FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios sobre las celebraciones de nochebuena en la época novohispana con motivo de concierto y función de navidad en la sala Chopin

Referencia Armando de Maria y Campos, “La tradición viva. Pastorelas mexicanas en 1952. En la sala Chopin”, en Novedades, 2 enero 1953.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La tradición viva. Pastorelas mexicanas en 1952. En la sala Chopin

Armando de Maria y Campos

Refiere, muy sabrosamente por cierto, Bernal Díaz del Castillo, en su historia de la Conquista, que yendo Francisco de Garay con Hernán Cortés a los maitines una noche de la Pascua de Navidad de 1523, de regreso de la iglesia almorzaron con mucho regocijo y hubo la particularidad de que de ahí a una hora le dio a Francisco de Garay un dolor de costado, y unas graves calenturas, y murió a los cuatro días. Esta noticia es como la hora del alba de las que tenemos sobre las festividades de Nochebuena en México y que el padre Motolinía describió pocos años después en esta prosa deliciosa: "La noche de Navidad ponen muchas lumbres en los patios de las iglesias y en los terrados de las casas, y como son muchas las casas de azotea, van las casas una legua y dos, y más, parecen de noche un cielo estrellado; generalmente cantan y tañen atabales y campanas, que ya esta tierra han hecho muchas que ponen mucha devoción".

El relato del fraile bienamado coincide con el que a principios del siglo XVIII nos legó fray Jerónimo de Mendieta, quien dice que los maitines y la Misa de Gallo, "por ninguna cosa los perdonarán", y que era tal el gentío que estaba esperando a las puertas de la iglesia, que se corría el peligro de ahogarse quien entraba primero, y muchos tenían que quedarse en el patio y de rodillas como si estuvieran dentro de la iglesia. Durante esa noche, hasta la de Reyes, era costumbre la de arreglar el portal y el pesebre de Belén, poniendo al niño Jesús, la virgen, san José y los pastores.

El propio y veraz cronista Mendieta, al referirse a fray Juan de Véjar, que llegó a respirar el "aire más trasparente del Valle", como se sabe, en 1532, asegura que fue éste uno, acaso el primero, que estimuló la devoción a las tres divinas personas, y que "viendo la imagen en que comúnmente son pintadas éstas, cantábale al niño y ofrecíale mil regalos, como si lo tuviera vivo en carne".

El doctor Francisco Sandoval Zapata, racionero de la Catedral de México, fue quien trajo a América la imagen de "El niño captivo" y cayendo en poder de los gentiles de Argel, el Cabildo de México tuvo que pagar el fabuloso rescate, siendo recibido con pompa y boato, a principios de febrero de 1629, por cierto respetándole las vestiduras con que los moros lo adornaron, y así puede vérsele todavía en estos tiempos del mambo y las posadas con ron por televisión, presidiendo en Catedral las ceremonias de la pascua.

En 1621 ya era costumbre la de poner en la Nochebuena las imágenes y pinturas de la virgen María en las ventanas de las casas, y se rezaban en las calles el rosario, aunque prohibiéndose que asistieran las mujeres. Y eran muy animados los juegos artificiales en San Agustín para el primer día de pascua de 1662, como puede comprobarlo todo el que se tome la molestia de hojear el Diario de sucesos notables de Antonio Robles, quien da esta noticia magnífica: "celebróse esta Nochebuena con mucha quietud, aunque dice que hubo cuatro muertos".

Robles refiere cosas maravillosas, noticias que son perlas del más puro oriente y que ensartadas en el hilo de una crónica periodística, forman un collar de breves capítulos de la historia de la Navidad mexicana que sienta muy bien, y luce mucho, sobre el pecho criollo de la pastorela. Dice que uno de los templos metropolitanos en que se celebraba la fiesta titular del Santo Niño era el del monasterio de san Juan de la Penitencia, venerándose allí desde 1629 la imagen de "El niño cautivo", y que hallándose éste en un retablo, un terremoto desprendió uno de los arcos principales inmediatos al niño, y metiendo éste la mano –¡qué maravilla!– detuvo con dos dedos la clave, "y para manifestación del milagro, quedó con el brazo levantado y agobiado el cuerpecito, como quien hace fuerza, y el rostro, que carecía de ella, quedó con singular hermosura".

Año con año, desde hace más de cuatrocientos, México celebra con devoción y ternura el milagro de la Navidad. Este año han quedado prendidas, como refulgentes luceros, dos representaciones de teatro navideño. Una en la sala Chopin, verdadera "posada teatral" –concierto, misterio y posada–. En el concierto los Niños Cantores de Morelia interpretaron ocho temas musicales de extracción popular, dirigidos por el maestro Romano Picuitti; también el Dueto de las golondrinas de Mendelssohn. En seguida se representó un retablo mexicanísimo de Rafael Bernal titulado Camino, que es una escena trasportada a los días de Navidad que escenifica la jornada de un matrimonio pobre que se dirige a Zapopan a cumplir una manda. Se obra un milagro, y así está cumplido el "misterio", muy teatral por cierto. En seguida se inicia la "posada" con un coro de voces infantiles que entonan la canción Mañanita de invierno, en tanto que una voz varonil narra lentamente el pasaje del evangelio de san Mateo, aquel que se refiere al sueño de José, en el cual un ángel le anuncia: "José, hijo de David, no temas recibir a María como tu esposa, porque lo que va a nacer de ella es fruto del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo al que daréis el nombre de Jesús y Él salvara a su pueblo..."

Como una granada de luz la narración del pasaje bíblico revienta en una coreografía espléndida, muy mexicana, detrás de la cual viene una escena titulada "Caminito de Belén", ya francamente navideña, y a continuación una interpretación coreográfica de la alegría de romper la piñata, tan nuestra. Aparece la clásica olla forrada de papeles de colores, y, abajo y en torno de ella, danzan los bailarines ataviados con la indumentaria de los campesinos del interior. Al fondo, como decoración musical, los niños cantores entonan villancicos mexicanos; y todo termina con el cuadro de "La adoración", nacimiento y piñata, espuma de júbilo representado por el danzar de los campesinos, y representación devota del Nacimiento en Belén.

Los niños cantan, con música de Miguel Bernal:

Por el valle de rosas
de tus mejillas,
corren dos arroyitos
de lagrimitas.

Duérmete, Jesús mío,
duerme en mis brazos
y no llores, no llores
por mis pecados.

En próxima crónica me referiré a la preciosa pastorela mexicana El portal de Belén, del joven actor y director Enrique Alonso.