FICHA TÉCNICA



Título obra Bajo la piel de castor

Autoría Gerhart Hauptman

Notas de autoría Andrés Weiss, Stefanie Weiss y Luis de Tavira / versión libre

Dirección Luis de Tavira

Elenco Julieta Egurrola, Arturo Beristáin, Marina de Tavira, Gisela García Trigos, Yollení Pérez Vertti, Rubén Cristiany, José Carlos Rodríguez, Marco. A. García, Ana Elena Mora, Andrés Weiss, Mauricio Pimentel, Tomás Rojas, David Lynn, Everardo Arzate, Fernando Rubio, Pablo Cárdenas

Escenografía Phillippe Amand

Notas de Música Luis de Tavira / diseño sonoro; Alejandro Jara / efectos especiales

Vestuario Tolita Figueroa y María Figueroa

Notas de vestuario Tolita Figueroa y María Figueroa / utilería

Referencia Alegría Martínez, “Crónica de familia”, en Laberinto, núm. 245, supl. de Milenio, 23 febrero 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Crónica de familia

Alegría Martínez

La obra de Gerhart Hauptman –escritor alemán (1862-1946) y Nobel de Literatura 1893–, que no había sido montada en México, llega en versión libre de Andrés Weiss, Stefanie Weiss y Luis de Tavira, quien dirige Bajo la piel de castor para subrayar que de 1893, año en que fue escrita, al 2008 que es verificada en nuestros escenarios, el hambre, la pobreza, la corrupción, el contrabando y el terrorismo son aún parte esencial de nuestras fronteras.

La oportunidad de observar esta obra, definida por su autor como comedia satírica, es una invitación a estar cerca del género humano, de sus obstáculos y esfuerzos por sobrevivir enredado bajo el poder de quienes se dedican a exterminar a los enemigos de la clase gobernante.

Luis de Tavira, obsesionado por dotar de sentido cada segundo, le otorga al espectador lo que en la cotidianidad le está negado: asistir a la sucesión de actos simultáneos en un mismo espacio, ser testigo de la reacción de quienes participan en ese momento en una circunstancia que se bifurca en varias direcciones.

Así es como el concepto tiempo adquiere otro sentido dentro del teatro, donde el tiempo se diluye en la emoción y deja de ser medible como cuando nos arrojamos a la lectura, la música, la conversación íntima, la práctica de un deporte o a hacer el amor.

Las tres horas y media con dos intermedios que utilizan el director y su compañía para contarnos una historia desde lo que padece una familia del medio rural en una comunidad cerca de Berlín, transcurren sin desperdicio, repartidas entre acontecimientos que nos exponen en tanto seres con intereses opuestos en un mundo que soporta cada vez menos esta inconsistencia conductual.

La metáfora que Luis de Tavira transporta al espacio escenográfico, diseñado por Phillippe Amand, es elocuente a lo largo y ancho del escenario, donde la cancillería del imperio resguarda un archivero inmenso de gavetas interminables a las que se accede mediante una escalera, como si nada le estuviera oculto al que se cree el dueño de esas personas convertidas en dato escrito. Una casa de gruesos maderos, bajo las ramas secas de los árboles, rodeada de nieve, con la chimenea encendida y el perol al fuego con vísceras hirvientes, gira de forma que el espectador vea su interior, la parte trasera donde se fraguan planes secretos, y los lados por donde se alcanza a ver al que llega y a la lejanía se duda sobre sus intenciones.

El muelle y la barca que ofrece la posibilidad de alejarse de ese lugar donde la esperanza se empequeñece es también el espacio de la oportunidad para trocar los destinos cuando la decisión de una sola persona define existencias.

La alcaldía, dividida en tres planos, invita al espectador a ver y escuchar lo que sucede a puerta cerrada en el despacho del inspector, encargado de producir un culpable, mientras dentro del mismo lugar y en distintos espacios se realiza una especie de autopsia, se estudia la trayectoria de una bala y los involucrados esperan resoluciones.

La fachada de un teatro, con sus puertas de cristal y madera, ofrecen el paisaje de quienes caminan dentro y quienes trabajan como un aceitado equipo en su exterior.

Éstos son los escenarios por donde deambula una mujer de oficio lavandera, que se las ingenia para sobrevivir con su familia a fuerza de controlarlo todo en pos de un respiro para continuar avante.

El personaje, a cargo de la actriz Julieta Egurrola, ostenta la fortaleza para enfrentar al mundo, la mano doble para guiar a su marido con suavidad y dura para retarlo hasta expulsarlo de su inmovilidad de piedra.

La actriz, que después de mucho tiempo participa nuevamente en un montaje de este director, hace gala de su dominio escénico mediante el manejo de una gran gama de matices que enriquece con humor y brillantez a ese personaje cuya fortaleza sólo se resquebraja con la presencia de un niño.

Arturo Beristáin, quien interpreta al cobarde esposo de la señora Wolf, se mueve en esa especie de nata que genera este tipo de hombres; dóciles para que otros resuelvan su vida, berrinchudos y traidores cuando las cosas cambian de ruta.

Así es como el actor construye hábilmente desde la inmovilidad un personaje obstáculo que convive a partir de crear el contrapeso perfecto dentro de una relación que de otro modo no podría equilibrarse.

Leontine y Adelheid, las hijas del matrimonio, a cargo de Marina de Tavira, que alterna su papel con Gisela García Trigos y de Yollení Pérez Vertti, respectivamente, personifican la una a la desafiante y lastimada joven, y la otra a la contenida y rabiosa chica, víctimas de un sistema social agobiante que en su casa se vuelve contra ellas en un afán protector.

Ambas actrices, perfectamente definidas en la búsqueda del objetivo de su personaje, realizan un buen trabajo de intensos matices en la diferencia de la impotencia que invade a cada uno.

Rubén Cristiany, como el ujier jorobado y silente, es el mensajero del ansia, personaje misterioso que camina entre la incertidumbre del espectador y la certeza de sus acciones.

José Carlos Rodríguez, quien alterna con Marco. A. García, es el señor Motes, el que enreda la punta de la madeja para que otros tropiecen, actor a quien su energía sobre el escenario le ha conducido por las vías del villano, perfil al que siempre le agrega variantes y que, por cierto, completa su registro actoral que integra asimismo una consistente capacidad para ser el débil cuando la escena lo exige, como lo ha hecho en montajes previos.

Ana Elena Mora nutre con calidad al detestable personaje de la señora Motes, sobre la vía permanente de quien no puede mostrar rasgos humanos, ni siquiera cuando la arrincona el hambre.

Andrés Weiss, Mauricio Pimentel, Tomás Rojas, David Lynn, Everardo Arzate, Fernando Rubio y Pablo Cárdenas son los actores a cargo de personajes de peso en esta obra en la que todos realizan un trabajo de calidad en sus distintas tesituras.

Con el vestuario de Tolita y María Figueroa que transmite al espectador el frío, las características externas de los personajes y la sensación de una segunda piel protectora; la compleja utilería hecha por ambas, a las que se agrega el trabajo de Tatiana Maganda, que nos da la clara sensación de retroceder en el tiempo; los efectos especiales de Alejandro Jara y el diseño sonoro del director, Bajo la piel de castor, que es también la historia de un robo, nos invita a un lugar en el que los minutos cambian gozosamente de consistencia.