FICHA TÉCNICA



Título obra La muerte de un viajante

Notas de Título Death of a salesman (título en el idioma original)

Autoría Arthur Miller

Notas de autoría Alfredo Gómez de la Vega / traducción

Dirección Alfredo Gómez de la Vega

Elenco Alfredo Gómez de la Vega, Virginia Manzano

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Notas Comentarios del autor sobre el teatro norteamericano con motivo de la presentación de La muerte de un viajante

Referencia Armando de Maria y Campos, “La muerte de un viajante, por Alfredo Gómez de la Vega, en el Palacio de las Bellas Artes. II”, en Novedades, 30 abril 1953.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La muerte de un viajante, por Alfredo Gómez de la Vega, en el Palacio de las Bellas Artes. II

Armando de Maria y Campos

Y esa importación norteamericana –decía en mi crónica anterior refiriéndome a la invasión de novela y teatro de autores de Norteamérica–, grande, original y muy densa en algunos de sus aspectos, si miramos en conjunto, va a ofrecernos una curiosísima paradoja. Todos –lo mismo en Europa que en la América Latina– tenemos una idea primera de lo norteamericano, que descansa en los tonos halagüeños de la juventud, la prensa, la riqueza, la despreocupación, etcétera, y en cambio la mejor literatura, entre la buena que produce este país piloto, ha rebasado los límites de la truculencia, ha saltado por encima las bardas del viejo pudor y, sobre todo, ha derramado una visión del hombre casi fluida, desposeída de nervios y de huesos, y con un poco de alma asfixiándose; sin otro problema y sin otro horizonte que el de la inmediata y agobiante existencia. La moral asoma apenas en esta clase de literatura, y lo biológico, con todas sus consecuencias, parece ser el único aire que se respira en ella.

A los que mantienen la fe en los titulares de la prensa y en las deslumbradoras estadísticas, ha de chocarles que la selección literaria de un pueblo, en todos conceptos enorme, produzca como flor de alivio y de esperanza, no precisamente rosas de buen ver y oler, sino esas lúgubres mandrágoras que nos delatan una vida con el más negro de los callejones sin salida, o con la única salida, en fuga voluntaria, por la puerta del suicidio, como en el caso del viajante de Miller.

Porque es para quedarse perplejo comprobar que La ruta del tabaco de Cadwell, duró en un teatro de Broadway representándose cerca de ocho años; tal vez más. Y no menos desconcertante para un espectador común y corriente, que no sea posseur del existencialismo, comprobar que en El zoo de Cristal, una de las comedias más interesantes de Tennessee Williams, la angustia y la amargura, situadas en un clima distinto eran –son– las mismas que las del teatro de Cadwell. Una poesía extraña, intensa, que viene del moho, del silencio y del sudor –pero una poesía al fin– ilumina aquellas escenas, que por desoladoras no dejan de ser bellas. (El público de México no conoce La ruta del tabaco como pieza de teatro; tampoco podría afirmarse que la conoce como cinta cinematográfica, porque la versión para la pantalla que hace años fue exhibida en el cinema Olimpia no logró rebasar la primera semana de exhibiciones.) El zoo de Cristal acaba de ser representada por un grupo de teatro experimental que asimismo se denomina Los Comediantes de Hoy, pero no más de una docena de veces, ante escaso auditorio y con adversos comentarios de la crítica –que creo que no entendió bien a bien la amarga y bella pieza de Williams–, y que la tuvo como no representada antes en nuestro medio.

La versión literaria y escénica de Dagoberto de Cervantes, animador de Los Comediantes de Hoy, se tituló Cristal en tu recuerdo, título desorientador a todas razones. En televisión, ya había sido representada antes, puesta en onda electrónica a través del canal 4 (en bárbara traducción, criminalmente reducida, sádicamente mutilada). Como pocos ignoran, Tennessee Williams con su famosa pieza melodramática y melopoética Un tranvía llamado Deseo armó gran expectación en Norte y Sudamérica y en Europa, y su poquito de escándalo e inquietud en México. Aquí, como se recordará en versión muy realista, suprimiéndole el director japonés Seki Sano todo hálito de poesía, por muy amarga que en esta obra se manifieste. Para muchos, la interpretación mexicana por María Douglas y Wolf Rubinski resultó superior a la cinematográfica norteamericana.

Jean Cocteau, que fuera adaptador francés de Un tranvía llamado Deseo, afirmó, en un prólogo, que era aquella obra más de multitudes que de selecciones, y que el público la trató con más cariño que la crítica. Aquí, como se recordará, se sostuvo en cartel muchas noches, y fueron muchas las representaciones aunque escaso auditorio, con la esperanza de que la permanencia en el cartel y en la escena despertara la curiosidad del público en general. No llegó a alcanzar esta obra de Williams un éxito arrollador de multitudes ansiosas de gozar de un espectáculo deslumbrante, sino el que corresponde a la paciencia y sacrificio para alcanzar la meta de sumas determinadas. Ahora, precisamente hoy o mañana, vuelve a la escena, en reprisse que se califica de sensacional, con los mismos intérpretes. Veremos como reacciona el público de ahora, tal vez diferente al de hace cuatro años.

A mí, Un tranvía me ha parecido siempre muy inferior al Zoo. No puedo concebir un éxito mundial tan aplastante a una sucesión de escenas en las cuales, con el cebo de tres milímetros de poesía nos sirven un kilómetro de desazón y de tediosas vulgaridades. Y menos tomar muy en serio su éxito anterior en el teatro Esperanza Iris, en versión –por cierto revisada por Usigli– en la que el director le suprimió hasta esos milímetros de poesía...

Prima hermana de esta pieza es La muerte de un viajante que ha metido tanto ruido y ha alcanzado en el mundo teatral excepcional categoría. El nombre de Arthur Miller es sinónimo de sensación. Por cierto, que hay otro Miller, Henry de nombre y autor de Los trópicos, que se ha hecho famoso por la agresividad de su pornografía cósmica. Habrá otro Miller, pero lo que no hay es otro Alfredo Gómez de la Vega, excepcional actor –lástima que la juventud teatral de hoy no se quiera dar cuenta– e insuperable protagonista de La muerte de un viajante en México, ante escasísima parroquia. ¿Habrá sus causas? Creo que sí. Y es cosa de estudiarlas –no importa que no se puedan remediar– a la brevedad posible.


Notas

* La continuación de la crónica se publicó el 8 de mayo de 1953.