FICHA TÉCNICA



Título obra La soga

Autoría Patrick Hamilton

Dirección Enrique Ruelas

Elenco Claudio Brook, Alfonso de la Vega, Sergio Bustamante, Amado Zumaya, Emma Teresa Armendáriz, Manuel Ayensa, Soledad García

Escenografía Zavala Fontanelli, Óscar Loreda, Óscar Murillo

Espacios teatrales Sala Molière

Referencia Armando de Maria y Campos, “La soga en la sala Molière. Un alfiler en los ojos en la sala Chopin y Fiebre de primavera en el teatro Ideal”, en Novedades, 18 septiembre 1952.




Título obra Un alfiler en los ojos

Autoría Edmundo Báez

Dirección Seki Sano

Elenco María Douglas, Ramón Gay, Rosaura Revueltas, Hortensia Santoveña, Enrique Lucero, Leonor Llausás

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Sala Chopin

Referencia Armando de Maria y Campos, “La soga en la sala Molière. Un alfiler en los ojos en la sala Chopin y Fiebre de primavera en el teatro Ideal”, en Novedades, 18 septiembre 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La soga en la sala Molière. Un alfiler en los ojos en la sala Chopin y Fiebre de primavera en el teatro Ideal

Armando de Maria y Campos

Después de permanecer las carteleras de los teatros metropolitanos sin grandes alteraciones durante varias semanas, de pronto todas cambiaron sus títulos. En la sala Molière de La Casa de Francia apareció, con un nuevo título –La soga de Patrick Hamilton–, el nombre de un joven director mexicano, que lo hacíamos en Guanajuato, dirigiendo el teatro universitario del gobernador Aguilar y Maya, al frente de un grupo de actores experimentales, procedentes de algunas academias de teatro en las que no podían destacar –según se dice–, y que decidieron actuar por su cuenta y riesgos. En la cartelera de la sala Chopin se dejaron leer nombres nuevos para el público habitual a las representaciones de aquella cómoda salita: Edmundo Báez, María Douglas, Ramón Gay, y el del director nipón Seki Sano, que vuelve a entrar en circulación después de su peligrosa aventura con la Corona de sombra de Usigli. El primero de los nombres, nuevos para el público del teatrito de las calles de Puebla, corresponde al del autor de la pieza que se anunciaba: Un alfiler en los ojos.

En el teatro Ideal se ensayó –creo que para representarla únicamente la noche del 15, y durante el 16 tricolor, porque para la de hoy (Sep. 17), ya se anuncia la reposición de una comedia de Roussin–, la comedia de Noel Coward Fiebre de primavera, que un grupo experimental –llamado entonces Teatro Libre y entonces bajo la dirección de Julián Duprez– representó medianamente en Bellas Artes (abril de 1946). También se anunció la inauguración de una nueva sala de espectáculos, construida por la Comisión Federal de Electricidad, frontera al cine Chapultepec, para estrenar oficialmente la farsa Ariel y Calibán del autor mexicano Juan Miguel de Mora, que concursó en el certamen que durante la primavera última organizó la Asociación Mexicana de Periodistas en la salita Guimerá, con la intervención de actores en su mayoría experimentales. Finalmente, y porque el teatro tiene públicos bien diversos, reapareció la compañía de zarzuela de Pepita Embil, en el teatro Arbeu, con la zarzuela La leyenda del besode Soutullo y Vert, que no se cantaba en México desde que Ramón Estarelles lo hiciera en el Principal, dos temporadas antes de que el Coliseo de los Virreyes fuera destruido por el fuego.

Asistí a dos de estos acontecimientos, La soga –sala Molière, viernes 12– y Un alfiler en los ojos –sala Chopin, sábado 13–. El estreno de La soga, el drama de Patrick Hamilton que tan estupendamente fue llevado a la pantalla y que demostró cómo se puede hacer teatro del más puro en el cine, reveló a dos grandes actores de brillante porvenir: Claudio Brook y Alfonso de la Vega, y confirmó las excelentes cualidades de Sergio de Bustamante, el joven actor que se reveló con El duelo de Inclán, en el Bellas Artes. Los tres jóvenes y ya excelentes actores experimentales llevan el peso de la inquietante intriga, tan intensa y freudiana, de La soga, y los tres lograron mantener despierta la atención, la curiosidad también, del público, que siguió con creciente pasión el desarrollo de esta pieza. Particularmente el joven Claudio Brook, por lo sereno y ponderado en su dicción y en sus ademanes, arrastró la simpatía del público, no muy numeroso, que acudió al estreno. El resto de los intérpretes –Amado Zumaya que no está en tipo; Emma Teresa Armendáriz, de linda presencia, muy segura en algunas escenas, en otras sobreactuando; Manuel Ayensa, Soledad García– completó discretamente el conjunto. Conozco la pasión de Ruelas por el teatro, y por eso no extraña su excelente dirección, tan buena en general, que no se nota. No se las da de genio Ruelas, y así el espectador ve en primer término la obra, en seguida a los actores, y, después, advierte que el conjunto armónico se debe a una experta dirección. Por eso merece Ruelas un leal reconocimiento de todos.

Casi nadie ignora que La soga –porque el cine la puso al alcance de todos– es una magnífica obra, muy bien construida, interesantísima, apasionante. No obstante que paradójicamente el desenlace se da al principio, la acción no deja de tener interés hasta el final. Estimable la escenografía de Zavala Fontanelli, Óscar Loredo y Óscar Murillo, y mala, en general, la traducción, cuyo responsable no aparece en los programas.

Al estreno de Un alfiler en los ojos se le rodeó de la máxima categoría, que empezó por un coctel en el estudio del director Seki Sano, para amigos y críticos, se dijo. La sala estuvo llena de ese público característico de los estrenos por grupos experimentales. Porque el teatro de la Reforma "funciona como un centro de experimentación profesional y permanente para todos los elementos artísticos actuales del teatro", según se afirma oficialmente por sus propagandistas. Esta obra, y todo el espectáculo que ella provoca, estaban destinadas para el nuevo teatro de los Insurgentes, aún en construcción.

El autor Edmundo Báez comenzó escribiendo teatro, y después se pasó con armas y bagaje al cine. Ha hecho docenas de argumentos, y ahora vuelve al teatro con un argumento de cine hecho drama. Bien planeado, bien construido y bien escrito, no tan mexicano como el autor cree, se apodera de la atención del espectador no obstante que desde las primeras escenas se sabe si no lo que va a ocurrir, sí lo que puede pasar. Y salvo la muerte, al concluir la pieza, de la protagonista Quintila, no se equivoca más que un drama con raíces griegas; lo que expone Báez en su pieza es un problema psicológico: Quintila no ha podido, porque no la han dejado, amar a un solo hombre; llega a la mayoría de edad sin saber lo que es un beso... y tiene cerca al marido de su hermana, primo suyo además. El resto ya lo imagináis, desde la austera casa de Bernarda Alba, hasta todas las historias que ha vivido en la pantalla Betty Davis. Lo mexicano del drama está en diversas alusiones torpicas [sic] y en un fondo de rezos, letanías y sonar de campanas. Cuando Un alfiler en los ojos sea llevada al cine hallará su verdadero escenario.

María Douglas, en plena madurez artística, crea un personaje no por falso –y no obstante lo muy freudiano de sus reacciones– menos interesante. ¿Está obsesionada por la Davis? ¿Le han hecho creer que ésta es su línea de trabajo? La encontramos demasiado trágica hasta cuando da los buenos días. Por eso las escenas realmente trágicas que tiene con... todos, pierden a veces excelencia. El fenómeno trágico en la escena es como el rayo en la tempestad: imprevisto a pesar de esperado, iluminando cegador por un instante. El rayo constante pierde excelencia y se convierte en pirotecnia, fiesta de cohetería...

Lo mejor de la dirección de Sano, cuidada en todos sus detalles está en el ritmo, que no se interrumpe un instante. Abunda en pintoresquismo, muy natural dado su concepto nipón de México. La escenografía de Prieto con todo el emocionante sabor de las antiguas haciendas mexicanas, es lo más nuestro de la obra.

Muy memorizada en todo –dicción, gesto, ademanes, movimientos–, la actuación reveló muy seguros a Ramón Gay, Rosaura Revueltas, Hortensia Santoveña y Enrique Lucero. Actuó por primera vez la señorita Leonor Llausás, por cierto vestida de "criadita" mexicana como si usara un "modelo" de Valdiosera, con sorprendente desenvoltura y alardes de vis cómica. Sin embargo, habrá que esperar un poco, verla en otra actuación menos convencional.