FICHA TÉCNICA



Título obra El mercader de Venecia

Autoría William Shakespeare

Grupos y Compañías The Shakespeare Festival Company

Elenco Ralph Richardson, Barbara Jefford, Alan Howard

Referencia María Luisa Mendoza, “Los cuatro costados de Shylock”, en El Gallo Ilustrado, no 90, supl. de El Día, 15 marzo 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Los cuatro costados de Shylock

María Luisa Mendoza

"Shylock y Porcia son las dos figuras maestras, semejantes a un sombrío Rembrandt y a un luminoso Ticiano...”

A los 33 años, en 1597 William Shakespeare escribe su monumental obra El mercader de Venecia, historia entrelazada con tres romances, un drama de avaricia y un juicio. Historia por otra parte con visos de verdad o por lo menos basada en cercanas anécdotas que el genio confrontó en su teatro recreándolas en la mayoría de edad artística. Es El mercader una de las joyas más logradas en su haber –si es que existieran otras dignas de considerarse menores–, de las que tiemblan con una vida propia, con una alegría, con una malicia increíbles. Historia de historias pues, de imaginación soberana, de óptimo optimismo. Trama que se enreda en tres columnas monumentales: la primera y absoluta que es el judío Shylock, toque y meta a llegar de cualquier actor absolutamente maduro, inmenso personaje clásico en el teatro del mundo. Porcia, la bienamada, la amante inaccesible embozada en el atractivo del misterio, y por último la ciudad de Venecia con sus soles y sus lunas, su carnaval de colores tristes como las bibliotecas, y pasajes que son de amor por minutos o por eternidades.

The Shakespeare Festival Company escogió El mercader y Sueño de una noche de verano para presentarse en México con un elenco encabezado por Sir Ralph Richardson en homenaje al Cisne de Avón. Selección magnífica por la cercanía que suponen ambas obras en el conocimiento general y por su diferencia en géneros. Baste por hoy escribir la crónica de la primera representación que se vio honrada por la presencia del señor presidente de la República don Adolfo López Mateos, que así apoya al arte dramático que tanto necesita de su aplauso.

El único principio para el asombro parte en esta ocasión del señorío y la majestuosidad del actor Richardson, encarnando literalmente a Shylock por los cuatro costados. Ahora sí se comprende sin ninguna timidez misericordiosa ese perfil de gran malvado antes diluido en el truco torpe de manos frotantes y gestos caricaturescos que jamás remachaban la malignidad, la perversión, la perfidia, la infamia del prestamista veneciano, del judío ruin, su sordidez, su execrable cicatería. El Shylock de Ralph Richardson es completo en hallazgos físicos –rostro tradicional de lacia barba y cejas mefistofélicas–, pero sobre su virtuosismo en movimientos exactos y representativos está la multiplicidad de tonos en la oscura voz maldita. Es así la protagonización de Richardson la pura autenticidad, la batalla ganada a la fácil postura o a lo grotesco.

La Compañía está formada por un conjunto no sólo homogéneo en perfecciones y unidades, sino que su corrección es tal que llega a eludir peligrosamente la emoción. Buenos actores todos principalmente Barbara Jefford y Alan Howard, ofrecen una labor de conjunto que en su justeza es asimismo templada, cosa por demás casi recomendable en una dirección que cuenta con el par de papeles principalísimos como son el tacaño y la bella Porcia, brillantes desde su origen y plenos de posibilidades escénicas.

Es muy necesario señalar el esplendor funcional y efectivo, el buen gusto de la escenografía, toda proyectada para las contingencias de un viaje largo y no por ello carente de digna hermosura y elegancia. Es en verdad una cátedra de colorido apropiado, con tonos severos que se vacían de los telones pintados, de las piernas, de los bastidores y el leve moblaje en el vestuario realizado con riquísimas telas, terciopelos, brocados, texturas que en su legitimidad caen en los cuerpos de los actores y evocan, la atmósfera de los grandes salones que Shakespeare imaginara. No hay aquí desconcierto con atrevimientos exagerados o colorido anacrónico, es simplemente el resultado de un estudio concienzudo del tiempo del autor, medios tonos presentes aún en la reproducción del carnaval tan real y tan discreto.

Otro acierto más es el efecto de luz presente para ceñir la hora y el momento indicados. Para la dirección, los calificativos se agotan.

Espléndida en mímica, por ejemplo: la escena de Launcelot Gobbo, el bufón; impecable en lo absoluto.

Para el Instituto Nacional de Bellas Artes el agradecimiento y ojalá que aproveche al mundo de teatro mexicano tan pletórica lección.