FICHA TÉCNICA



Título obra La leyenda de Rudel

Autoría Henry Brody

Dirección Charles Lailá

Elenco José Sosa, José Mendieta, Aurora Woodrow, Bety Fabila, Alicia Aguilar, Rosendo Gómez, Miguel Botelli, Javier Iriarte

Escenografía Antonio López Mancera

Coreografía Marta Bracho

Música Ricardo Castro

Notas de Música Eduardo Hernández Moncada / director concertador

Vestuario Antonio López Mancera

Grupos y compañías Academia de Ópera del INBA, Ballet de la Academia de la Danza del INBA, Coro del Conservatorio Nacional, Orquesta Sinfónica Nacional

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Notas Con motivo de la presentación de La leyenda de Rudel, el autor cita la crítica de Eduardo Truco de la función de esta ópera en el teatro Arbeu en 1906

Referencia Armando de Maria y Campos, “La leyenda de Rudel, ópera mexicana de Ricardo Castro, en el Palacio de las Bellas Artes. II”, en Novedades, 28 octubre 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La leyenda de Rudel, ópera mexicana de Ricardo Castro, en el Palacio de las Bellas Artes

II

Armando de Maria y Campos

El maestro Eduardo Trucco estaba considerado ente los músicos de aquella época como un eminente profesor y crítico también. Publicó en El Imparcial una crítica modelo de lo que debe ser ésta, sobre la ópera de Castro. No cabe mejor estudio, ni más sereno análisis. Es ésta, y ojalá sirva de ejemplo a quienes ahora ejercen tan noble y difícil función:

"Entre la falange de las modernas publicaciones pianísticas que, por amor a lo nuevo y por deber especial de mi profesión, he recorrido en estos últimos tiempos, mi atención se detuvo muchas veces en las composiciones elegantes, por sus elevadas ideas, del maestro Castro. Figuraos si me alegraría el anuncio de que una de sus óperas iba a estrenarse en el teatro Arbeu. Las grandes impresiones que había experimentado al piano tendrían que renovarse en el teatro. La esperanza no fue una desilusión. El maestro Castro se ha presentado provisto de completo equipo de largos estudios.

"La elección del libreto está indicando que no tuvo en mira, ni siquiera remotamente, el éxito inmediato y popular, o la especulación que, desgraciadamente, es en el día la única aspiración de tantos seudoartistas. "Godofredo Rudel" es una página poética, de romántica trama muy simple. El maestro se halló en su medio en aquel ambiente por el que pasan, como sombratas vaporosas, personajes que alimentan un sentimiento melancólico. En la leyenda simbólica él ha encontrado medio de manifestaciones musicales en consonancia con sus facultades personales. Una breve reseña del interesante trabajo del maestro Castro confirmará mejor mis apreciaciones sobre su índole artística.

"La ópera está precedida de un preludio sinfónico: una frase de violonchelos y contrabajos expone el motivo dominante con el cual el autor quiere significar el ideal de amor perseguido por el trovador Rudel. El maestro insiste sobre el tema transformándolo con leves variantes en su diseño melódico, armonizándole de diferentes maneras, presentándolo por fragmentos a guisa de progresiones e imitaciones entre las partes y haciéndole aparecer ahora profundo y misterioso, como cuando está confiado al fagot o al corno inglés, ahora ligero y tímido cuando está apoyado por la flauta o el clarinete y, al fin, grandioso e imponente, cuando está sostenido por los latones. Se puede decir que el preludio está basado en este único tema, porque solamente en los últimos compases se percibe un segundo tema, en el que empieza a personificarse la aldeana Segolena.

"En la primera escena admiramos una melodía de Rudel de iniciación graciosa: la romanza de la violeta, en la que Rudel elogia el amor ingenuo. El acompañamiento suelto y elegante forma hermoso contraste con el ritmo enérgico que caracteriza el canto heroico del peregrino, el cual describe el regocijo de las palabras que combatieron por la cruz contra los infieles. El racconto del barítono es excelente, aunque a veces eclipsado por el exuberante ímpetu orquestal. Rudel no comprende la alegría de la batalla e interroga a los peregrinos si en su viaje no han encontrado a alguna hermosa mujer digna de un canto de amor. El coro que describe la belleza de la condesa lejana se desarrolla melódicamente sobre un ligerísimo bordado de los arcos.

"Rudel da las gracias y saluda a los peregrinos. Rudel queda solo y el tema de su ideal se aparece en la orquesta, pero bien pronto se interrumpe por un gozoso diseño de las maderas que caracteriza la entrada de Segolena, joven ingenua que ama a Rudel. Al terminar el dúo, una frase expansiva pasa con adivinada imitación de la soprano al tenor, y cierra con magnífico efecto esta parte, que no vacilo en colocar entre las más felices y logradas de la obra. El final del acto me parece precipitado; sobre un tema solemne de latones, Rudel expresa la idea de ir a Tierra Santa, y casi sin transición, parte. La joven Segolena le sigue, llorosa, llamándole. Cae al suelo y baja el telón, y la orquesta, con pocos acordes, cierra de extraño modo el primer acto.

"El segundo acto es brevísimo. Estamos a bordo de la nave que conduce a Rudel a Tierra Santa. Surge furiosa tempestad. No es fácil todavía encontrar algo nuevo en estas descripciones orquestales.

"El tercer episodio está precedido de un intermezzo logradísimo; sigue una bella danza con la que se abre la escena, en la cual se presenta la Condesa. El bailable de los negritos es gracioso y, sobre todo, es feliz el enlace del coro de mujeres con la orquesta al volver a tomar el primer tiempo de la danza. El soliloquio de la Condesa, demasiado grave para una mezzosoprano, es una página inspirada y de exquisita factura. La entrada de Rudel está descrita por un fragmento orquestal, basado sobre el tema dominante de la ópera. La muerte de Rudel impresiona por la dulce vuelta del motivo: "A Tripoli laggiú", contrastante con el tema trágico de los latones. Y aquí debo decir que comprendo bien la naturaleza especial de esos personajes creados por la fantasía de los poetas; pertenece a la crítica investigar hasta qué punto la leyenda original ha sida recreada.

"Yo considero La leyenda de Rudel, producto de un verdadero y fuerte talento, del cual México puede justamente enorgullecerse, porque honra en alto grado el arte musical. Al éxito de la ópera ha contribuido grandemente el maestro Mingardi, quien ha puesto toda su alma de artista concienzudo para el perfecto resultado del no fácil trabajo."

Ricardo Castro (1864-1907) compuso esta obra en el extranjero, en 1905, cuando se encontraba pensionado en Europa. Los promotores de su pensión europea fueron los secretarios de Estado de José Ives Limantour, de Hacienda, y Justo Sierra, de Instrucción Pública. La partitura deLa leyenda de Rudel, editado en Leipzig, Alemania, está dedicada al secretario de Hacienda. Ahora el libreto nos ha parecido más endeble que nunca, y su partitura, instrumentada con brío y transparencia, se escucha con deleite. Gustó más, sin duda, el primer acto, pero se escuchará siempre más que con curiosidad, con interés y satisfacción.