FICHA TÉCNICA



Elenco María Antinea

Espacios teatrales Teatro Colón

Notas Comentarios sobre el baile y el cante jondo con motivo de la presentación de la bailarina María Antinea

Referencia Armando de Maria y Campos, “Sobre el cante y el baile jondos. Los bailes flamencos, el bolero y las seguidillas”, en Novedades, 7 febrero 1953.




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Novedades

Columna El Teatro

Sobre el cante y el baile jondos. Los bailes flamencos, el bolero y las seguidillas

Armando de Maria y Campos

Todavía no se escribe la historia del cante jondo. Es mucho el cante jondo para encerrarse en unas cuantas paginillas líricas. Hay que empezar por separar los orígenes, la fábula de la leyenda y con la tradición ir ordenando el relato. Si la vida no fuera tan corta –y las colaboraciones tan escasas– tal vez intentaría el ambicioso proyecto: la historia del cante jondo –que no se parece en nada a lo que ahora vemos, salvo excepciones–; haría también la del baile... jondo. Baile y canto no pueden andar por el mundo separados. Absuélvame Salomón del venial pecado de consciente plagio, si comienzo estos comentarios diciendo que la tonadilla y la danza "son como dos britillos mellizos"; lo cual no es mucho pedir, por cuanto el propio "Cántico de los cánticos" (según asegura el padre Menestier), fue cantado y bailado en el mismo palacio del rey sabio. Y cuenta que los hebreos no conocieron otro género de danza que la litúrgica.

La danza escénica –de la que es lógica derivación a través de los siglos la danza folclórica de estos días–, comenzó en las helénicas fiestas de Baco. Thespis inventó en Grecia la colaboración de la danza con la comedia y la tragedia. Siglos después no se concebía cantar –o bailar– jondo, sin el vino de Andalucía.

Dejemos a un lado la historia de la danza y el canto, y vengamos hacia lo nuestro: hacia lo castizo, de lo que va quedando tan poco, gracias, sea dicho con lealtad al ¡folclore! que lo mixtifica todo. Paradojas que se dan bajo todos los soles. Hago al lector merced de insistir acerca del período, ya olvidado por su lejanía, en que las bailarinas gaditadas apasionaron a la vieja Roma de los Césares: tiempo y encantos aquellos cantados por Plinio, Petronio, Appio, Silio Itálico y Estrabón, en que la famosa Telethusa arrebataba a los romanos, y en que comenzó a sonar por el mundo el repiqueteo de los inquietos crótalos –tatarabuelos de las castañuelas o palillos–, cuyo vivaracho castañeteo repercute por el mundo, desde hace dos mil años...

En todas las fiestas de la España andaluza que acuñó el arte jondo, se cantaba y bailaba. De los primeros y uno de los bailes que más dieron que hablar, fue la zaragatera "zarabanda", de la que asegura Casiano Pellicer que "con la chacona", fue la danza más provocativa y famosa y que casi siempre iba acompañada de otro baile –¡flamenco!– llamado el "escarramán". La zarabanda comenzó sus brincos y contoneos allá por el año 1588, y don Francisco Asenjo Barbieri, sacándolo a su vez de un libro de Esquivel Navarro, hace constar que las danzas llamadas "rastro", "jácara" y "tárraga", eran la misma cosa que la zarabanda, siendo muy semejantes a los jaleos y danzas de castañuela que hoy se usan en nuestros teatros y en las fiestas de la gente del bronce, estos días, particularmente en Granada, aunque sólo exclusivas para turistas norteamericanos. Por doscientas cincuenta pesetas el turista güero puede ver una síntesis convencional de lo que hasta nosotros ha llegado del cante y baile jondos...

Todo esto viene a cuento, y a esta crónica, porque hay quien no está conforme con la síntesis que hice de lo que podría estimarse como un capitulillo para la historia del cante jondo, cuando éste pasó, de los saraos de la gente de bronce, a los cafés cantantes. El tema es largo; pero, la verdad, no lo merece el espectáculo, plagado de concesiones de María Antinea, cuyo arte parece culminar cuando muestra y mueve –vestida de chulillo– las carnes que inician su redondez donde la espalda empieza a perder su nombre... ¡Si no fuera por eso! Sigamos, aunque brevemente.

Entre las danzas llamadas "de cuenta" y las "de cascabel", más castizas o jondas, hay la diferencia de que éstas se cantaban y aquéllas no; pero el encaramarse al escenario de los cafés cantantes, solió prescindirse de tal condición, y así como antaño la "chacona", el "canario", las "gambetas", el "gateado", "al-villano-se-lo dan", la "jácara", el "Pedro Martín", la "gallarda", el "rugero", la "marizápalos", la "capona", el "pie-de-gibao" y el "escarramán" frecuentaron los escenarios de entonces, como luego las "seguidillas" y el "bolero", la "jota", el "zortzico", la "sardana"; como después se ha bailado y cantado el "tango" de Cádiz y de Argentina, la "rumba", el "cake-wals", la "zamacueca", el "fox-trot", la "bamba", la "raspa" y el "mambo".

Pero lo castizo son las "seguidillas", padre y compendio de casi todas las danzas genuinamente españolas; la de más miga y enjundia, de más salero, gracia y donaire; la que no admite otra competencia que la del "bolero", su hijo legítimo y heredero universal.

No hay baile en el mundo que tenga más expresión en los ademanes, mayor actividad, brillantez, sandunga y gallardía en el contoneo, más garbo y brillo en el bracear, ni tanta intención en la coplas, donosura en sus estribillos, zalamería en las paradas y aquella arrogancia en la breve suspensión de los desplantes. Con variaciones poco esenciales, dando más viveza a las vueltas, más intención al meneo de las caderas y más desahogo en el continuo arqueo de brazos y piernas las "seguidillas" han venido siendo el baile más genuino y catizo de España, y al mismo tiempo el que mejor se ha adaptado a las mudanzas de los tiempos y al incesante evolucionar de las costumbres, sin perder un adarme de su carácter, ni un ápice de sus encantos...

El tema del cante y baile jondos es largo, como véis...