FICHA TÉCNICA



Título obra La función de despedida

Autoría Rodolfo Usigli

Dirección Ricardo Mondragón

Notas de dirección Luis G. Urbina / dirección artística

Elenco María Teresa Montoya, Miguel Manzano, Fernando Mendoza, Eduardo Uthoff, Miguel Córcega, Miguel Ángel Ferriz, Héctor Gómez, Raúl Meraz, Beatriz Saavedra, Dolores Tinoco, Emilia Carranza, Manuel Sánchez Navarro

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de Función de despedida y retorno de María Tereza Montoya”, en Novedades, 22 abril 1953.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de Función de despedida y retorno de María Tereza Montoya

Armando de Maria y Campos

En medio de la confusión de valores por que atraviesa el teatro en México, el estreno de la más reciente pieza dramática –o farsa dramática– de Rodolfo Usigli La función de despedida y la reaparición en ella de la eminente María Tereza Montoya han caído como una tremenda piedra sobre la tersa superficie de un lago. Se han agitado las aguas de nuestro mundo teatral y las hondas circulares que este fenómeno ha producido, impidieron ver el fondo y arrojaron a la orilla negaciones y envidias, regateos de mérito, crítica cominera y chaparra. Todo en balde, al final. Usigli, es un gran autor de teatro, que por serlo excepcional tiene de todo, hasta errores; La función de despedida es una magnífica pieza de teatro desde el principio hasta el fin –no importa que para muchos espectadores impacientes y poco habituados a escuchar (lo más difícil que tiene el teatro), se antoje larga–; muy mexicana, tanto que no hay en ella palabra, pensamiento, hecho que ocurra o que se evoque, que no sea reconocible como nuestro; certeramente teatral en su concepción, desarrollo y desenlace, y universal al mismo tiempo, porque la vida íntima de los cómicos, con sus pasiones, rencores, envidias e intrigas, con sus ingenuidades también, no tiene fronteras ni precisa de climas especiales.

Por cuanto a María Tereza Montoya es un privilegio verla sin hablar –como en el segundo acto de Función de despedida, y una dicha oírla y sentirla. Se halla en este instante en la plenitud de su arte de representar que no ha conocido fracasos, por más que tantos de índole económica hayan influido en su larga carrera de actriz empresaria. Como actriz no ha conocido la derrota. Lo aseguro con el testimonio de mi presencia a lo largo de su carrera, desde el año de 1917, o antes. Ahora domina como nunca el caudal dramático de su voz, el torrente que parecía incontenible de su temperamento. El gesto de sus manos es único, y nadie puede dudar de su eficacia viéndola actuar durante largas tres horas y pico sentada como Sarah Bernhardt en sus últimos años–, hablando con las manos las más de las veces. ¡Y qué manera de decir! Maneja su voz con igual maestría para producir el piquete de avispa de una ironía, que para encerrar en una palabra todo un drama íntimo, que para describir con una sola frase todo un pasado. ¡Qué pena que esta estrella de brillo único en el cielo de nuestra patria teatral no ilumine permanentemente la noche angustiosa del confusionismo provocado por tantos directores (?) de teatro como todos los días brotan, igual que los hongos, unos venenosos, otros anodinos, incultos y por esto irresponsables en la tremenda responsabilidad que les toca por haber llevado al teatro por caminos de representaciones sin público, de una esterilidad absoluta.

Se presume que María Tereza Montoya representa a la extinta y eximia Virginia Fábregas, dado que la obra fue escrita para ser la última que representara la comedianta morelense. Confirma esta presunción la forma como María Tereza ha compuesto el tipo incluso con algunos ademanes con la diestra engarabitada, como la de Virginia al final de su vida. Y lo es y no lo es. Muchas cosas de las que se dicen en los largos tres actos, le ocurrieron a Virginia pero otros muchos no. Pertenecen a todas las actrices que han sido, a muchos actores, a distintas compañías, al teatro general. Como ocurre con las escenas entre cómicos en Los fracasados de Lenormand. La curiosidad del público, la morbosidad misma, va muy lejos más allá de la intimidad de la vida artística y privada de la Fábregas. Pero todo sirve para inquietar al público frente a las bromas, las amarguras y el pasado de Verónica Muro, actriz inventada por Usigli, que tanto se parece a Virginia Fábregas. Por esto y por otro, por lo que tiene de anécdota y por lo que tiene de teatro puro La función de despedida mantiene vivo el interés del público, y alerta su ingenio para no dejar escapar en su vuelo sorpresivo tantas cosas graciosas, hirientes y justas –todas usiglianas– como se dice en esta obra, orgullo ya de nuestro teatro nacional.

Haciendo a un lado el carácter anecdótico de la pieza en debate La función de despedida es como digo una muestra difícilmente superable de técnica de construcción, de habilidad para mantener viva la curiosidad insatisfecha del público hasta el final, alarde también de recursos para convertir en personajes unas bien logradas "apariciones" en un espejo, el monólogo viejo y aquí indispensable, y los pensamientos del personaje "que hablan mientras éste calla"; los diálogos fuera de la escena (los de los enamorados), y la reproducción de voces en ondas vibrantes que se van perdiendo en eco. Ninguno de sus personajes –desde Verónica hasta la aspirante a actriz de teatro, pasando por el primer actor, el barba, el representante, el "delegado de la ANDA", el columnista ya metropolitano o de provincia, el doctor que de tan real se sale de la escena, y los viejos dueños de la casa de huéspedes– es falso. Todos viven, a muchos de ellos los conocemos y todos hablan como hablamos todos. ¿Se puede no ser un gran autor cuando se es capaz de hacer todo esto y de hacerlo bien, muy bien además?... Por eso Usigli es un autor eminente, autor cronista de su época, que escribe a golpes de zurriago, y que dice verdades como puño, habla como un poeta de la ciudad, y escribe con fluidez y, aunque parezca paradójico, con ternura y amargura a un mismo tiempo, porque se puede ser irónico, cáustico y llevar preso en el cerebro un pájaro azul...

Excelente la interpretación de parte de todos –Miguel Manzano, Fernando Mendoza, Uthoff, Córcega, Ferriz, Héctor Gómez, Raúl Meraz, Beatriz Saavedra, Dolores Tinoco, Emilia Carranza, Manuel Sánchez Navarro (perdón si involuntariamente olvido alguno)–; muy bien puesta, es decir, con la mejor propiedad, la escena, lo que entiendo corresponde a la dirección artística de Luis G. Basurto, y sobria y responsable, como es responsable y sobrio en su arte Ricardo Mondragón, la dirección escénica a cargo de este notabilísimo actor, al que, ¡quién lo dijera! lo tienen arrinconado en Monterrey los jóvenes actores experimentales que tanto gustan de trabajar sin la presencia real y estimulante del público. Pero como diría una deliciosa protagonista de opereta: ¡Así están las cosas, y basta!