa la casa de todos, el salón, el espacio de la comunicación de los incomunicados.

Haydeé Boetto, actriz oyente de trayectoria sólida y brillante, a quien hemos visto en obras como Zorros chinos de Emilio Carballido, Malas palabras de Perla Szuchmacher o La repugnante historia de Clotario Demoniax de Hugo Hiriart, se despoja de todo perfil femenino para contar la historia de Federico bajo una gorra tejida, absorta en la indiferencia humana.

Boetto desempeña este rol desde la pureza de quien no tiene tiempo más que para intentar los retos que se le presentan, arrojado sin respeto al vacío, a la espalda del que habla, a la falta de calma de quienes rodearon a ese chico que se aferró a sí para no desaparecer.

Lucila Olalde nos cuenta a través de esas esculturas que crea en el aire, como llama Alberto Lomnitz a las figuras que los sordos construyen mientras se comunican, la historia de una niña que tardó mucho tiempo en saber que tenía un nombre y cuál era éste.

La actriz, con el aplomo de quien tiene la posibilidad de expresarse mediante el arte y el lenguaje de señas, nos introduce a ese paraje de indiferencia en que se convirtió por años la vida de su personaje.

Roberto de Loera, con la espontaneidad de un niño, se transporta nítido a las edades de su personaje, a la mirada de un chico que espera con certezas al lado y que salva obstáculos como si esto fuera parte del tránsito cotidiano.

¡¿Quién te entiende?! es un trabajo que se ha depurado a lo largo de los años, aunque constituya un estreno de la compañía, porque llevan años en el aprendizaje, en derrumbar barreras invisibles, en arrojarse al humor desde el gran gesto, la movilidad y el juego.

Es también compartir la necesidad de mirarnos a los ojos sin importar si podemos oír o no, de aprender a mirar mejor, de comunicar con ese sentido, de recibir información, de enviarla de regreso y de aceptar que cualquier giro de cabeza o de espalda cierra abruptamente la posibilidad de dialogar con alguien sin importar cuál sea su condición o la nuestra.

Los actores de esta compañía nos conducen a percibir de manera diferente el silencio, a tomar mejor en cuenta su significado, su duración, su densidad, todo lo que callar nos dice.

Su trabajo requiere destreza, habilidad e inteligencia para comunicarse sobre la escena y desde ahí comunicar al espectador lo que han acordado, por lo que nuestra atención está a prueba en el aire de los significados.

Montajes de esta naturaleza, al igual que las puestas en escena conocidas, usan el gesto, los sonidos, el movimiento, pero en este caso la expresión gestual se amplía, los sonidos se subrayan y el movimiento se agranda de tal manera que no podemos dejar de verlo.

Oliver Sacks, en su libro Veo una voz (Viaje al mundo de los sordos), escribe: "Los sordos no han escrito mucho sobre la sordera. De cualquier modo, considerando que me quedé sordo cuando ya sabía hablar, no estoy en mejor situación que un oyente para imaginar lo que es nacer en el silencio y alcanzar la edad de la razón sin disponer de un medio para pensar y comunicarse. El simple hecho de intentarlo evoca esas palabras terribles del Evangelio de San Juan: 'En el principio era el verbo'. ¿Cómo se pueden elaborar conceptos en esa situación?

"Esto (la relación del lenguaje con el pensamiento) es lo que constituye el problema más profundo, el básico, cuando consideramos aquello a lo que se enfrentan o pueden enfrentarse quienes nacen sordos o se quedan sordos muy pronto".

El mismo autor escribe más adelante: "Antes de leer el libro The deaf experience (La experiencia sorda) de Harlan Lane, había abordado a los pocos pacientes sordos que había tenido a mi cuidado. Después de leerlo empecé a mirarlos con otra perspectiva, sobre todo después de observar a tres o cuatro de ellos hablando por señas con una vivacidad y una animación que antes no había sabido ver. Sólo a partir de entonces empecé a considerarlos Sordos con mayúscula, miembros de una comunidad lingüística distinta".