FICHA TÉCNICA



Título obra Lagartera

Autoría Gregorio Cordero y León

Dirección Luis Manuel Portilla

Elenco Carlos Peredo, Heriberto López Herrera, Liberto Soler, Octavio Esquerra, Humberto César García, Domingo Zapata, Ema Balmori, Berta Prado, María Antonieta Fernández

Escenografía Leopodo Estrada, Luis Moya

Grupos y compañías Teatro Latinoamericano

Espacios teatrales Teatro Sección Tres de Ferrocarriles Nacionales, en Apizaco, Tlaxcala

Notas Función a beneficio del santuario de Nuestra Señora de la Misericordia

Referencia Armando de Maria y Campos, “Un dramaturgo ecuatoriano en Apizaco”, en Novedades, 14 octubre 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Un dramaturgo ecuatoriano en Apizaco

Armando de Maria y Campos

Estuve en Apizaco la noche del sábado 4 de octubre para ver representar al grupo de Teatro Latinoamericano, que actúa bajo la dirección de Luis Manuel Portilla, el drama rural en tres episodios, Lagartera, del dramaturgo ecuatoriano Gregorio Cordero León, hace años con residencia en México. Viejos amigos míos los dos se excusaron, al hacerme invitación: de lo modesto de su grupo, Portilla; de que se trataba de una obra de su juventud, Cordero León. Ni una ni otra razón fueron óbice para que me trasladara lleno de afición y fe a la pintoresca población tlaxcalteca.

Gregorio Cordero y León oriundo de Cuenca, Ecuador, donde nació el 18 de septiembre de 1905, pertenece a una familia de brillantes intelectuales ecuatorianos. Su padre, doctor Benjamín Cordero, fue elocuente orador forense; su abuelo, doctor Luis Cordero, presidente de la república, poeta coronado, diplomático, polígloto, botánico y educador. Su hermana Ramona (Mery Corylé), premio nacional de Literatura; sus hermanos Rigoberto y Remigio son destacados poetas y ensayistas. Gregorio Cordero y León estudió en las universidades de Cuenca y Quito, graduándose de licenciado de Ciencias Políticas y Sociales y de doctor en Jurisprudencia. Repartió su juventud entre los estudios universitarios, la literatura y la política. A los dieciocho años, dedicado al periodismo de combate, fue jefe de redacción de La Crónica, primer diario de Cuenca. En Quito, 1929, fue uno de los fundadores del Partido Socialista Ecuatoriano, y, en 1932, inició la tarea de sindicalizar a los trabajadores, constituyéndose en líder del movimiento sindicalista. Combatió las dictaduras de su patria, fue encarcelado repetidas veces, hasta que en 1938, Federico Páez, luego de tenerlo confinado en las selvas amazónicas, lo desterró a México.

Vuelto al Ecuador en 1937, regresó a México en 1938 otra vez desterrado por Mosquera Narváez. Retornó a Ecuador en 1948, y a mediados de año ya estaba de vuelta en México. Hizo periodismo y fue secretario de la Sociedad Amigos de España, que presidió Ramón P. de Negri; ocupó varios secretariados del Frente Socialista de México, y la presidencia de la Tribuna de México. Ocupó, también, la presidencia del Grupo Especial Huelgas y Conflictos de Orden Económico de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje, y la jefatura de un departamento de Petróleos Mexicanos.

Actualmente, es abogado de la SCOP y de los Ferrocarriles Nacionales. En 1943, asistiendo como delegado de la Academia de Abogados de Quito, al segundo Congreso Interamericano de Abogados, sacudió la opinión mexicana y la del continente todo, reclamando enérgicamente el cumplimiento del laudo que definió los derechos mexicanos sobre El Chamizal, ganando el apoyo y la felicitación unánime de la prensa de México. Se recordará que el Congreso Federal lo felicitó y agradeció públicamente.

He querido detenerme en la personalidad de Cordero y León como hombre de acción, para que el lector vea que no es un improvisado el autor de teatro que fui a conocer a Apizaco. Cordero y León, que ha cultivado varios géneros literarios, tiene una pasión: el teatro. Ha estrenado en su patria muchas obras de teatro proletario (como él las llama): Proletario, Hampa, Las vidas grises, y de fina alta comedia: Sacrificio, Surrapita. Su teatro proletario, según afirmación de un crítico ecuatoriano, "fue saludado con una salva de huelgas en marcha". De su juventud ecuatoriana es la obra Lagartera, que conocí en Apizaco. En México ha seguido cultivando teatro, también de lucha. En los últimos años: Dios consiente –que publicó la revista América–; Dies Irae y ...Maldito el fruto de tu vientre.

Luis Manuel Portilla reunió a un grupo de entusiastas jóvenes aficionados a representar, y después de ensayar concienzudamente Lagartera, llevó obra e intérpretes a Apizaco, donde reside desde los catorce años. Portilla es veracruzano de oriundez, y aficionado al teatro de siempre. En 1942, que lo conocí, se dedicaba al periodismo y también dirigía grupos teatrales para Acción Social del Departamento Central. En Radio Mil dirigió radioteatro. Tiene afición, conocimientos, y sensibilidad, y una suave manera para dirigir que identifica a los jóvenes con su complaciente disciplina.

En el magnífico y muy flamante teatro Sección Tres, de los Ferrocarriles Nacionales naturalmente, mejor que muchos que en la capital presumen de buenos locales, se celebró la primera representación el 4 del presente mes, a beneficio del santuario de Nuestra Señora de la Misericordia, que se levanta majestuoso en la calle principal de la población apizaqueña.

Lagartera es una estampa dramática y verista del agro ecuatoriano –y lo mismo podía serlo de cualquier agro sudamericano, antillano o caribeño–, desarrollada en un clima estrujante de miseria, injusticia y dolor, en el ambiente pintoresco del vivir montuvio (el montuvio, indígena característico del Ecuador, es producto de la mezcla del aborigen, con el negro principalmente y su poquito de blanco), teniendo por imponente escenario la misteriosa jungla costera donde hombres y Lagartos luchan por la vida en un medio de profunda e intensa dramaticidad. Cordero y León arrancó de la realidad anécdotas y tipos, revivió sucesos que corren de boca en boca, mitad historia, mitad leyenda, en el Ecuador, y logró un intenso drama, que se localiza en Ecuador por su lenguaje cabrilleante de modismos, pero que podía ser, y lo es propiamente, de cualquier lugar de esta América bárbara y cruel, de capataces implacables y sanguinarios y de indios resignados y rencorosos. El suspenso se mantiene vivo y en aumento hasta el final, no por previsto menos emocionante, cuando el amito, enamorado y bribón, es arrojado al estero donde yacen los lagartos, igual que sus doscientas víctimas anteriores, por dos vengadores. El diálogo es certero, desnudo de retórica, emocionante siempre, y, sobre todo, fluido. La obra, míresele por donde se le mire, es teatro americano hasta la médula.

La interpretación fue correcta, destacando, bondad misma de sus personajes, los intérpretes masculinos: Carlos Peredo, Farolito; Heriberto López Herrera, Puñaladas; Liberto Soler, el amo; Octavio Esquerra, Humberto César García y Domingo Zapata. Los papeles femeninos fueron desempeñados por las señoritas Ema Balmori, Berta Prado y María Antonieta Fernández. Leopoldo Estrada y Luis Moya pintaron dos decoraciones que reproducen con fuerza y emoción el paisaje montuvio.