FICHA TÉCNICA



Título obra La tempestad, Ariel y Calibán

Autoría Juan Miguel de Mora

Dirección Julio Taboada Walker

Elenco Julio Taboada Walker, Georgina Barragán, Ignacio López Tarso, María Amparo Neri

Escenografía Ceballos y Peipoc

Espacios teatrales Auditorio de la Comisión Federal de Electricidad

Referencia Armando de Maria y Campos, “Ariel y Calibán en el auditorio de la Comisión de Electricidad”, en Novedades, 23 septiembre 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Ariel y Calibán en el auditorio de la Comisión de Electricidad

Armando de Maria y Campos

La necesidad de salas de teatro cómodas se acentúa cada vez más como consecuencia de la fiebre o de la impaciencia de representar comedias. Frecuentemente aparecen en la prensa noticias sobre aperturas de nuevos teatros. Desde hace meses se venía hablando del teatro –simple "salón de actos"; auditorio se les llama ahora– de la Comisión Federal de Electricidad, igual que se habla del "auditorio" del Instituto Mexicano del Seguro Social, al que también se le da el pomposo nombre de teatro. La verdad es que ni uno ni otro son nada más que salas para asambleas, muy cómodas y confortables para quienes asistan a ellas como espectadores, pero incómodas para representar sobre sus –llamémosles– escenarios, suficientes únicamente para contener a numerosas mesas directivas. De escenarios para representar no tienen nada, o carecen de todo, como gustéis.

El auditorio de la Comisión Federal de Electricidad –Ródano número 14, a un lado del cine Chapultepec– es un suntuoso, muy cómodo y útil "salón de asambleas", con un breve, incómodo e inútil tabladillo, al que se le dotó de un doble juego de telones, mejor dicho, de cortinas, que abren y cierran en carrera circular mecanismos eléctricos. Fuera de estas cortinas, el auditorio de Ródano 14, no tiene nada de continente teatral. Imagino cómo será de cortinas adentro. No creo que tenga porvenir como sala de espectáculos teatrales dedicados al comercio. No cuenta, pues, la ciudad con un nuevo teatro...

Se inauguró el auditorio de Ródano para el mundillo teatral la noche del 15 de septiembre con el estreno oficial de la pieza en tres actos Ariel y Calibán del autor mexicano Juan Miguel de Mora que fue presentada una noche nada más durante el Concurso de Teatro de la Primavera correspondiente al presente año. La obra es la misma, es decir su texto, pero ahora luce más y llega mejor, al público responsable, su discurso shakespeariano vertido a nuestras costumbres, más costumbres políticas por cierto. Porque Ariel y Calibán es una visión de La tempestad del genial poeta dramático inglés. Los mismos personajes, sólo que mexicanos, la acción en la ciudad alegre y confiada de México, y nuestro lenguaje en que se expresan Ariel y Calibáncriollos o mestizos. Miranda la pura, y los episódicos y pasionales personajes simbólicos –diputado Fresco, ingeniero Contratista, doctor Plástiquez, licenciado Códiguez.

El poema de Shakespeare se convierte en farsa en la pluma de Mora. Es una farsa dramática y aleccionadora. No estamos en la obra mágica, el espectador se halla en el interior de alguna residencia de las Lomas de Chapultepec, en algún sórdido cabaretucho de la colonia Guerrero después. No son actores eminentes los intérpretes de Miranda, Ariel o Calibán. Al revés, son jóvenes actores ambiciosos y modestos, que tratan de hacerse ver del público espeso y municipal. Y lo logran, bajo la empeñosa dirección de un joven actor –Julio Taboada Walker–, que pone en su tarea intuición y buena voluntad. Todos los jóvenes comediantes –muchos de ellos reclutados en las aulas de la buena voluntad–, nos arrancan de la realidad cotidiana y nos arrastran y nos llevan por el mundo irreal de la imaginación. Como usted lector que sabe leer entre líneas, goza doblemente con el contenido de una buena página, el buen espectador debe saber escuchar lo que hay detrás de cada parlamento. En la sala lamentablemente vacía del auditorio de Ródano, mientras oía al Calibán mexicano, parecía escuchar al otro, al del bardo de Avón:

–"La isla está llena de rumores, de sonidos, de dulces aires que deleitan, que no dañan. A veces, un millar de instrumentos deliciosos resuenan en mis oídos y, a instantes, son voces, que si con la música me he despertado después de un largo sueño, me hacen ahora dormir musicalmente. Y entonces, soñando, diría que se entreabren las nubes y se pliegan magnificencias prontas a llover sobre mí; a tal punto que cuando despierto, ¡lloro por soñar todavía!"

Así habla Calibán –el monstruo engendro parido por una horrible bruja– a su nuevo amigo el borracho Esteban, en la pieza de Shakespeare (acto II, escena segunda). Fui al auditorio del Ródano con alguna inquietud. ¿Cómo recibiría el público "de paga" una versión tan circunstancial de esta obra maestra? ¿Íbamos a presenciar el lamentoso espectáculo de un incipiente director escénico hundiendo su paráfrasis en las mismas rocas de que habrían de salvarlo la magia de Próspero Ariel? Nuestros temores resultaron infundados. Ariel y Calibán de Juan Miguel de Mora, con la dirección escénica de Taboada Walker merece la satisfacción de ser escuchada, porque es una pieza bien escrita y afortunadamente construida. Sugiere mucho como La tempestad guardando las lógicas distancias de tiempo e ingenio.

Jóvenes actores de diversos grupos experimentales cuyos nombres ya empiezan a ser conocidos y sus actuaciones recordadas, se encargaron de interpretar los personajes simbólicos de Juan Miguel de la Mora. Todos salieron airosos. Julio Taboada Walker dijo inteligentemente su Ariel y Georgina Barragán tuvo momentos estimables en la Miranda. Ignacio López Tarso logró conmover, inspirando repugnancia con su Calibán, al que entendió y matizó con singular acierto. Muy hermosa y atractiva, como lo pide el personaje, María Amparo Neri, en la Lilí. El resto del largo reparto queda integrado por personajes episódicos, importantes algunos, pintorescos todos. No siempre se halló el actor adecuado para esto, y es natural, porque en los incipientes intérpretes había algunos que no habían pisado un escenario.

Los escenógrafos Peipoc y Ceballos tuvieron que atenerse a lo precario del foro y poco pudieron hacer para vestir con las galas de la fantasía aquel rincón frío que nunca será un buen escenario. Deficiente equipo de iluminación para teatro –¡parece increíble en el auditorio de la Comisión Federal de Electricidad!– no impidió los milagros a algunos obreros para que en la representación de Ariel y Calibán las luces se vieran o no, cuando la acción lo precisaba.