FICHA TÉCNICA



Elenco Alfredo Gómez de la Vega

Notas Continuación de la semblanza del actor Alfredo Gómez de la Vega con citas del cronista Luis G. Urbina

Referencia Armando de Maria y Campos, “Alfredo Gómez de la Vega se hace actor en los escenarios de España. II”, en Novedades, 14 abril 1953.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Alfredo Gómez de la Vega se hace actor en los escenarios de España. II

Armando de Maria y Campos

Alfredo Gómez de la Vega se encuentra en Madrid, a fines de 1913. Por Luis G. Urbina, cuya crónica sigo porque es el mejor testimonio de los hechos que estoy evocando, se sabe que Gómez de la Vega "conoció, en un principio, la pobreza negra, la que confina con la miseria; conoció dificultades, abandonos y desdenes. Díaz de Mendoza se dignó a oírlo, a lo gran señor, con su acostumbrada cortesía, prodigándole grandes elogios, augurándole un brillante porvenir artístico en la escena y llevando su entusiasmo al extremo de dirigir una carta al entonces ministro de México en Madrid, Francisco A. de Icaza, haciendo un encendido elogio del muchacho, en quien creía encontrar el primer gran actor que iba a tener América. Pero, en realidad, no hizo nada por el joven aspirante; ya él y María estaban acabando de empollar a los futuros galanes, a los almibarados y simpáticos niños de la casa".

Gómez de la Vega sufrió, pero no desmayó. Ayudado por Pancho Icaza y por Amado Nervo –entonces primer secretario de la legación en Madrid– pudo vivir a duras penas y aun entrever un rayito de gloria cuando el Ateneo de Madrid –generosamente abierto a toda manifestación de cultura– célebres hombres de letras aplaudieron con entusiasmo, sus admirables recitaciones de poesías americanas.

Los terremotos de México estremecieron nuestra diplomacia. Vinieron los cambios. Llegó a España Juan Sánchez Azcona, como representante, en diversos países, del gobierno revolucionario. "Y este compañero mío recuerda Urbina, corazón bondadoso, tuvo oportunidad de conocer las aptitudes burocráticas del muchacho, y prendado de su talento, lo agregó a la cancillería mexicana. Hélo ya de tercer secretario; hélo ahí viajando por Francia y por Italia, a las órdenes ya de Sánchez Azcona, ya de otro bondadoso, Isidro Fabela; hélo ahí llevando su inquietud a un mundo nuevo para él, atractivo y propicio a la ambición juvenil. El horizonte estaba despejado; abierta la carrera.

"Así lo hallé en Madrid, en diplomático en 1916, –prosigue Urbina–. Pero el recitador, el artista no estaba contento. Insistía. Llevaba la espina de la obsesión clavada en la frente. Quería ser cómico a costa de todo, por encima de todo. Nervo y yo, ante aquella decisión de abandonar lo seguro por lo dudoso, estábamos admirados y confusos, y no nos atrevíamos, sino muy débilmente, a hacer observaciones contrarias, de utilitarismo inferior".

Por fin, el tercer secretario, a quien acababa de prometerse inmediato ascenso en su carrera diplomática, se despojó con mano firme, del uniforme, y se pone la máscara.

El veterano don Ceferino Palencia, profesor de declamación en el Conservatorio de Madrid y uno de los directores teatrales de mayor prestigio, tenía una viva estimación por Alfredo Gómez de la Vega, y una fe absoluta en su porvenir en la escena. Repetidas veces se le oyó decir: "Ese muchacho será un gran actor; estoy convencido de ello y hablo con perfecto conocimiento de causa. No hay actualmente en España, entre los jóvenes, nadie, absolutamente nadie, que tenga sus extraordinarias facultades artísticas. ¡Lástima que el teatro entre nosotros ande tan de capa caída! Alfredo ha venido en un mal momento, el 'astracán' lo invade todo... Sin embargo, habrá que aprovechar la primera oportunidad que se presente". Y sincero y noblote, el bueno de don Ceferino pasó de la palabra a los hechos. Fue él quien ofreció, por medio de un telegrama al entonces tercer secretario de la Legación de México en París, el puesto de primer galán joven, en la compañía dramática que estaba formando para inaugurar un nuevo teatro en Madrid: el teatro del Centro.

Al mismo tiempo –singular coincidencia–, la Secretaría de Relaciones de México, cumpliendo su promesa, ascendía a Gómez de la Vega, nombrándolo segundo secretario de nuestra Legación en Londres. De un lado, la "carrera" –que no podía presentarse más brillante– con todos sus atractivos y seguridades económicas. Del otro, un camino desconocido, seguramente lleno de obstáculos. Y por lo pronto, un modestísimo sueldo para empezar... ¿Problema? No, no lo hubo para Gómez de la Vega. Esa ruta incierta, llena de interrogaciones, era para él la puertecilla abierta del Ensueño, y sin vacilar un instante, seguro de sí mismo, agradeció el ascenso, presentó su renuncia y regresó a España... a hacerse actor.