FICHA TÉCNICA



Título obra La guarda cuidadosa, El retablo de las maravillas

Autoría Miguel de Cervantes Saavedra

Notas de autoría Enrique Ruelas / adaptación

Dirección Enrique Ruelas

Elenco Concepción Aguado, Carlos Castro, Teresina Quesada, Luis Pérez Huarte, Filiberto Procel, Antonio Corona, J. Jesús Gutiérrez, José Ibargüengoitia y Chico, Jorge Manjarrez, Aurora Ramírez, Pedro F. Ortiz, Antonio Sánchez R., Pablo Luis Castro, Humberto Guevara, Luis Ferro, Luis Pablo Castro, J. Jesús Domínguez, Rebeca Gómez, José Hernández, Guillermo Puga, Gloria A. Martín del Campo, Lucila Carmona, Miguel Martín del Campo

Grupos y compañías Departamento de Drama de la Universidad de Guanajuato

Notas de grupos y compañías Enrique Ruelas / director

Espacios teatrales Plaza de San Roque, Guanajuato

Referencia Armando de Maria y Campos, “Escenificación del mundo de Cervantes en la plaza de San Roque de la ciudad de Guanajuato. II”, en Novedades, 11 marzo 1953.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Escenificación del mundo de Cervantes en la plaza de San Roque de la ciudad de Guanajuato

Armando de Maria y Campos

El acierto máximo de la reconstrucción del mundo de Cervantes, tomando como base la representación de dos de sus más bellos entremeses –La guarda cuidadosa y El retablo de las maravillas– de los ocho que de cierto se sabe que escribió, y de otro al él atribuido: Los dos habladores, mezclándolos entre sí tan sabiamente y gracias al estilo único de los tres que parecen una sola e indivisible pieza, radica en el relato ideado por Ruelas, que se leyó desde una azotea de la casa del barrio de San Roque, precisamente la que servía "de casa" al matrimonio de Los dos habladores, y que abajo, en la plaza, escenificaban los personajes de los entremeses y otros característicos de las novelas ejemplares cervantinas y del monumental Don Quijote. Con trozos de la obra de Cervantes, con párrafos certeramente seleccionados de la de Francisco Navarro Ledesma El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes y con varios de Rubén Darío, los muy conocidos de su Letanía cervantina, se explicó a Cervantes y a su mundo, y a cada alusión a personaje característico, aparecía en la plaza, surgido de las sombras de la noche –y después que la selló con su presencia el propio Cervantes–, el personaje evocado: Rinconete y Cortadillo (Concepción Aguado y Carlos Castro), la Gitanilla –Preciosa la del pandero– (Teresina Quesada), que baila como en los tiempos de Felipe II; el Caballero Enamorado y su escudero cabalgando briosos alazanes (Luis Pérez Huarte y Filiberto Procel); el Licenciado Vidriera, sí nada menos que el transparente y cristalino don Tomás Rodaja (Antonio Corona) un "animero" que hizo temblar de inquietud la noche con su lúgubre pregón (J. Jesús Gutiérrez); frailes, campesinos, vendedores de aguas frescas y flores recién cortadas, llevando su mercancía en pacíficos, naturalmente auténticos, pollinos, y, al final, Don Quijote, el inmortal Caballero de la Triste Figura, montado en su idealizado Rocinante (licenciado José Ibargüengoitia y Chico), seguido muy de cerca por Sancho Panza, caballero en su modesto pollino Ruzio (Jorge Manjarrez)...

La representación de La guarda cuidadosa y de Los habladores fue simultánea, barajadas las escenas, de modo y manera que para el público la representación siempre resultaba póker de ases. La reconstrucción del mundo madrileño de La guarda resultó preciosa. Plantéase en esta joya un conflicto de los más comunes y repetidos en el teatro: la conquista de una fregona (Cristinica, Aurora Ramírez) por un soldado y un sacristán (licenciado Pedro F. Ortiz y Antonio Sánchez R.). La fregona se decide por el sacristán, y el soldado conformado a medias canta:

Siempre escogen las mujeres
aquello que vale menos,
porque excede su mal gusto
a cualquier merecimiento
Ya no se estima el valor
porque se estima el dinero,
pues un sacristán prefieren
a un roto soldado lego.

La representación resultó animadísima. Toda a media calle, utilizándose puertas y ventanas de casas auténticas, entrando o saliendo los personajes o asomándose a los barandales, según conviniera, iluminada la calle por las flamas de los hachones, cruzándola en todas direcciones el limosnero de la virgen (Pablo Luis Castro), el vendedor de telas (Humberto Guevara), el zapatero (Luis Ferro), Grajales (Luis Pablo Castro), el Amo (J. Jesús Domínguez), el Ama (Rebeca Gómez), Roldán (José Hernández), Sarmiento (Guillermo Puga), Doña Beatriz (Gloria A. de Martín del Campo), Inés (Lucila Carmona), Procurador (J. Jesús Domínguez), Alguacil (Luis Ferro) y Escribano y Corchete (Miguel Martín del Campo).

Escrito este entremés sobre 1611, posee un interés escénico extraordinario, que sujeta la atención del público, y lo hace reír con júbilo y fresca alegría. Riega sobre el auditorio flores de ingenio y tiemblan sus chistes sobre la acción como gotas de fresco rocío sobre corolas estremecidas.

Cuando la acción de La guarda puede suspenderse, se injertan algunas escenas de Los dos habladores, también en mitad de la plaza, y resulta un todo tan completo de estas dos partes, que acción y personajes se confunden, mezclan, y sólo se diferencian los conflictos que ambos sucesos escénicos exhiben, porque toda la acción de Los dos habladores ocurren en otro ángulo de la plaza, delante de las casas que quedan frente a las que sirven de fondo y de practicables a las de La guarda cuidadosa.

Elegido el sacristán por la Cristinica, curada la habladora doña Beatriz y preso el incorregible hablador, la plaza cervantina de San Roque se anima con la llegada de Chanfalla (Humberto Guevara) y Chirinos (Virginia Smith), que traen para burlarse del pueblo un magistral embuste: "el retablo de las maravillas". Este entremés, quizá el más teatral de todos los de Cervantes por su extraordinario movimiento escénico, ofrece a la vez un retrato vivo de los titiriteros y actores de la legua, "gente vagabunda que trataba con indecencia las cosas divinas; porque con las figuras que mostraban en sus retablos volvían la devoción en risa", que dijo el licenciado Vidriera, y que logran engañar magistralmente, basando sus cálculos en la vanidad humana, a toda una pequeña aldea: al gobernador Benito Repollo, al alcalde, al escribano, a todos los tipos mediocres, tan comunes hoy como en aquel entonces, que resultan fácil presa para los astutos autores –como entonces se llamaba a los directores–, Chanfalla y la Chirinos. La intervención del Fourrier resuelve felizmente todo el conflicto (que el público de Guanajuato, lo mismo el compuesto por universitarios, que el obrero y el artesano, de chiquillos y amas de casa, captó en todos sus detalles), a la costumbre de la Comedia dell´arte: en una gran pelea, que lució mucho en la preciosa plaza de San Roque, porque ya para entonces se encontraban en ella todos los personajes de Cervantes que antes y después habían aparecido, y ya bajaban por la callejuela de Galarza, lateral a la iglesia, tercera izquierda del espectador, don Quijote caballero en Rocinante y Sancho Panza en Ruzio...

Pero es cosa de terminar por ahora. Seguiré mañana o pasado mañana.