FICHA TÉCNICA



Título obra El tejedor de milagros

Autoría Hugo Argüelles

Dirección Héctor Bonilla

Grupos y Compañías Centro de Experimentación Teatral

Elenco Sonia Montero, Mauricio Dávison, Patricio Castillo, María Elena Pardavé, Jorge Alévez, Mabel Martín, Nieves Marcos

Espacios teatrales Teatro Comonfort

Referencia María Luisa Mendoza, “El tejedor de milagros”, en El Gallo Ilustrado, no 189, supl. de El Día, 6 febrero 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

El tejedor de milagros

María Luisa Mendoza

Hugo Argüelles es un maestro de teatro que se las sabe todas. Es sobre todo un gran dramaturgo lleno de sensibilidad, que se atreve a la dulzura sin vergüenza, y con ese estilete cortante de la crueldad cuando así lo exige el tema. Hugo ha tenido mucho éxito en la vida. En su vida de teatrero, que es la que más le interesa. Por eso con Los cuervos están de luto, que fue el primer real campanazo que dio, arrancó hacia adelante como un solo hombre, habiendo tenido la particular suerte de que sus obras llamaran la atención del cine, y dos de ellas fueran filmadas, así como así y no tan bien como lo hubieran merecido, pero sacándolo de la oscuridad y sirviendo para que supiera que hay escritores en casa para tratar de medio salvar al cine.

Así y todo, con la fama y todo, Argüelles no es muy estrenado en teatro porque también pertenece a la fila de los que dan poco pero bueno, a la estirpe de Magaña, nada más que con menos astenia.

Quedaban de él Las rondas de la casa y El tejedor de milagros, sin subir a escena, aunque su fama es tanta que ya por conocidas las obras se callan.

Entonces fue estupenda idea la del Centro de Experimentación Teatral rescatar la segunda y redimirla en su origen de las tablas. Esto ya en principio es un experimento. Y le sale muy bien a Héctor Bonilla, el director que cada vez va enseñando más de su talento, de su buen humor, de su feliz intrascendencia, y ahora su desorbitada, descarnada lucha en contra de la falta de acústica del teatro Comonfort. Logra hacerse oír y eso es lo importante, obligando a sus actores a elevar el tono de voz más propio para las malvadas paredes resonantes, y planificando la entendedera del asunto.

Asunto que es la exposición clara de lo que la gente llama el milagro en México. El mito del milagro que se lo cuelgan a cualquiera con tal de ganar algo, dinero, celebridad, lo que sea, y que la masa lo acepta como lo único en lo que se apoyan para olvidar un poco la tradicional miseria del pueblerío de tierra adentro.

Todo salpicado de gracia, buen hablar, diálogos buenos, agresión y pureza; entre tanta compraventa la pureza de una pareja primigenia y de un pueblo candoroso.

El milagro del nacimiento, la noche de Navidad, de un nuevo Jesús, hijo de dos campesinos miserables. Y cómo soluciona este conflicto Hugo Argüelles sin tocar la denuncia de los hechos, sin traicionarla.

Para eso contó con un reparto muy homogéneo y muy luchón. Que sale noche a noche en pleno Tlatelolco, frente a la unidad nueva, a llamar a la gente y a entretenerla. El pueblo no olvida ese teatro recién hecho, ya es suyo, y ya aplaude y ríe y goza el milagro de la escena viva que a la gente humilde y buena tanto le impresiona y gusta.

Bonilla dirigió espléndidamente a Sonia Montero que tiene una fuerte personalidad, que sobresale entre todos, y que cuando domine su voz muy bella pero monocorde, va a ser la revelación de gran actriz. A un Mauricio Dávison espontáneo, a Patricio Castillo muy contenido y respetable, a María Elena Pardavé, hija del cómico famosísimo, en plena facultad de hacer reír matizando un personaje clásico mexicano. A Jorge Alévez, Mabel Martín, Nieves Marcos y una veintena más, todos colaborando a hacer del Comonfort el primer teatro verdadero de barriada, por medio de la noble experimentación escénica que buena falta hace.