FICHA TÉCNICA



Título obra Las tentaciones de María Egipciaca

Notas de autoría Miguel Sabido / adaptación

Dirección Miguel Sabido

Grupos y Compañías Compañía de Teatro de la Ciudad de México

Elenco María Douglas, Raúl Quijada, Luis Miranda, Manuel Ojeda, Virgilio Leos, Ernesto Spota, Téllez, Servet, Lara, Flores, Calderón

Escenografía Roberto Cirou

Espacios teatrales Pinacoteca Virreinal

Referencia María Luisa Mendoza, “Siete veces soberbia la Douglas”, en El Gallo Ilustrado, no. 261, supl. de El Día, 25 junio 1967, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Siete veces soberbia la Douglas

María Luisa Mendoza

La del divino retorno, la de la mano exacta en la curva, la de los ojos de dulcámara, la de la hoguera y del balcón, la de las tentaciones y las redenciones. María Douglas y su retorno al teatro después de purgar durante siete años su pecado de grandeza. Ha vuelto María Douglas en un esplendor cabalístico.

Después de siete años; numero perfecto, el de las siete maravillas y los siete sabios, el del séptimo día de descanso, las siete vacas flacas, las siete iglesias, los siete sacramentos los siete pecados capitales, los siete dolores. El siete de Esquilo, el siete hoy de María.

Ha vuelo al frente de la Compañía de Teatro de la Ciudad de México, en un primer espectáculo maravilloso en el ámbito interno y resonante de la Pinacoteca Virreinal. Es este hecho el más bello para enmarcar la belleza de María y el peor para acallar algunos sones geniales de su voz prodigiosa. Porque la Pinacoteca tiene una acústica que cruza las palabras, las ahoga, las agranda, propia para el canto gregoriano enemiga mortal del teatro de cámara o de masas.

María Douglas en Las tentaciones de María Egipciaca, de un poeta anónimo del siglo XIII, un sólo poema medieval en donde se cuenta el largo peregrinar desnudo de una mujer por el desierto, purgando el pecadísimo de la carne en cuarenta marineros arribados en una sola noche. María Egipciaca no pudo soportar la culpa y este tormento neurótico tan espantoso dentro de la enfermedad mental ella lo proyectó a la ofensa a Dios, al más grande puesto que su vergüenza era tan grande. María se había faltado así misma pero en la esencia al hacedor, al rey, al mayor. Afrenta tan grande merecía un sacrificio infinito nunca visto, y en la cúspide de la soberbia y la actitud más alta de humildad, se internó en el desierto, bajo el sol, bajo el frío, entre los animales, con la tentación del recuerdo, con la persecución del demonio, para poder llegar a Él alguna vez limpia y digna de Él.

El joven director Miguel Sabido acertó hasta la exigencia incluyendo, uniendo, adaptando, haciendo un collage perfecto, ensartando al primer poema medieval poesías de Quevedo, Archipreste de Hita, Berceo, López de la Cámara, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Fray Luis de León, etcétera. Y de Héctor Azar y Octavio Paz.

Y lograr un espectáculo que sí es teatral porque hay actores, voces, acciones y se cuenta y desenlaza una historia.

María Douglas ha permitido que el tiempo la madure, ha dejado abiertas las puertas de la percepción porque, aunque alejada del teatro en sí, de las tablas, ha proseguido su camino como maestra, ha viajado como representante de México, ha leído, concurrido, practicado y ensayado su vocación formidable. Y ahora la volvemos a encontrar. ¡Oh, maravilloso reencuentro!, como la gran trágica, la primera mexicana, que gozamos allá en Medea. María es todavía Juana en la hoguera de pie amarrada al tronco del fuego hoy metida en el cuerpo dorado de una santa que se celebra y venera el 2 de abril. Nunca antes nadie ha dicho en el teatro mexicano el calificativo soberbia como María. ¿Y quién con sus descensos al moho, al terciopelo verde del fondo del pozo?, ¿quién con sus alas abiertas tan cerca del Sol o de la Lana, o del cielo? ¿quién como ella tan grande como de aquí al cielo?

Habrá que ver a la Douglas. Está perfecta. Bajo una dirección severa e imaginativa de Sabido, acompañada por Raúl Quijada, magnífico, y Luis Miranda en la penitencia de la exageración. Con Manuel Ojeda, Virgilio Leos, Ernesto Spota –su voz–, Téllez, Servet, Lara, Flores y Calderón como monjes. Con la colaboración plástica muy hermosa de Roberto Cirou.

Es el retorno de la más grande actriz nuestra, aquella luz, aquel sol, aquella perfecta grande de la escena. ¡Bienvenida! ¡Y miles y miles de obras más para gozarla!