FICHA TÉCNICA



Título obra Alcira o la poesía en armas

Notas de Título Pasaje tomado del libro Los detectives salvajes de Roberto Bolaño

Dirección Antonio Algarra

Elenco Verónica Langer

Referencia Alegría Martínez, “Alcira, torbellino en Filosofía y Letras”, en Laberinto, núm. 243, supl. de Milenio, 9 febrero 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Alcira, torbellino en Filosofía y Letras

Alegría Martínez

"¡Pumaaaaas!", gritaba Alcira con una mano hecha puño y la otra extendida sobre su boca de labios hundidos y escasos dientes. De espaldas, con jeans, blusa típica bordada y zapato bajo, su cabello rubio y lacio y su delgadez, hacían pensar que se trataba de una universitaria más. De frente, el nacimiento de su cabellera revelaba una multitud de canas y su rostro tenía surcos profundos, encrucijadas de arrugas.

De ojos claros raudos e inquisidores, andar presuroso y discurso deshilvanado, Alcira Soust era para muchos La loca de la facultad de Filosofía y Letras.

Distintas versiones de su historia se multiplicaban al oído: era la sobreviviente de 15 días encerrada a aire y agua dentro de un baño de la facultad, aquel día de 1968 en que entraron los granaderos a la Universidad.

Trece años después, Alcira era una especie de espectro vociferante del que huíamos muchos, una mujer cuyo dolor salía en palabras. Presencia inquietante que hizo de nuestra escuela su casa y con esa confianza se movía entre aulas, pasillos, escalinatas y cubículos: cada rincón era suyo y así los recorría confiada, con la velocidad del que hace cosas urgentes y no puede detenerse.

De repente, aparecían pliegos interminables de cartulina sobre los muros, grafitis de lunas menguantes en brillantes colores. Palabras fragmentadas que evidenciaban un doble significado, revelaban otro sentido.

Fue alguien difìcil de ignorar, un ser que causaba curiosidad y arañaba conciencias, un imán de miradas desviadas hacia la indiferencia fingida que ella sentía, y a la que reaccionaba hablando al posible interlocutor que generalmente se iba sin mayor compromiso, dejándola sola, envuelta en su torbellino propio.

Así la recuerdo hoy, con cierta carga emocional, gracias a que una puesta en escena la sacó del archivo mental de esa época para mirarla como el ser humano que pudo ser, o que fue, segundos antes de que el destino la tomara por asalto dentro de un baño.

Hoy Alcira es un personaje de teatro que habla sentada sobre un excusado, de pie, o al lado de su vehículo de salvación sobre el escenario, desde donde hace suyas las palabras que le dedicara Roberto Bolaño en su libro Los detectives salvajes.

Verónica Langer encama a esa mujer uruguaya en la obra Alcira o la poesía en armas, bajo la dirección de Antonio Algarra.

La actriz, que últimamente se ha dedicado a actuar para el cine, retorna a las tablas con un lenguaje escénico depurado y maduro, como no se le había visto antes. Su propuesta actoral sobre esa mujer es honesta y nítida, libre de adornos, de poses y de afeites; Langer ha encontrado una voz sin miedo para hablar como actriz del temor de su personaje, se ha despojado del antifaz protector que pulen los falsos actores y así empieza una nueva etapa.

Sin embargo, el montaje, que en su programa de mano aclara: "Espectáculo unipersonal basado en un fragmento de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño", es la escenificación completa de este fragmento, salvo dos líneas y una palabra que se repite.

Ése es el motivo de que la obra presente al personaje contando al público lo que le ocurrió dentro de ese baño, a partir de un lenguaje que no es el de la literatura dramática, es decir, no es el de la acción.

Así es como el espectador debe enfrentar varios escollos. Sabemos que el tema del 68 resulta para las generaciones más jóvenes, en su mayoría, algo repulsivo sobre el que no están dispuestos a escuchar nada y mucho menos hablar.

Habría que evaluar –aunque en este caso el personaje pertenezca a una época e ideología precisas– el modo de abordar ese fragmento de su historia para interesar incluso a aquellos que ni siquiera sospechaban de su existencia, cualquiera que sea su edad.

Aunque está claro que el director intentó alejarse de ese olor a historia vieja y deslucida y decidió proyectar bellas fotografías en el ciclorama con imágenes de naturaleza y agua en formas diversas, faltó una unidad plástica que apoyara mejor el espacio completo.

De repente sobre el escenario, parecía que el excusado, siendo un elemento fundamental, estorbaba debido a que ni estaba delimitado su entorno, ni había mayores señas de que el espacio fuera parte de varios planos de realidad.

Ahí había una mujer supuestamente encerrada junto a un elemento real, mientras evocaba días de su vida pasada y momentos de su libertad privada, todo a partir del tono de una historia reconstruida.

El personaje habla en tiempo pasado de lo que hacía en la facultad, de cómo sobrevivió con trabajos diversos, de los jóvenes poetas que conoció en México, incluido el autor del texto que ahora como personaje pronuncia, de sus noches en distintas casas de amigos, de la poesía, de aquella pesadilla verídica en el baño.

Todo suena ido.

¿Por qué interesa poco lo que el personaje cuenta sobre ese suceso a quien no vio de cerca a esta exiliada latinoamericana?

Porque da la impresión de que todo ocurrió sin mayores consecuencias, de que ya estaba escrito y ella resignada.

Es evidente la dificultad por la que pasa este montaje que utiliza un texto que fue escrito para ser leído como el que titula Bolaño: Auxilio Lacouture, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM; México DF, diciembre de 1976, en vez de adaptarlo para ser dicho y escuchado, a pesar de que la actriz lo haga bien.

El esbozo de juego dramático que propone entrar al recuerdo de Alcira antes del encierro, durante éste y después decir lo que esa pesadilla le suscitó, es interesante, pero no se logra totalmente porque falta trabajar, adaptar el texto y acaso terminarlo para la escena.

El rumor cuenta que Alcira murió al volver a su natal Montevideo, que fue el encierro lo que le provocó desajustes mentales, pero de eso no hay mención en este trabajo escénico.

La voz de Alfredo Zitarrosa llena el ámbito sonoro con la letra de su canción Mi país, las botas de la tropa en marcha contra el suelo añaden, a la par que el morral de Alcira, su falda rota, su blusa y esos gastados zapatos, elementos que remiten de inmediato a ese entorno.

Y a pesar de que la sensación que deja esta experiencia teatral se acerca a la de una historia sosegada sobre una verdadera tragedia humana, haber convertido a Alcira en un personaje escénico, recuperarla del archivo congelado en la memoria, la ubica en una dimensión distinta a la que los jovencitos de entonces la redujimos por mucho tiempo.