FICHA TÉCNICA



Título obra La muerte de un viajante

Notas de Título Death of a salesman (título en el idioma original)

Autoría Arthur Miller

Notas de autoría Alfredo Gómez de la Vega / traducción

Dirección Alfredo Gómez de la Vega

Elenco Alfredo Gómez de la Vega, Virginia Manzano, Alberto Mariscal, Emperatriz Carvajal, Elías Moreno, Tana Lynn, Álvaro Matute

Iluminación Ricardo Cedillo

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Referencia Armando de Maria y Campos, “Creación e interpretación poéticas en La muerte de un viajante. III”, en Novedades, 8 mayo 1953.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Creación e interpretación poéticas en La muerte de un viajante. III

Armando de Maria y Campos

Hacía mucho tiempo que el México que gusta del buen teatro no concurría a un espectáculo tan lleno de salud artística como este que Alfredo Gómez de la Vega está presentando en el Bellas Artes. Viéndolo actuar en La muerte de un viajante, quienes saben lo que Gómez de la Vega representa en la historia del teatro en México no pueden olvidar que están frente a un gran intérprete de la poesía. Gómez de la Vega comenzó su carrera teatral recitando poemas de grandes poetas. En la plenitud magnífica de su arte vuelve al principio, como todas las cosas eternas. Ahora recita –así dicen los italianos– la obra de un gran poeta: Arthur Miller. Porque La muerte de un viajante es la obra dramática característica de un gran poeta y sólo un gran intérprete de la poesía puede interpretarla a la perfección.

Arthur Miller no ha querido, como un poeta, recrear una vida –la de un viajante, entre miles y miles de viajantes–, sino que la ha dado directa y desnuda. Pero para escribir un drama tan circunstancial como ese, hace falta ser poeta. Lo humano es, por sobre todo, lo cardinal de este drama, escrito, qué duda cabe, como respuesta a tanta deshumanización como, en su apresurado egoísmo, está viviendo el mundo. Lo asombroso del dramaturgo y de su drama es la factura, la técnica constructiva de la pieza; la manera como Miller ha desarrollado y resuelto el artilugio escénico. En poeta y en dramaturgo. Ha sabido captar y reflejar una vida, valiéndose de evocaciones, retrocesos, sueños y luces. ¡Qué profunda lección de sinceridad para los futuros experimentos escénicos encierra el drama de Miller, conmovedoramente realista y profundamente poético! No importa la amarga condición de su conflicto. Basta con que un tema cualquiera, por insignificante o vulgar que a primera vista parezca, rescate al hombre natural que todo artista lleva adentro bajo una capa de aparatosos y vagos prejuicios estéticos.

Alfredo Gómez de la Vega ha recreado en español el drama de Miller. Como traductor, como director, como intérprete principal y como animador finalmente. Cuatro personas distintas y un gran artista teatral verdadero. Excelente la traducción. Como intérprete, su actuación es dramáticamente conmovedora. Sin una sombra de maquillaje en el rostro, sabe pasar del sueño a la realidad, del presente al pasado. Está en la edad física que el personaje requiere y lo vive tan intensamente, que el espectador llega a dudar un instante si el actor no está loco o a punto de estarlo. Las comparaciones aparte de ser odiosas, son injustas... para el que sale perdiendo. Si fuera preciso comparar, Gómez de la Vega sería ganador. Como director logró que todos y cada uno de los actores –Virginia Manzano, Mariscal, Carvajal, Elías Moreno, Tana Lynn, Matute, etc.– entendieran su propio personaje y lo sacaran, dentro de un equilibrio armónico, en una instrumentación perfecta. Finalmente, como animador de todo el espectáculo, Gómez de la Vega logró que el escenógrafo –Julio Prieto–, el electricista –Cedillo– y la música, no sé a cargo de quién, formaran un conjunto tan ligado, tan mezclado y aglutinado que no se imagina uno nada mejor como unidad absoluta.

Personalmente, me siento conmovido con el drama de Miller. La malicia de Miller es prodigiosa y la humanidad lacerada y apeleada le resulta irreprochable; es una humanidad auténtica. No escapa su clima de angustia, de sudor y de callejón sin salida al característico de las obras más representativas del teatro norteamericano contemporáneo. Esos padres de familia, y esos hijos que nos presenta Miller son el exponente de una pobre, limitada y desesperada mediocridad aplastada por la propia existencia. Una pincelada de carácter deportivo es la única pincelada de luz que sonríe en la vida de un ser exponente, y lógicamente bueno, cuyo único recurso es el suicidio. El horizonte de ese magnífico drama siempre es el mismo: forzada y fatal limitación, cansancio e impotencia.

Volvemos al tema con que inicié esta serie de crónicas: el teatro angustioso. El teatro cargado de angustia, por un lado, o de sensualidad, alegremente biológico, por otra parte, forman los caminos de los espectáculos actuales. Por cualquiera de los dos caminos se llega al teatro actual. En nuestro medio: El niño y la niebla y Jano es una muchacha, o Tongolele, Kalantán o Naná. Angustia o sensualismo; o lo estúpidamente, frívolamente, alegremente biológico.

¿No les parece a ustedes que un término medio, con un poco más de ambición moral, sería preferible? ¿No les parece más humano, o si no más sana, la presencia del rey Lear dialogando con su bufón y acariciando la frente de Cordelia?