FICHA TÉCNICA



Título obra Fiesta trágica

Notas de Título La repetition ou l'amour puni (título en el idioma original)

Autoría Jean Anouilh

Notas de autoría José Manuel Ramos / traducción

Dirección Charles Rooner

Elenco Luisa Rooner, Álvaro Matute, Maricruz Olivier, Augusto Benedico, Beatriz San Martín, Francisco Meneses, Francisco García Luna

Espacios teatrales Sala Molière

Referencia Armando de Maria y Campos, “Fiesta trágica, o La repetition de Jean Anouilh, en la sala Molière”, en Novedades, 11 noviembre 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Fiesta trágica, o La repetition de Jean Anouilh, en la sala Molière

Armando de Maria y Campos

Sale uno de la sala Molière con el corazón rebosando dicha. ¡Qué bella pieza! ¡Qué magnífica interpretación! ¡Qué exquisita presentación! ¡Qué limpia y fácil traducción! El estreno en castellano de Fiesta trágica –en francés La repetition– de Jean Anouilh, en la sala Molière por un grupo de actores de buena voluntad, dirigidos por Charles Rooner, ha constituido un éxito de calidad y de buen gusto, como pocas veces le es dado disfrutar al público de México, que va de sala en sala en busca de una buena y digna representación.

La repetition ou l'amour puni se presentó en México, por primera vez, por Los Comediantes de Francia, en agosto de 1951, al año escaso de haberla dado a conocer en París Jean Louis Barrault, quien, si viene a México como se ha dicho y espera, con ella inaugurará su temporada. En aquella ocasión –7 de septiembre–, traje a esta misma columna el tema de La repetition de Marivaux y su deliciosa comedia La doble inconstancia, que sirvió a Anouilh para tejer la suya, y relaté sucitamente, su argumento, encantador, para hacer pensar riendo, o para reír pensando. No hay por qué, ni para qué volver atrás. Aténgase el cronista a la representación en español de La repetition, que ahora se titula, un poco arbitrariamente, Fiesta trágica.

Supe a tiempo que Charles Rooner, enamorado de esta bella comedia, trataba de llevarla a escena, y desde luego le sugerí que diera a traducirla a quien, sencillamente, supiera escribir en español, y conociera a conciencia el francés, y que, además, si fuera posible amara el teatro. Tuvo Rooner la fortuna de hallar a ese mirlo blanco de traductor capaz de traducir a Marivaux y a Anouilh a un castellano limpio, poético, fácil y teatral, que hubiera aprobado Marivaux de haber contado en su tiempo con un traductor como José Manuel Ramos, poeta y autor de teatro, y que felicitaría –tal vez felicitará– Anouilh, por su excelente trabajo, lleno de respeto y devoción.

Obtenida una buena traducción, Rooner buscó a los actores que estuvieran en papel y comprendieran lo que iban a decir, a insinuar y a no decir en pieza tan díficil, porque está bordada de matices, y como lleva una doble actuación, la del ensayo de La doble inconstancia de Marivaux, con trajes del siglo XVIII, y la del propio conflicto que viven los aristócratas que la representan, que es, por hábil travesura de Anouilh, el mismo que habrán de representar ante su sociedad benévola, fiestera y corrompida. Ramos respetó el texto de Anouilh en todas sus escenas, halló siempre la frase, la palabra justa para el concepto o el matiz del diálogo y Rooner respetó fielmente la traducción de Ramos.

Los actores, algunos con larga práctica, todos en lo suyo muy responsables, hicieron lo demás, ensayando con devoción, y el resultado ha sido una deliciosa representación de teatro que cautivará la atención de quienes vayan al teatro a oír. En el teatro se debe, ante todo, oír; después, se debe ver. En Fiesta trágica hay mucho, y muy bueno que oír y hay más y también mucho bueno que ver. Porque en esta obra diálogo, o locución, y acción están tan ligados, que no se cala en lo que dicen los personajes, lo mismo cuando repiten a Marivaux que cuando sirven el diálogo de Anouilh, sino se ve lo que hacen, cómo viven, sufren y fingen en su doble inconstancia.

Rosa y negro es la comedia de Anouilh. Ya sabe el lector que Anouilh divide su producción en piezas "negras" y piezas "blancas" según el tema, la forma y el fondo, del mundo que crea. Sus piezas "rosas" son encantadoras; sus piezas "negras" son interesantes, y despiertan a la par que el sentimiento, la preocupación. Aquí trenza el tema "rosa" con el tema "negro", y crea siete personajes a los que hace vivir escenas espantosas de ficción y realidad, y decir, entre broma y broma, cosas –verdades– tremendas. Rooner, que halló para cada personaje –el Conde y la Condesa, Hortensia y Lucila, Ero y Villebosse y Damiens también– el actor que mejor podía servirlo, logró que todos habitasen tan hondamente sus personajes, que el espectador duda si cada uno no será, por rara coincidencia un carácter semejante al que habita en la ficción. Indudablemente que la Condesa no podía ser sino como es –en la pieza– Luisa Rooner. Y Ero, ¿está fingiendo ser Álvaro Matute o ahora resulta que Álvaro Matute es como Ero? En verdad que Maricruz Olivier no puede ser de otra manera encantadora que como es Lucila. Y, sin embargo, todo es ficción, mentira, representación aprendida nada más. Pero qué estremecedora sensación de verdad dan todos. Siente uno conmiseración por el pobre de Villebose, lástima y ternura por el Conde, antipatía por la fría, calculadora y bella Hortensia, y se divierte uno con la trágica filosofía de la Condesa, que tiene que tolerar que su marido ande de la seca a la meca buscando amantes, sin conformarse nunca, ni porque ella, despreocupadamente, hace lo mismo.

La deliciosa comedia de Anouilh, a quien no voy a descubrir ahora, como tampoco a su bella Repetition, es la base del éxito que los comediantes de Rooner están alcanzando noche a noche en la sala Molière. Pero, ¿qué, con un reparto equivocado? ¿qué, con una interpretación como tantas que vemos, que frustran tantas obras cuyo fracaso cuesta trabajo explicar y, más, comprender? Descontando, por natural, el mérito literario y teatral de la pieza Anouilh, precisa reconocer que el que alcance en la sala Molière se deberá principalmente a la magnífica interpretación que la sirve y anima.

Luisa Rooner, en la Condesa, está conmovedoramente pintoresca. El público la entiende desde el principio y la sigue, y la ayuda silenciosamente, en su avatar. Dice con mucha intención su papel, y no hay matiz que no subraye. Beatriz San Martín, de adorable presencia, dice y siente su papel con estremecedora sinceridad. Gesto y ademán acentúan con graciosa precisión cada frase –su fraseo es claro y transparente–, y como luce bellísima y juvenil, su personaje cautiva a pesar de su teatral villanía. Maricruz Olivier es la ingenua ideal, primavera e ilusión, ardido candor y dulce amargura. Será, ya es, una excelente actriz.

Augusto Benedico –el Conde– tiene el señorío que su personaje requiere, lo habla muy bien y lo actúa con sólida confianza. Álvaro Matute logra conmover al público con su Ero atormentador; a sus escenas finales les da un dramatismo difícil de superar. Francisco Meneses, en el Villebose, el ingenuo de la trama, sabe despertar la consiguiente conmiseración, que no es fácil en actor incipiente y García Luna está discreto en su padrino Damiens.