FICHA TÉCNICA



Título obra El niño y la niebla

Autoría Rodolfo Usigli

Dirección Miguel Manzano

Elenco María Teresa Montoya, Miguel Manzano, Dolores Tinoco, Fernando Mendoza

Espacios teatrales Teatro Ideal

Referencia Armando de Maria y Campos, “Ratificaciones y rectificaciones. María Tereza Montoya, Rodolfo Usigli, El niño y la niebla y Miguel Manzano”, en Novedades, 19 mayo 1953.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Ratificaciones y rectificaciones. María Tereza Montoya, Rodolfo Usigli, El niño y la niebla y Miguel Manzano

Armando de Maria y Campos

¿Cómo es posible –me pregunto a diez o doce días de representaciones de El niño y la niebla en el teatro Ideal–, que las campanas de la Catedral Metropolitana, como es fama que sucedía con las de las iglesias de León cuando Rodolfo Gaona triunfaba en las plazas de México y de España, no repiquen a gloria? ¿Cómo es posible que el campanero de la Catedral ignore el enorme triunfo que noche a noche alcanzan en el pequeño, modesto escenario del teatrito vetusto de la calle de Dolores, tres mexicanos –de la ciudad de México–, eminentes en su arte? ¿Es que los metropolitanos no se han dado cuenta aún de lo que pasa en el escenario del Ideal con María Tereza Montoya, con Miguel Manzano, con Rodolfo Usigli?

La cosa es bien sencilla. María Tereza Montoya y Miguel Manzano interpretan los protagonistas de la pieza en tres actos –un drama– El niño y la niebla de Rodolfo Usigli. Esta pieza se estrenó hace un par de años o más en el flamante teatro El Caracol, y alcanzó la increíble cifra de 450 representaciones consecutivas. Todo el México que gusta del buen teatro desfiló por el moderno teatrito de la calle de Cuba, llenándolo noche a noche sin grandes esfuerzos. El triunfo de Rodolfo Usigli fue indiscutible, rotundo, absoluto. Se sucedieron los homenajes y su nombre cabalgó por el mundo teatral en alas de la fama, y el autor tuvo la satisfacción de que lo reconocieran profeta en su propia tierra, precisamente en la ciudad que fue su cuna. Sin embargo...

Sin embargo, a muchos no convencía plenamente el triunfo de Usigli. Yo fui uno de los no muy convencidos; y así lo dije en esta misma columna. ¿Era a la obra a la que le faltaba un punto de madurez? ¿O a la interpretación, acaso, confiada a una actriz con mucho oficio y aureola, a actores no muy hechos todavía, algunos de ellos francamente principiantes? ¿O, tal vez, a la dirección escénica, muy empeñosa y también acuciosa?... No supe –no me atreví, tal vez– a explicarlo, a explicármelo. Ahora vuelve El niño y la niebla al Ideal, creada por actores francamente profesionales, a la cabeza de María Tereza Montoya, la más ilustre actriz dramática de estos tiempos. Nos prometemos una interpretación distinta, cuajada, sin titubeos. Y así la gozamos. Pero, vayamos por partes, que el acontecimiento merece un orden en las ratificaciones, como en las rectificaciones, ambas indispensables.

Mi probidad de cronista me lleva de la mano a la primera rectificación. ¿Dije en ocasión anterior que El niño y la niebla era una pieza excelente? Pues ratifico, y rectifico, además. Es excelente, y, también, magnífica. Una de las mejores piezas de Usigli –si no es que la mejor–, igualmente del teatro contemporáneo en inglés, francés o italiano. De las obras últimas españolas, ni hablar. Ni leída –la he leído, anotado también, varias veces–, resulta tan sobria, honda y profunda, como bien comprendida y mejor actuada. Poseen así sus escenas, a una secuencia tan lógica en su brumosa nitidez, sus diálogos una fluidez tan natural y espontánea, su lenguaje es tan puro y transparente y sus imágenes tan claras, que no tiene uno que hacer ningún esfuerzo para convertir la ficción en vida, en drama íntimo y trascendental, común y corriente a tantas mujeres con la mente envuelta en niebla. La falta de mexicanidad que en otras ocasiones advertí, ahora adelanta invisible su presencia, y no abandona un momento la escena.

Nueva la pieza para mí –lo digo sinceramente–, encuentro en ella escenas perfectas, de antología teatral; diálogos certeros en los que nada sobra ni falta, y momentos tan nuevos, como no se habían visto antes, durante aquellas cuatrocientas y pico de representaciones. Compruébenlo ustedes, señoras y señores...

Todo lo que digo arriba, se debe a la interpretación. Excepcional de parte de María Tereza; extraordinaria de verdad de parte de Miguel Manzano, nuestro eminente y gran primer comediante, que si no hiciera más que lo que está haciendo con el protagonista de El niño y la niebla, no importaría, porque con esa interpretación basta para consagrarse como un singular actor que ha llegado a esta cima después de largo, muy largo camino, porque el arte de representar es una oscura paciencia, y sólo madura con los años, con abnegación y con talento. Es el caso de María Tereza; de Miguel Manzano, ahora. La Montoya no puede hallar mejor ocasión para dejar correr libre de espasmos, profundo, muy profundo y sereno, muy sereno, su caudaloso río dramático, en tanto que Manzano ha logrado dominar la difícil facilidad de representar tan natural y tan seguro, que pone al espectador en duda si actúa, finge o vive una realidad asombrosa de sencillez conmovedora. Las escenas de ambos en el segundo acto, las centrales de los dos en el tercero, son las mejores lecciones de hacer teatro de que pueden aprovechar los jóvenes actores de ahora que abarrotan las escuelas dramáticas, los "estudios" o las academias teatrales. Pierden el tiempo los profesores, y se lo hacen perder a sus desorientados alumnos: que vayan a ver a María Tereza y a Miguel en esta obra de Rodolfo, y con eso tienen para un rato largo. Lo demás, es cuento; esto sí que es teatro.

Manzano dirigió tan bien esta reposición, que su dirección ¡casi no se ve! Y esta es una lección para directores. La buena dirección escénica –o artística– debe servir, en primer término, al autor; después, a los actores, y finalmente, al director. No debe servirse el director la mejor parte de su dirección; debe olvidar aquello de que al que parte y recomparte, le toca la mejor parte...

El buen aficionado al teatro debe ver, ahora, El niño y la niebla, y a María Tereza, y a Miguel Manzano y a Lola Tinoco –en una soberbia interpretación de la criada Jacinta– y a Fernando Mendoza, que se codea con los protagonistas, y ya es mucho. Si no lo hace, pues, como en el poema de Darío:

que se ahorque de un pino,
será lo mejor...