FICHA TÉCNICA



Título obra Secreto de juventud

Notas de Título Accent on youth Título en el idioma original

Autoría Samson Raphaelson

Notas de autoría Marco Antonio Galindo / traducción

Dirección Celestino Gorostiza

Elenco Carlos López Moctezuma, Miguel Suárez, Pilar Crespo (Pin), Betty Cronwell, Diana Mendoza, Héctor Godoy, Enrique Ïñigo Samaniego

Escenografía Ceballos y Peipoc

Espacios teatrales Teatro El Caballito

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de Secreto de juventud, del norteamericano Samson Raphaelson en el teatro del Caballito”, en Novedades, 26 septiembre 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de Secreto de juventud, del norteamericano Samson Raphaelson en el teatro del Caballito

Armando de Maria y Campos

Una entretenida y muy agradable comedia norteamericana se viene representando –desde el 19 del actual en el teatro del Caballito. Accent on youth se llama en inglés esta pieza que el veterano periodista Marco Antonio Galindo puso por título Secreto de juventud. Estrenó primero en algún teatro de Verano, a mediados de la década de los treinta probablemente; Accent on youth pasó después, con éxito también a alguno de los [de] Broadway, habrá sido representada en otro de la Unión. Bien pronto el nombre de Samson Raphaelson fue popular en los Estados Unidos, por esta y otras obras suyas –la última es, creo, Hilda Crane producida por Arthur Schwartz en el Coronet Theatre, de Nueva York, estrenada el 1 de noviembre de 1950– pero es casi desconocido en México. Ahora, después de conocer su Secreto de juventud, podría ser uno de los favoritos de nuestro público, y si no llegara a serlo, siempre se le recordará por esta deliciosa comedia, que seguirá como la sombra al cuerpo al actor mexicano Carlos López Moctezuma, porque ha hecho una verdadera creación del personaje central, Esteban Gaye, un dramaturgo con canas, que vendrá a ser, en la historia teatral mexicana de estos últimos diez años por lo menos, para este gran comediante, lo que hace tres años fue la protagonista de Teatro de Somerset Maugham para la polifacética y talentosa Blanca de Castejón.

Con Secreto de juventud se ha revelado –alejándose de los cuarenta, acercándose a los cincuenta años de su edad– un nuevo Carlos López Moctezuma, ajeno a los "villanos" que le dieron inmensa popularidad fuera y dentro del cine, y que culminaron en el teatro con el protagonista de La calle del Ángel –o Luz que agoniza. Tengo para mí que con la del señor Manningham, de la pieza de Patrick Hamilton, ésta de Esteban Gayes de la de Samson Raphaelson, son las mejores reacciones que López Moctezuma ha logrado en su vida, las dos diametralmente opuestas. La de Secreto de juventud es tan excelente, que Esteban Gaye, empedernido don Juan con canas, autor antes que Tenorio de teatro, no parece un personaje teatral, sino el mismo López Moctezuma en escena representando una aventura sentimental senil que nosotros pudiéramos ver por el ojo de la cerradura. Pero no; López Moctezuma está representando, humano, sencillo, natural y flexible, superando a cuanto ha hecho en el cine, y hombreando, como digo, esta interpretación –que debería admirarle todo el México que gusta del buen teatro– con aquella también memorable de La calle del Ángel, que le vimos después en el Iris, a un eminente comediante norteamericano, sin que el recuerdo del actor nuestro sufriera empeño.

La obra de Raphaelson es divertidísima, muy agradable, entretenida. Reproduce pasajes de la vida íntima de un dramaturgo cincuentón, que todo lo ve en autor, y que hasta en los momentos absolutamente privados de algún conflicto amoroso, se desdobla, para ser autor antes que enamorado, creador antes que protagonista, y hacer una escena, un acto o una obra, de un triunfo o de un fracaso sentimental. Actúa, en su vida y en la escena en que representa, rodeado de actores: la actriz temperamental, la característica ampulosa, el galán guapo y poco artista, el actor de carácter vanidoso y cascarrabias; un criado –magnífico tipo, que supo sostener con mucha dignidad el joven actor Miguel Suárez– y una secretaria, ¡ay! la necesaria secretaria que se enamora del autor y jefe, sin que él lo sepa, por supuesto, y que se convierte en la primera actriz de la obra ensayo, en su amante; que se casa, que se divorcia, y que vuelve a él para plantar sus rosas de juventud sobre el césped marchito del cincuentón inquieto. El tema no es nuevo, pero está presentado con mucha frescura y tratado con habilidad y gracia. A lo largo de sus cuatro actos, se hace reiterativo. Muchas escenas parecen sobrar, incluso todo el cuarto acto, que el autor pudo haberlo suprimido, aludiendo a lo que en él sucede en una o varias escenas del acto tercero. Muy elogiable resulta por esto la actitud del traductor, Marco Aurelio Galindo, que respetó el texto de la pieza, y supo ponerlo en español fácil y fluido.

Acompaña como protagonista a Carlos López Moctezuma la señora Pilar Crespo, joven actriz de origen catalán, muy estudiosa por cierto, que logró destacarse hace tres años haciendo La heredera y, después, La calle del Ángel. La primera de las interpretaciones, primera suya de importancia después de haber andado dando tumbos en algunas compañías comerciales, ha influido notablemente en su carrera. Desde aquella interpretación, la señora Crespo es una actriz triste, de faz ensombrecida, que no sabe –o no puede– reír. Y para hacer la Linda Brown de Accent on youth se requiere otro temperamento, sensibilidad frívola, travesura en la escena, gracia y picardía. Lamentablemente la señora Crespo carece de estas cualidades. Bien en la escena final del primer acto –precisamente por la amargura que hay en la declaración que de su amor escondido le hace al don Juan con canas– en el resto de la obra está fría, su gesto es de preocupación mental y recita, nada más, su papel.

Se presentó en nuestra escena una inteligente actriz norteamericana, Betty Cronwell, con el antecedente, en su haber, de ser la creadora en los Estados Unidos del personaje que ahora nos la muestra en espléndida madurez artística.

Parece que ha vivido largos años retirada de la escena, viviendo en México, lo que la ha dotado de un español firme y musical, de gracioso acento. Se mostró muy segura y, como supo dotar a su personaje de la frivolidad y picardía que le son indispensables, bien pronto se ganó la simpatía de todos. La señora Cronwell es actriz muy estimable.

La señorita Diana Mendoza, el joven Héctor Godoy y el señor Enrique Iñigo Samaniego completaron el reparto, y no desentonaron en general, al lado de las señoras Crespo y Cronwell, del señor Suárez, el mejor intérprete de los segundos papeles desde luego.

Dirigió esta pieza con buen gusto, disciplina y acuciosidad, don Celestino Gorostiza. Tengo a Gorostiza, con Novo, por el mejor director, mexicano o extranjero, de cuantos se dedican a estos menesteres entre nosotros hoy en día. A su buena educación artística, suma cultura sólida, conocimiento de la mecánica del oficio, y es caracerística su disciplina –secreto de toda creación artística, porque la disciplina es el oscuro dominio de todos los días, la constante paciencia de todas las horas– de guante de seda que cubre férrea mano. Ritmo y propiedad, respeto y belleza, todo bien mezclado, hacen de esta dirección de Gorostiza una de las mejores que le conozco y admiro...

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Estreno de Doña Beatriz de Carlos Solórzano, por la compañía de Teatro Universitario, en la sala Molière

Estima el director de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de México, Lic. Horacio Labastida, ex rector de la Universidad de Puebla, que una de las tareas de la Universidad es enriquecer la cultura en todos sus aspectos, buscar en el teatro realzar los valores e ideales que nos sustentan y que, en consecuencia, no se limitará la UNAM, en su programa de Teatro Universitario "a la mera presentación del drama o a la cuidadosa elección de las obras", sino que, además, abriga "la ambición noble de señalar caminos, ofrecer limpias oportunidades y educar y mostrar las excelentes concepciones de la sensibilidad dramática de todos los tiempos". Se propone, pues, el Teatro Universitario, trabajar "en las salas de la capital y del interior del país, y saldrá a los barrios, a los poblados, a las rancherías, a las zonas agrícolas e industriales, llevando al anchuroso campo de la patria el mensaje generoso del aula universitaria."

Ya hizo su primera salida por los campos de... Talía, ocupando la sala Molière para representar la pieza en tres actos –auto la llama su autor–, Doña Beatriz, la sin ventura de Carlos Solórzano, joven autor de 30 años, de origen guatemalteco, que cursó todos sus estudios en la UNAM, hasta obtener el grado de doctor en Letras, y que con esta obra inicia su carrera de autor teatral. (Estreno, 25 de septiembre). Para darle forma comercial al Teatro Universitario, la Universidad Nacional Autónoma permitió la integración de un Patronato, que ya quedó formado por las siguientes personas: doña Beatriz Velasco de Alemán, doña Soledad Orozco de Ávila Camacho, doña Rafaela García Pimentel de Bernal, doña Ángela Zevada de González de la Vega y doña Yolanda Margain de Lazo de la Vega, y por el Lic. don Luis Garrido, rector de la Universidad de México; don Antonio J. Bermúdez, Lic. don Antonio Carrillo Flores, Lic. don Antonio Castro Leal, Dr. don Rafael Pascasio Gamboa, Lic. don Horacio Labastida, Arq. don Carlos Lazo y Dr. en Letras don Alfonso Reyes. Ejerce la presidencia ejecutiva del Patronato, doña Beatriz Caso de Solórzano.

El "drama íntimo de Conquistadores", o auto histórico, Doña Beatriz, fue publicado por Cuadernos Americanos, la gran revista de don Jesús Silva Herzog, y después en separata, en 1951. Entonces contenía tres actos fundamentales, y "un prólogo y un epílogo innecesarios", y tanto, que para poder llevarla a escena su autor, los suprimió formando nuevos personajes y creando nuevas escenas, que intercaló en lugares convenientes de la acción. "A raíz de su publicación –me conversó Carlos Solórzano–, don Jesús Silva Herzog, don Alfonso Caso, don Antonio Castro Leal y otras personas, me dijeron que la idea del prólogo y del epílogo resultaba antiteatral. Por eso decidí suprimirlos y agregar, en vez de ellos, las cuatro breves escenas que, entre otras cosas, presentan a un personaje del que sólo se hablaba: el hermano de doña Beatriz. Hice aparecer al confesor en el primer acto y a don Jorge en el tercero. Hice, además unos cortes en el diálogo del segundo acto entre doña Beatriz y doña Blanca, pues según consejo de las personas citadas, resultaban demasiado estáticas para el público. La creación de las nuevas escenas, trajo como consecuencia la necesidad de anunciarlas en las que parecían invariables, mediante parlamento de tipo funcional. A Carmen Montejo le hace mucha gracia el hecho de que yo le cambiara alguna de las frases que ella debía decir, sobre todo porque esto sucedía en el curso del mismo ensayo, pero es que, ante el escenario, se opaca el valor de lo que creíamos más agudo y se destacan las más inesperadas situaciones o palabras. De este modo he trabajado todo este tiempo durante los ensayos y fuera de ellos. No sé si esto es un resultado de mi inexperiencia, pero era para mí muy difícil negar un cambio que los actores solicitaban o sostener una frase que les era difícil pronunciar o situar dentro del movimiento escénico. Tal me aconteció con las "frases del telón", en donde la actriz reclamaba la mayor fuerza dramática. Estas son las razones de los cambios que he hecho a la obra. Usted verá si ha ganado su valor escénico, como dicen unos, o si como dicen otros, ha perdido, en cuanto a que los problemas no viven con igual intensidad en el alma de los personajes. Yo no podría saberlo por mí mismo..."

He tratado de comunicar al lector fielmente la conversación con Solórzano, porque su contenido, por sincero, es de gran valor. Sí; la pieza de Solórzano ganó, y no perdió gran cosa, con las necesarias modificaciones. Es la de Solórzano pieza histórica, una dramática página de la historia de la conquista de Guatemala, en la no aliviada ciudad de Santiago de los Caballeros. Ocurre la acción en la antigua Guatemala, en el palacio del conquistador don Pedro de Alvarado, y figura principal en ella es doña Beatriz de la Cueva, sobrina del duque de Alburquerque, su mujer, desventurada Beatriz, no aclimatada nunca en el corazón de Alvarado, ni en el de la América que había conquistado su marido, cruel, católico y voluble. Cruza como un relámpago de hierro y sangre la figura de don Pedro; lo vemos morir después. Doña Beatriz, desventura y amor, orgullo y sacrificio, está revivida de modo excelente. La historia de Guatemala camina por la pieza de Solórzano con soltura, con respeto y con fidelidad. El lenguaje certero y exacto fluye del pasado, y es como una flor seca entre las páginas de un libro antiguo, raro y exquisito. La acción eslabona las escenas con natural precisión y la comedia o auto –la historia de un amor desventurado, de una vida, que se agota por propia voluntad– se desarrolla con lógica dramática y culmina en la muerte voluntaria de doña Beatriz, en medio de la enorme catástrofe que borra del mapa a la antigua Guatemala, espuma de amor y cresta de sacrificio en la tremenda tempestad que provoca el volcán implacable...

Doña Beatriz, la sin ventura es una excelente pieza de teatro americano, y ya, desde luego, orgullo del teatro guatemalteco; su corte clásico indudable, su lenguaje castizo, "muy antiguo y muy moderno", como aconsejaría Rubén, su arquitectura equilibrada, bien compuesta, revelan a un autor que conoce todos los caminos que llevan al teatro clásico español y que, de vuelta de aquellos modelos, con elementos arrancados de la realidad, recrea personajes históricos, les infunde vida, en fin, sobre la escena. A muchos extrañará este corte de teatro, heroico y romántico, pero será porque no se encuentran familiarizados con el clásico –no es lo mismo que antiguo–, del que devienen Solórzano y su pieza, modelo, además de teatro universitario.

Carmen Montejo, como Beatriz, tiene la mejor actuación dramática que le he visto. En corola fresca y radiante, su madurez artística –opulenta de voz, señorial en el ademán, tempestuoso el temperamento–, crea una doña Beatriz de la Cueva que no puede ser mejor. Carmen Montejo es, sin duda, una de las mejores actrices dramáticas de América. Su Beatriz sin ventura y de Alvarado, no deja lugar a dudas. Otra gran satisfacción es ver a Alicia Montoya –la doña Blanca de Padilla–, actuando mejor que nunca, voz y ademán magníficos, seguridad de quien nació para representar bien. El resto de actores –Benedico, Llopis, Indiano, etc.–, aunque discretos, qué lejos de la Montejo. Una excepción, lógica por demás, en lo borroso de la interpretación general, son doña Beatriz Caso de Solórzano y Paloma Gorostiza, que pisan las tablas por primera vez, ambas muy seguras y conscientes, mejor, desde luego, la señora de Solórzano, en doña Leonor de Alvarado, por la importancia del personaje y la categoría de las emociones de que habita a la hija del conquistador y una india.

Sobrio, propio y de buen gusto el decorado de Manuel Fontanals. Discreta la dirección de Max Aub.