FICHA TÉCNICA



Elenco Alfredo Gómez de la Vega

Notas Semblanza del actor Alfredo Gómez de la Vega con citas del cronista Luis G. Urbina

Referencia Armando de Maria y Campos, “Los primeros pasos en la escena del gran artista Alfredo Gómez de la Vega. I”, en Novedades, 12 abril 1953.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Los primeros pasos en la escena del gran artista Alfredo Gómez de la Vega. I

Armando de Maria y Campos

Un actor eminente, antes de serlo verdaderamente

Alfredo Gómez de la Vega vuelve al teatro. Bienvenido al teatro Alfredo Gómez de la Vega. Muchos de los nuevos actores, algunos muy estimables, ignoran cómo llegó al teatro Gómez de la Vega, y lo que fue en el teatro español, antes de ser visto en México, hace de esto claro, muchos años. Yo no fui testigo de los comienzos de la gran carrera artística de Alfredo Gómez de la Vega. Pero voy a evocarlos con los que dejó escritos –Madrid, 1923– el inolvidable poeta mexicano Luis G. Urbina, que sí los conoció, como en seguida se verá.

"Allá por el año de 1913 –cuenta Urbina– un jovenzuelo de cerca de veinte años, con aspecto de estudiante pobre, me esperaba a la puerta de mi casa. Al llegar yo, salióme al encuentro, y, comedidamente, me dijo en brevísimas palabras, sus pretensiones. Me pidió una cita para una cosa que me hizo sonreír: para que lo oyese recitar versos:

–¿Es usted alumno del Conservatorio? –le preguntó Urbina–. ¿Está en clase de declamación?... ¿Va usted a examinarse?

–No, señor –le contestó.

–¿Entonces?...

–Es que me interesa conocer la opinión de usted. Tengo referencias de que acostumbra a darla sinceramente. Quiero dedicarme al teatro. Soy estudiante de Jurisprudencia. Pero me domina esta inclinación: la del tablado.

"Eché sobre él una discreta ojeada –continúa relatando Urbina–. El cuerpo, un poco bajo de estatura; fuerte de tórax, no largo de piernas, de brazos proporcionados y manos ricas de gesto. La cabeza correcta, fina, pálida y nerviosa. En el rostro, de perfil romano, se destacaban una hermosa frente acusadora de terquedad y unos grandes y oscuros ojos por los que pasaban, a cortos intervalos, los resplandores del incendio interior. La figura resultaba simpática. Calculando, en un instante, el tiempo de que podía yo disponer, insinué:

"–Venga usted a las cinco de esta tarde. Lo oiré y le comunicaré mi impresión.

"Efectivamente: a la hora convenida, en el salón de juntas de la Biblioteca Nacional, Pedro Henríquez Ureña y yo, sentados en cómodos sillones y acodados en la descomunal mesa, de rojo tapete, empezamos a oír al joven recitador, que en pie, en extremo opuesto, no decía sólo, sino que declamaba versos de Gutiérrez Nájera, de Guillermo Valencia –¡qué sé yo!–, de poetas americanos. Y luego, el Raimundo Lulio de Núñez de Arce, y, al final, un monólogo, en prosa, compuesto por el propio recitador.

"La voz del muchacho era cálida, musical, baritonal, de extenso diapasón y agudos agradables. Estaba manejada con cierta torpeza, con cierto afán de forzarla y elevarla en demasía. No sabía contenerla, ni matizarla. Se dejaba arrebatar por la exaltación de un brioso temperamento. Pero en aquellas altisonancias, un tanto monótonas, ¡qué vibración, qué pasión, qué trasmisora facultad emotiva, qué derramamiento de alma, y, en particular, qué comprensión, compenetración diré mejor, al interpretar el sentido lírico de los poemas recitados! La mímica era desmañada, pero no inexacta, ni tonta. La gesticulación vacilante, pero no falsa ni insincera... Todo estaba expresado aun con cierta inseguridad, pero entendido con gran perspicacia y con extraordinaria adivinación sentimental.

"Lo presentimos Henríquez Ureña y yo. Teníamos enfrente a un principiante dotado de facultades de excepción. No vacilamos en decírselo, indicándole, a la vez, lo que creíamos defectuoso en sus interpretaciones. En realidad sus defectos eran excesos. Volaba muy bien ese espíritu; mas con frecuencia los vuelos perdían orientación. Había que contener el impulso de las alas.

"El muchacho, a quien felicitamos efusivamente, se conmovió, nos dio las gracias y se fue, con sonrisa de visible contento.

"Poco después, para allegarse recursos y emprender un viaje a España, en donde quería perfeccionar su arte y dar principio a su carrera, anunció unas veladas literarias y musicales, en las que le ayudaron gentes de reputación y prestigio, pianistas insignes –Ponce, Ogazón– y un público selecto y numeroso que estimuló con largas ovaciones al muchacho audaz que se embarcaba en la nave de una ilusión rumbo al país soñado de la gloria. El inspirado recitador estaba empeñado en ser actor. Obedecía más bien que a un deseo, a una predestinación. Y para ello se encaraba con la suerte, seguro de vencerla con el poder de su talento. Era un impaciente. Anhelaba subir con premura por la escala de Jacob. Hizo un poquito de dinero, tomó sus bártulos y se despidió de nosotros.

"Yo, como el personaje de La Mascota, si no pude darle huevos frescos le dí buenos consejos... y una carta de presentación para Amado Nervo: 'Acógelo, guíalo, protégelo –escribí al gran poeta–; quiere ser y será –porque en él querer es poder– un actor. Es una juventud privilegiada que va ciega de fe y nutrida de ideal. Se llama Alfredo Gómez de la Vega'".