FICHA TÉCNICA



Título obra Nuevo día

Autoría Olga Harmony

Dirección Raúl Kampfer

Elenco Amparo Grifell, Bruno Martínez, Rosa Furman, Elsa contreras, José Loza, Guillermo Aguilar, Sivia Macías, Ramón Soto

Escenografía Leonardo Martíne, Alberto Villarreal

Vestuario Raúl Kampfer

Espacios teatrales Teatro Aguileón del Instituto Anglomexicano

Referencia Armando de Maria y Campos, “Nuevo día, pieza en tres actos de Olga Harmony, en el teatro Aguileón del Instituto Anglomexicano”, en Novedades, 22 octubre 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Nuevo día, pieza en tres actos de Olga Harmony, en el teatro Aguileón del Instituto Anglomexicano

Armando de Maria y Campos

Ya he dicho más de una vez que creo que la raíz de eso se ha dado en llamar "crisis" del teatro está más que en el escenario, en la sala. El teatro es, por definición, la voz de una conciencia colectiva o de un entusiasmo común. El vigor del arte dramático se fabrica normalmente de "ida", como si dijéramos, marcando la robustez colectiva de una emoción o de un pensamiento, que en la escena se refleja. La grandeza del tetro de Sófocles, del de Lope de Vega, del de Racine y Corneille, es, más que un fenómeno puramente literario, una parte –o un rebote, si queréis– de la grandeza de la Grecia de Pericles, de la de España de los Austrias o de la corte francesa del Rey Sol. Se ha ensayado, también, contruir teatro de "vuelta", es decir, teatro colocado frente al público, no en actitud de eco y reflejo, sino en actitud de objeción y crítica: teatro "contra el público", que podríamos decir. Este teatro –tipo Ibsen, tipo Bernard Shaw, tipo Benavente y... tipo Usigli, para traer el comentario a nuestros lares (y para referirnos solamente a Jano es una muchacha, ejemplo perfecto de teatro "contra el público")– presupone todavía una cierta comunidad de pensamiento en su auditorio; no es ya la comunidad lírica y entusiasta de esos grandes momentos históricos reflejados en los teatros cimeros –griego, francés, español– que antes citaba; pero es, todavía, hacia abajo, una cierta comunidad acomodaticia y burguesa, frente a la cual el autor se coloca en actitud de admonición y flagelo; porque esa conciencia inferior y burguesa gusta que la flagelen, así como la otra enstusiasta de los siglos fastuosos gusta de que la reflejen y la halaguen.

Pero por ese camino –y siendo ya el propio teatro uno de los elementos de su disolución– llega la hora en que hasta esa comunidad burguesa tan mínima, tan puramente utilitaria y defensiva, se resquebraja y se disocia. El teatro de esta época tormentosa que vivimos no está en crisis. Lo que está en crisis es el público, que no se ve en él ni reflejado –ni halagado–, ni criticado (o flagelado). Nuevos autores mexicanos suben al escenario con obras que no siempre reflejan ciertamente nuestra época, mexicana por supuesto. Descartado Usigli, que sí hace teatro mexicano –desde Medio tono, Otra primavera, Los tres fugitivos, etc.–, pocos son los nuevos autores, que son los que vienen detrás de él, de Gorostiza, de Villaurrutia, que reflejan, o flagelan o halagan al público al que van dirigidas sus producciones. Por eso no acaban de encontrar su público...

Confío en que los nuevos autores, no los más recientes, sino los más jóvenes, encuentren a su público. En pequeño, parece que lo ha encontrado una nueva ¡y joven! autora, Olga Harmony, alumna –tal vez ya se doctoró– de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. La señorita Harmony, con la que coincidí hace algunas semanas en una mesa redonda sobre "Los problemas del teatro" en unión del autor Usigli, del director Wagner y del actor Gómez de la Vega, al frente de un grupo de muchachos, creo que también universitarios, ha conseguido el teatro Aguileón, del Instituto Anglomexicano, para estrenar la que estimo su primera pieza teatral, en tres actos, titulada Nuevo día, y cuya acción pasa en Puebla –cuna trágica de la revolución mexicana–, en septiembre de 1910, los dos primeros actos, y en los primeros meses de 1911 el tercero, lo que supone que trata de reflejar, no de halagar, y aun de flagelar a la sociedad mexicana que gestó en su entraña podrida el nuevo día –la revolución– de la patria.

La señorita Harmony es discípula de Usigli –no sé si en la Facultad de Filosofía donde nuestro gran autor da clases de composición dramática, y es el único que en verdad puede hacerlo, porque predica con el ejemplo–, y su pieza consecuencia directa de las muchas que ha estrenado con éxito el autor de El niño y la niebla. Y es discípula muy aprovechada. Su pieza, en la que respeta las unidades aristotélicas (unos meses entre el 2o. y 3er. acto no significa romper la del tiempo), está admirablemente construida. Su exposición es clara, con la escalonada presentación de personajes y conflicto, y su desarrollo, lógico; su final, previsto, no le resta mérito, porque en la vida, o en el teatro, no todo ha de ser truco o sorpresa. Dos jóvenes, representativos de su generación inquieta e intuitivamente revolucionaria, se van con los maderistas. Sus mujeres, una ya casada y con un fruto en el vientre, la otra se casará antes de que su marido se vaya a "la bola", esperarán el regreso, y si la revolución los llegara a sacrificar, los dos dejarían hijos que los seguirán. La madre, tipo acabado de la matrona provinciana que no quiere envejecer, que no desea tener nietos por lo mismo, que padece de una enfermedad muy... "porfirista", los nervios, sufre tremenda lección, y el padre, indeciso entre la tradición y la revolución, se sienta a esperar a los nietos, y deja que la joven novia de su hijo abra las ventanas por años cerradas, para que entre el ¡nuevo día!, y, con él, "otra primavera", como en la pieza de Usigli, remoto y lógico antecedente de ésta de Olga Harmony, que está dialogada con fluidez y naturalidad, habitada por personajes a los que sentimos muy nuestros, desde la madre neurasténica, el padre bonachón y el médico comprensivo hasta los cuatro jóvenes, cuatro caracteres distintos unidos por una misma ambición: vivir una nueva vida. El personaje más acabado es el de la madre, no por viejo en el teatro menos nuevo en nuestra escena, mujer bella que no se resigna a no serlo cuando el paso de los años marca su huella implacable en el rostro y en el alma, y se vuelve manojo de nervios, rebelde e inconforme a todo lo que sea presencia de luz, de júbilo, de pasión o de juventud.

La interpretación estuvo cuidadosamente dirigida. Para el papel principal –Lucía, la madre– se recurrió a una actriz profesional, Amparo Grifell, en tipo y en edad, excelente comediante. Creó con mucha seguridad su personaje, sin el cual no habría obra, y que mal interpretado comprometería seriamente el total. No fue así, y Amparo Grifell logró otra noble interpretación, segunda suya magnífica este año. Muy sobrio y emotivo el Vicente, padre en la pieza, de Bruno Martínez. Las señoritas Rosa Furman y Elsa Contreras, en la hija y la prima, se portaron muy desenvueltas, llevando al público la emoción de sus caracteres contradictorios. Correctos los galanes –José Loza (¿Eduardo Larios?) y Guillermo Aguilar, y también el resto de los intérpretes, Silvia Macías y Ramón Soto. Buen debut el de Raúl Kampfer como director en esta primera obra que dirige, y a la que supo darle tipismo, particularmente en el vestuario. La escenografía, estimable, es de Leonardo Martínez y Alberto Villarreal.

El público –no mucho, porque la sala apenas cuenta con menos de cien butacas– satisfecho, entretenido y, sobre todo, interesado. Buen síntoma.