FICHA TÉCNICA



Título obra Yo Colón

Autoría Alfredo Robledo y Carlos León

Elenco Mario Moreno (Cantinflas)

Escenografía Julio Prieto

Coreografía Ricardo Núñez Luna, Débora Velázquez

Música Federico Ruiz

Espacios teatrales Teatro de Los Insurgentes

Eventos Inauguración del Teatro de los Insurgentes

Referencia Armando de Maria y Campos, “Inauguración del teatro de los Insurgentes y presentación de la compañía de Cantinflas”, en Novedades, 5 mayo 1953.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Inauguración del teatro de los Insurgentes y presentación de la compañía de Cantinflas

Armando de Maria y Campos

Como en los cuentos fabulosos, un "príncipe del Renacimiento" –del renacimiento de la revolución, según lo afirma su panegirista oficial, Carlos León–, el señor don José María Dávila "abrió su escarcela como aquellos protectores de las artes que, por insólitos en las actuales épocas materialistas, ya nos parecen personajes de fábula o leyenda", y construyó un teatro, su teatro, propiamente, desde el que se propone dar el grito de "insurgencia" contra la decadencia escénica, y, nuevo y único "Médicis de la Revolución" –son palabras de Carlitos León–, dilapida románticamente su fortuna "en cabezas que piensan, en manos que pinten o en el ritmo de las piernas que bailan".

Todo esto significa –puesto en romance de crónica periodística– que el gerente de un banco durante la administración del presidente Alemán, ha construido para su capricho un gran centro de espectáculos, muy cerca, dicen, de la principesca mansión que habita allá por San José Insurgentes. (Cantinflas dijo durante la inauguración, en la única "puntada" cantinflesca de la noche, que "Chema Dávila" había hecho este teatro, que cuesta tres millones de pesos, "con el producto de sus ahorros"). Muy cerca de su casa y muy lejos de la metrópoli, que habrá de interesarse –o no– por él, está el teatro de los Insurgentes. Yo creo que, de los teatros de Cuernavaca, es el que está más cerca de México...

Dávila declara por boca de León, su panegirista, que no ha hecho un teatro para el pueblo. Y en esto sí que todos tienen razón: el señor renacentista que ahora es Dávila, su panegirista León, y quienes le acompañan en esta romántica aventura. El teatro de los Insurgentes no será nunca un teatro popular. Y, sin embargo, vienen sus dueños y colaboradores a luchar por la independencia teatral en un virreinato de la escena que vegeta en el conformismo de teatros coloniales. Pero en México lo dejan para más adelante, como se verá líneas abajo. Porque lo de ahora no puede ser más viejo, dentro de lo nuevo de los trajes.

Para la inauguración del teatro de la insurgencia teatral se llamó a Mario Moreno "Cantinflas", cómico popular si los hay, es decir, cómico del pueblo. Pero se pensó en un espectáculo fastuoso. Se organizó y montó con derroche de lujo una gran revista sobre una pobre idea –Yo, Colón, tema modesto que Tin-Tán ha explotado mucho en intrascendentes sketchs–. Figura central: Cantinflas, sujeta su actuación característicamente repentina, a un libreto, y todas las muchachas bonitas que en México aceptan desnudarse en público. Se llamó a un artista escenógrafo, Julio Prieto y se le dio especial atención al buen aspecto del vestuario y del decorado. No se creyó necesario contar con vedettes –tiples simplemente–; ni con actrices –no hay una sola en el elenco–; ni con cantantes, ni siquiera con "segundas partes".

Cantinflas y "modelos", es decir, chicas que se desnudan y que no saben ni les interesa el teatro de la misa a la media. Y como había que "rellenar", se buscó la forma mejor de hacerlo con un ballet, el que encabezan los excelentes coreógrafos Ricardo Núñez Luna y Débora Velázquez. Lo demás, se dejó a cargo de la iluminación, del equipo eléctrico, que es magnífico y está muy bien manejado.

¿Música? La compuesta por el gran arreglista e instrumentista Federico Ruiz, quien logró una excelente partitura alegre, reminiscente, teatral. ¿Libreto? El hilo argumental de la revista es el supuesto hecho de que Cantinflas, nuevo Colón, como cualquier extranjero recién llegado a México, nos viene a descubrir –igual, igual que viene sucediendo todos los días–, sorprendiéndose de todo, y creyendo que cuanto ve está pasando por primera vez. No hay libreto, sino más bien un guión que ordena la sucesión de cuadros, conocidos todos –hasta la saciedad algunos–, en que interviene Cantinflas. En éstos hay diálogos que han escrito Alfredo Robledo y Carlos León, en los que no cabrillea el ingenio. No se encuentra cómodo Cantinflas, ni el público encuentra Cantinflas en estos diálogos que recuerdan desde los de la película Los tres mosqueteros, hasta... todo lo que se viene diciendo en los teatros barriobajeros hace muchos años. Chocan los chistes políticos, todos dirigidos o a propósito de hechos y funcionarios recientes, inexplicables en boca de Mario Moreno, que cuando no chorrean agresividad, veneno y rencor, son chabacanos y revelan ingratitud y cobardía. Pero, todo se explica, porque son chistes políticos a base de hombres que se supone caídos. Ya anticipaba algo el discurso inaugural de la temporada, a cargo del político en receso, Alejandro Carrillo, fuera de tono y lugar, francamente oportunista dentro de su inoportunidad. Menos mal que Mario Moreno, jugándosela de verdad, por lo menos dice nombres. Fijarse bien que he dicho Mario Moreno y no Cantinflas, porque Cantinflas casi no cuenta en esta revista. Un Cantinflas sin galerías carece de eco. Y el teatro de los Insurgentes, propiedad del "Lorenzo el Magnífico del México contemporáneo", teatro popof, carece de galerías... No es para el pueblo. ¿Qué hace, pues, Cantinflas lejos de lo suyo?

Hace, o permite que se haga, a costa de su pasado prestigio, una revista fastuosa, opulenta en escenografía y juegos de iluminación, en la que desfilan –nada más desfilan– muchas, muchísimas chicas en cueros, lindísimas todas. La mención de sus nombres carece de importancia. La "modelo" no tiene ni nombre ni apellido. Es, sencillamente, "una modelo", nada más. ¿Será posible que el grito de independencia teatral que ha venido a dar en su palaciego coliseo José María Dávila, sea lógico sin un libro original para la revista, sin partitura original, sin una vedette de categoría, sin una tiple que cante y baile de verdad, sin actores responsables y dignos de codearse con "el hombre de la gabardina"; repitiéndose escenas que se tienen olvidadas de tanto sabidas, y sin contar con el pueblo –como enfáticamente se declara–, del que han salido Mario Moreno, el ahora Médicis, Dávila el Magnífico, Robledo, Prieto y Valdiosera; Amparo Arozamena, Finance y hasta Martina Huitrón? No lo creo.

Lo que importa, ahora, es que México cuenta ya con un nuevo gran teatro, que en él actúa un gran cómico: Mario Moreno –a ratos también Cantinflas–, y que la gente popof ya no se quejará que ya no tiene a dónde ir. Lo penoso para muchos desde Dávila y Moreno hasta los humildes trabajadores de la Federación Teatral, que tantos beneficios recibieron del ex presidente Miguel Alemán, es lo que hacen a costa de él y de la de otros funcionarios del pasado régimen, que se hallan indefensos y desarmados: mofa barata y escarnio ramplón.

¡No eran así, no, las "revistas políticas" de antes de la idea de "insurgencia teatral" de Chema Dávila!