FICHA TÉCNICA



Título obra El duelo

Autoría Federico S. Inclán

Dirección Salvador Novo

Elenco Óscar Ortiz de Pinedo, Raúl Dantés, Ricardo Fuentes, Ignacio López, Sergio Bustamante, Hernán de Sandosequi, Jorge Martínez de Hoyos, Armando Luján

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Notas Obra ganadora del concurso convocado por el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de El duelo de Federico S. Inclán, obra laureada en el Palacio de las Bellas Artes”, en Novedades, 8 agosto 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de El duelo de Federico S. Inclán, obra laureada en el Palacio de las Bellas Artes

Armando de Maria y Campos

El Instituto Nacional de la Juventud Mexicana al convocar a un concurso de obras de teatro estableció terminantemente las finalidades de la obra que debía merecer el máximo premio, y, en general, las diversas recompensas. Estas eran: ser adecuada a la juventud, plantear un problema educativo y ofrecer una solución constructiva. Cincuenta y cinco obras llegaron al concurso, y resultó premiada con el primer laurel y cheque la pieza El duelo, que después de algunas peripecias para desvanecer el seudónimo, resultó ser del señor don Federico S. Inclán, que antes había alcanzado otros dos primeros premios, con sus obras Luces de carburo y Espaldas mojadas cruzan el Bravo, que alcanzaron los primeros laureles en los dos últimos recientes concursos de grupos experimentales de las Fiestas de Primavera organizadas por el Departamento Central del Distrito Federal. Luces de Carburo, después de haber sido representada una sola noche en el teatro Arbeu, durante el concurso aludido, lo fue, en condiciones nada favorables, en el Palacio de las Bellas Artes, y puede decirse que permanece inédita para el gran público de la ciudad de México. Espaldas mojadas cruzan el Bravo se representó únicamente la noche que mereció el premio en el teatro Álvaro Obregón del mercado popular Abelardo L. Rodríguez, y, luego pasó en breve temporada al anfiteatro Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria. Esta obra sí fue conocida por un estimable sector del público metropolitano.

Tanto Luces de carburo como Espaldas mojadas revelan que su autor conoce los resorte para "llegar al público", clave del éxito de cualquier obra, independiente de la calidad intrínseca. Vaya por delante la afirmación de que las piezas de Inclán no carecen de calidad, pero no se exceden, tampoco, en el empleo de recursos literarios.

Don Federico S. Inclán se empieza a alejar de los cuarenta años, y su principal actividad, o profesión es la de ingeniero electricista, carrera que hizo en los Estados Unidos. Arrastrado por su afición al teatro, y un poco a la literatura, ha escrito, además de las tres piezas de teatro laureadas, otras tres que, si mis informes son buenos, se llaman: El mantenido, El honorable señor García y Diego le habla a la virgen. Creo recordar ahora que en El hijo pródigo publicó alguna novela dialogada o boceto de comedia. Todo esto pone de manifiesto que en Inclán hay un autor de teatro por vocación auténtica.

Inclán se ajustó en todo y por todo a la convocatoria del INJM, aunque mañosamente sorteó la condición tercera de proponer una solución constructiva. El tema es sencillo y trascendental: dos jóvenes mexicanos, alumnos de una academia militar, representativos de dos castas, de dos educaciones, de dos ambiciones, que son características de cualquier país moderno. Inclán sitúa la acción en México, pero, a lo que parece, el asunto se basa en un hecho real ocurrido en los Estados Unidos.

La obra carece de personajes femeninos –como tantas películas norteamericanas que reflejan la vida interior de los colegios para varones– y tengo para mí, que lo mismo que las dos anteriores de Inclán está pensada para llevarse también al cine. Tiene mucho de cinematográfico la pieza de Inclán, que se volvió muy teatral bajo la dirección de Salvador Novo, quien, cuando coge bajo su responsabilidad la dirección de una obra se entrega a ella totalmente, desaparece para él todo el mundo restante, y tanto la estudia, le busca efectos, la visualiza, corrige, enmienda, le corta o agrega, que acaba por ser otra completamente distinta –conservando, claro, lo esencial– o diferente. Esto ha hecho Novo con Carballido y Magaña, con Eduardo de Gorostiza o Manuel Acuña. Es probable que lo mismo haya ocurrido con Inclán. (Resultará interesante ver, en otro teatro que no cuente con los recursos del Bellas Artes, Rosalba, o Los signos o El duelo.)

Desde que conocemos el conflicto individual de los dos cadetes –Jaime y Leopoldo–, que culminará en un "duelo" auténtico –esgrima pura–, se prevé el curso de la acción y se supone el desenlace, que finalmente se escamotea al público. No importa, porque la acción corre tan viva y llena de interés, que llega a importar poco lo que pasará a estos muchachos de uniforme en un mañana mediato, atentos como estamos a saber en qué parará la maldad de Jaime, la paciencia de novato de Antonio, la bondad rencorosa de Leopoldo, la disciplina del mayor Oropeza o la hábil tolerancia del doctor Aspe. Hay escenas magníficamente logradas, en particular los finales de cuadro o de acto, que Novo confiesa cuidar tanto.

La comedia en tres actos de Federico S. Inclán, independiente de las limitaciones a que la obliga las finalidades y condiciones de un concurso, es una buena pieza de teatro, escrita con soltura o fluidez, clara y directa en sus diálogos y escenas, y mantiene una dignidad literaria accesible al público para el que fue escrita. Al final de la obra recibió el homenaje de los aplausos de un público numeroso verdaderamente satisfecho.

La dirección de Novo excelente. Tengo para mí que hizo de El duelo otra obra, o, mejor, una obra para el escenario y los recursos de que dispone el Bellas Artes. Todo pasa simultáneamente a la vista del público, no obstante las diversas áreas de actuación que pedía el autor. Novo no tuvo que matar ninguna área, apagando o encendiendo luces, porque supo resolver con extraordinaria habilidad estos problemas. La de El duelo es una de las mejores direcciones que le conocemos.

Antonio López Mancera realizó, de acuerdo con el director, un magnífico escenario con áreas de actuación simultáneas. Todo muy sobrio y preciso. La interpretación –menos un actor, Ortiz de Pinedo–, corrió a cargo de alumnos del INBA o de otras academias dramáticas. Se ven más maduros Raúl Dantés, Ricardo Fuentes e Ignacio López. Debutó el joven Sergio de Bustamante, y, para debut en papel importante, no desentonó. También apuntó excelentes cualidades el joven Hernán de Sandozequi, Jorge Martínez de Hoyos y Armando Luján completaron el conjunto de los mejores intérpretes. La intervención de grupos de cadetes, bandas y esgrimistas con alumnos del INBA y del INJM, le dan a la representación un sello inconfundible de gran espectáculo... estudiantil.

Nota Benne.– El autor y publicista –más publicista que autor– don Rafael Bernal, que hace una gacetilla en forma de columna en este diario se refiere en la de ayer firmando Platívolo, a una crónica mía sobre teleteatro, buscando agria polémica. Merece una contestación, pero no usaré de estas columnas para dirimir "un duelo" que afectaría intereses de esta misma casa de prensa, radio y televisión, que a los dos nos concede hospedaje. Ya nos veremos en otro sitio, y a su hora.