FICHA TÉCNICA



Título obra Alphonse

Autoría Wajdi Mouawad

Notas de autoría Hugo Arrevillaga / traducción

Dirección Boris Schoemann

Elenco Mahalt Sánchez, Lucía Muñoz, Hugo Arrevillaga, Mauricio Isaac

Escenografía Jorge Kuri Neumann

Referencia Alegría Martínez, “Alphonse o las preguntas a destiempo”, en Laberinto, núm. 241, supl. de Milenio, 26 enero 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Alphonse o las preguntas a destiempo

Alegría Martínez

Un asalto a la emoción: entrada súbita a pasajes internos poco transitados es lo que consuman los cuatro actores protagonistas de la obra Alphonse en la que lo espectacular es esa invasión insólita desde la palabra, de imágenes, temores, ecos, deseos, sueños y ansiedades compartidas entre quienes las generan y quienes las viven como observadores de un suceso ante el que la indiferencia no tiene entrada.

Una casa rústica, de gruesas vigas, elimina sus muros para dejar ver un interior sin mayor ornato que la belleza de la madera, donde dos hombres y dos mujeres dan cuerpo al relato sobre un chico que al salir de la escuela equivoca la ruta del tren subterráneo y se ausenta de casa unos días.

Esta anécdota simple, de la que parte su autor, Wajdi Mouawad, para darle consistencia dramática de laberinto, se transforma en un acontecimiento exquisitamente complejo, en el que la reacción de la familia del protagonista de nombre Alphonse, de sus compañeros de colegio, maestros, amigo, novia, inspector de policía, psicóloga y taxista, completan la historia de un ser humano sediento de espacio para soñar.

Son estrictamente cuatro actores vestidos con camisa y pantalón color caqui. No hay sombreros, capas, gafas, vestidos, árboles, pupitres, salones, robots, ni cerezas inmensas que nos den idea de cómo es San Pastelburgo.

Lo que sí hay por parte de estos profesionales de la escena es una plena conciencia de estar ahí, con la mente y el cuerpo alertas al instante preciso en que sucede lo que se cuenta. Como si la palabra fuera el vehículo, la alfombra mágica hacia la emoción, el recuerdo, el sentimiento de ese momento cada vez nuevo porque se evoca otra vez, limpio de antecedentes y sin embargo con paso seguro hacia el hallazgo.

Mahalt Sánchez, Lucía Muñoz, Hugo Arrevillaga y Mauricio Isaac le crean voz a todos los personajes, los presentan, los nutren y minutos más tarde los diluyen para ser otro sin necesidad de salir de escena, de ocultarse, de dar media vuelta; simplemente poseen su configuración, la dominan a un grado tal que pueden proyectarlos con voz, corazón y movimientos, sin necesidad de tomarles algo prestado.

Inusual para el espectador que requiere señalamientos y pistas, este montaje que omite avisos para deslizarse raudo de la realidad de la ausencia de un niño a las historias fantásticas que él contaba, de las palabras de su compañero imaginario, reproducidas por uno de sus escuchas, a la preocupación de su familia o la elucubración de los profesionales.

Alphonse nos hace evidente la torpeza humana, esa manía de culpar al destino de aquello que no fuimos capaces de hacer cuando pudimos, ese relamer continuo de heridas sin ánimo de curarlas para conseguir unas nuevas; el regodeo en el lamento y la búsqueda falsa de preguntas a destiempo.

Wajdi Mouawad, nacido en Líbano en 1968, cuya infancia transcurrió en París y su adolescencia y vida adulta en Montreal, autor de obras como LiTORAL, Pacamambo, Sueños, Bosques y Día de boda en la casa de los Cro-magnons, entre otras, no es de los escritores que margina al espectador joven de la densidad del mundo.

Alphonse habla de un padre que se siente fracasado, una madre indiferente inmersa en su tejido, una hermana cariñosa y un hermano mayor distraído con su propia vida.

El entorno del protagonista, incluidos los chicos de la escuela, la niña que dice ser su novia, y los profesionales que buscan dilucidar el caso, están fuertemente anclados a la realidad como la de todo ser humano en crecimiento, y esto es parte del encanto.

¿Cómo es que el autor consigue desplegar los acontecimientos cotidianos con la crudeza de su mediocridad, al mismo nivel que las vivencias fantásticas del chico, que hechizan a su amigo y escucha, quien se llega a sentir defraudado por aquellos cuentos en los que creyó?

Todo parece ser fracción del movimiento centrífugo, de la vorágine creada por un río de historias inventadas por un niño ausente, vividas por él y su compañero imaginario que existe en la mente de él, de su amigo y de cuya existencia tienen noticia algunas personas más.

Finalmente, quienes añaden preguntas y respuestas posibles a la duda de dónde está el niño, son quienes completan esta historia que es un viaje al interior de ese chico y al de cada espectador que confronta al niño que fue, al que pudo ser y al que ya no es mientras que alerta al que aún lo es. El lenguaje poético del autor que mantiene la traducción dé Hugo Arrevillaga y de Boris Schoemann, quien dirige la escena, es parte de la magia.

En la obra se habla del miedo, ese que se tiene a lo que no se sabe qué es, el que acecha en la noche en los pasillos de casa, el que alguien externa sobre la posibilidad de que Alphonse haya sido violado, el del padre que no sabe qué hacer, el del amigo por creerse las mentiras de Alphonse, el de cada uno, mientras el protagonista descubre que "mientras más negra esté la noche, más podrás ver en ti, porque quedas como lo único que se puede ver".

Así Alphonse se pregunta si la duda es lo que se llama esperanza, si cambiar es ir más allá del dolor, si lo importante es lograr lo que se emprende o emprender lo que se quiere lograr, o por qué conoce uno demasiado tarde a las personas que nos pueden tranquilizar.

Esta casa de resistentes y hermosas vigas concebida escenográficamente por Jorge Kuri Neumann, donde la noche abraza a sus habitantes en vela, es la estructura que alberga el cuerpo de cuatro actores por cuya sangre corre el afán de fuga de Alphonse, que bajo la dirección de Boris Shoemann está presente en las voces de quienes lo evocan y reside para transformarse en aquellos que de verdad se le acercan.

Abierta a espectadores de nueve años en adelante, esta experiencia, de brontosaurios, pasteles, temores y dudas, estructurada sobre lo que los otros creen saber del protagonista, es una invitación poético-escénica a dejar la evasión de quienes realmente somos.