FICHA TÉCNICA



Elenco Alfredo Gómez de la Vega

Notas Semblanza de Alfredo Gómez de la Vega. Esta semblanza tuvo entregas anteriores en 28 y 30 de abril y 8 de mayo de 1953

Referencia Armando de Maria y Campos, “Olvidos y recuerdos. Cómo Gómez de la Vega triunfó en los teatros Español y Princesa, de Madrid”, en Novedades, 24 mayo 1953.




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Novedades

Columna El Teatro

Olvidos y recuerdos. Cómo Gómez de la Vega triunfó en los teatros Español y Princesa, de Madrid

Armando de Maria y Campos

Suspendí la evocación sobre los principios de Gómez de la Vega en Madrid para darle entrada en esta columna a la actualidad que no admite espera.* Ahora reanudo la glosa de la bella crónica de Luis G. Urbina, escrita en Madrid en 1923. A las nuevas generaciones de actores las ilustrará sobre los primeros pasos de este eminente comediante.

El galán de México, trasplantado a la comedia, no ínfima, pero sí inferior, no se hallaba a tono, no se acoplaba. Y por falta de adaptación, por tenaz resistencia a entrar de lleno en la mediocridad, prefirió desarraigarse del grupo, y buscar otro más de acuerdo con sus ideas estéticas. Lo halló, naturalmente, en esta tela de Penélope de la vida teatral española. Fuése al lado de Carmen Cobeña, Federico Oliver, que era un hombre bien informado y sensato, apareció el talento, la cultura y la seriedad del muchacho, y le encargó, desde luego, primeros papeles al lado de la intuitiva y afamada actriz.

El actor siguió su senda, que, como la de todos, empezó en una llanura sembrada de cardos y con alguna que otra amapola a lo largo del erial. Eran para él –lo son para cualquiera– estas tentativas de vuelo, por encima de la impotencia maldiciente, de la ineptitud envanecida, de la rutina perezosa, una estimulante tortura. Este combate gasta a los ineptos. Mas Gómez de la Vega era un apto. Y no le importaban los obstáculos. Siguió su senda.

A zancos y barrancos, entre dolor y lágrimas, el muchacho hizo su aprendizaje, entre la sorda animadversión de los compañeros, que lo miraban como a un intruso impertinente, y la cortés resistencia de los críticos.

Unos cuatro años después, cuando Gómez de la Vega se había ganado, por ejercicio riguroso, sus grados, salió de un bien intencionado proyecto de Teatro de Arte, para formar, por su cuenta, una compañía, y dirigirla, como valeroso capitán. Asociado a una actriz de hermosura y talento, Elvira Morla, abrió una temporada en el teatro Español de Madrid, como si dijéramos la catedral del "verso", la basílica de la tradición, el mismísimo Corral de la Pacheca, que prolonga hasta nuestros días el culto de la comedia española.

Corta fue la temporada, mas nutrida y valiosa. Durante ella Gómez de la Vega estrenó una comedia, de símbolo poético, de Eduardo Marquina; un drama sombrío y tendencioso, de Joaquín Montaner; y otro de fuertes tintas socialistas, de Dicenta hijo. Ninguna de estas obras entró verdaderamente en el público. No tuvieron fortuna. Quien la tuvo, y decisiva, fue el actor.

Sus reposiciones de la Electra de don Benito Pérez Galdós y, sobre todo, del Juan José de Dicenta, revelaron a un gran actor dramático. Ya estaba hecho de pies a cabeza. Sobrio, contenido, ponderado, sin sombra de desplante; y, cuando era preciso, impetuoso, arrebatado, tremendo. Ya sabía hacer uso de su facultades; ya dominaba admirablemente su instrumento.

Contrastaban su declamación y su dicción con la de otros primeros actores españoles. No era escuela española la suya, esa que conserva por imprescindibles resabios y por naturales caracteres étnicos, cierta forzada afectación, que es como el penacho de la raza. Gómez de la Vega tenía en el tablado una soltura de movimientos, una apasionada naturalidad, un exquisito sentido del matiz, de la pausa, que parecían provenir de sugestiones italianas.

Y era verdad. Las temporadas en nuestro Arbeu –¡qué buena época de educación y renovación estéticas!–, en que las compañías de Ermete Novelli, de la Mariani, de la Reiter, de la Vitaliani, habían puesto en efervescencia la nativa sensibilidad de nuestro público, hicieron también un efecto decisivo en las aficiones del muchacho estudiante; le despertaron su vocación. Él se compenetró de la "manera", así del soberano Ermete, magno en la tragedia, insuperable en la comedia, como de Paladini, maestro de justeza y eficacia, y del agudo Piperno, y de Carini, el impetuoso, y del ponderado Ruggeri.

Y luego, en el viaje a Italia, sus observaciones sobre el otro Ermete, el maravilloso Zacconi, y su estudio atento de los artistas dramáticos en boga, le inclinaron a escoger estos modelos, a templarse en ellos, no sin haber visto con extrema atención, en París, a los actores célebres y glorificados.

Así fue como Alfredo Gómez de la Vega dio su nota personal en el escenario del teatro Español.

Y aprovechando un interregno del teatro de la Princesa –la princesa de su teatro, se sabe ya, era María Guerrero, de modo que uso del vocablo interregno en su significación académica–, el actor mexicano se propuso dar en Madrid, unas representaciones del drama de Luis Araquistáin, Remedios heroicos. Margarita Xirgu lo había estrenado semanas antes. Gómez de la Vega, seguro de su fuerza, se atrevió a resistir la comparación. Y no sólo la resistió sino que la dominó ampliamente. La crítica de Madrid, otrora reticente, alabó sin reservas la magnífica labor del artista. Reconoció en él a uno de los actuales y primeros actores de la escena española. No hubo discrepancia alguna en la escala del elogio.


Notas

* Las crónicas a que hace referencia se publicaron en las siguientes fechas: 28 y 30 de abril y 8 de mayo de 1953.