FICHA TÉCNICA



Título obra Blanca por fuera y Rosa por dentro

Autoría Enrique Jardiel Poncela

Elenco María Herrero, Lourdes Raynaud, María Luisa Laborde, Dolores Álvarez Franco, Salvador Dosamantes, Antonio Reynoso, José Bandera Olavarría Jr., Javier Mijares, Manuel Carral, Jorge Escalante

Grupos y compañías Club Ruca

Espacios teatrales Sala Chopin

Notas Semblanza de Enrique Jardiel Poncela

Referencia Armando de Maria y Campos, “Blanca por fuera y Rosa por dentro de Enrique Jardiel Poncela, por el Club Ruca, en la sala Chopin”, en Novedades, 1 julio 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Blanca por fuera y Rosa por dentro de Enrique Jardiel Poncela, por el Club Ruca, en la sala Chopin

Armando de Maria y Campos

El Club Ruca, integrado por damas de nuestra sociedad distinguida, representó el sábado por la tarde, en la sala Chopin, una de las más divertidas comedias de enredo del escritor español recientemente desaparecido, Enrique Jardiel Poncela. La comedia que representaron María Herrero, Lourdes Raynaud, María Luisa Laborde, Dolores Álvarez Franco, Salvador Dosamantes, Antonio Reinoso, José Bandera Olavarría Jr., Javier Mijares, Manuel Carral y Jorge Escalante, todos con singular respeto y mucha discreción, es nueva en México, es decir, no representada antes por ninguna compañía profesional o grupo experimental de aficionados: Blanca por fuera y Rosa por dentro.

Como todas las divertidísimas, algunas magníficas piezas de Jardiel Poncela, ésta entretiene, regocija y no deja de hacer pensar en serio, por su enredo extremadamente entretenido. Una mujer pierde la memoria y de un ser de un espíritu blanco se transforma en otra de tintes rosáceos, rozagantes, lo cual determina situaciones de toda índole, amorosas principalmente, muy movidas y cómicas. Para referir el argumento en tres líneas, el cronista necesitaría del genio cómico de Jardiel. Quede, pues, insinuado con lo dicho, y lástima que el público no pueda ya regocijarse con esta sugestiva comedia y con su alegre y a la vez respetuosa interpretación.

Asistí a la representación de Blanca por fuera y Rosa por dentro como homenaje a la memoria de este original y grande hombre de teatro, muerto en dramáticas circunstancias en enero de este año.

Me ligaba con Jardiel Poncela una vieja amistad epistolar, que arranca desde que hace cerca de veinte años Fernando Soler y Sagra del Río estrenaron en el Fábregas Angelina o El honor de un brigadier. Raro era el mes que no me traía una carta de Enrique, incluso cuando anduvo por Hollywood en unión de José López Rubio. Por cierto que causó el asombro de aquella gente por su manía de escribir en los cafés, haciéndolo también en uno cercano a los estudios de la Fox, como en Madrid lo hacía en Recoletos, La Elipia, Gijón, Castilla. Mientras el sábado me regocijaba con las hilarantes, absurdas escenas de Blanca por fuera y Rosa por dentro, recordaba su vida novelesca y su dramática muerte.

Jardiel Poncela nació en Madrid el 15 de julio de 1901. Hijo de periodistas, soñó desde chico escribir para los periódicos. Mitad estudiante, mitad periodista, escribió más de sesenta obras teatrales, por mero entretenimiento, pues sólo Rambal le estrenó un drama policíaco, hasta que, en serio –mejor dicho, en broma, como todo lo que hacía él– subió a escena en el Lara madrileño Una noche de primavera sin sueño, que gustó. Su segundo estreno, El cadáver del señor García fue un fracaso rotundo, pero como los empresarios le pedían obras, llegó el éxito de Margarita, Armando y su padre, imitación de La dama de las camelias, –que estrenó en el Fábregas Gloria Iturbe–, y, en seguida, Angelina o El honor de un brigadier, que tan sonado triunfo proporcionó a Fernando Soler, quien la hizo muy bien, en el apogeo de su genio cómico –que por treinta dineros remató al cine–. Muchas obras de Jardiel se representaron en nuestro teatros, con éxito vario, porque su teatro es fácil y difícil a la vez. La última, Cuatro corazones con freno y marcha, en el Arbeu, en 1950, en una temporada que organizó, para llevarse el dinero de todos, el gran pícaro de Américo Manccini.

Su labor como autor de teatro es formidable, y menos la de novelista, por más que ésta lo popularizó en mayor ámbito. En un tiempo, Jardiel Poncela fue uno de los tres jóvenes definidores del teatro nacional español; los otros dos fueron García Lorca y Casona. Federico y Enrique tuvieron imitadores, porque en su teatro hay una auténtica esencia española. Pese a las acusaciones de extranjerismo que lanzaron contra Jardiel sus detractores, la línea de su teatro fue auténticamente española, como que arrancaba de Quevedo, del Arcipreste de Hita. Jardiel Poncela no fue nunca un humorista, sino un autor cómico de talla impresionante, que manejaba los temas eternos que hacen reír –por superación– a la raza ibérica: el amor, la pasión, los celos, la locura... Todo ello ordenado y dispuesto escénicamente con un puntualísimo orden del desorden, colocando sus materiales con exactitud de artífice, de manera que el espectador iba a de sorpresa en sorpresa y al mismo tiempo de aclaración en aclaración, hasta llegar a lo que él llamaba "el clímax final"; cuando los espectadores creían que la comedia estaba resuelta en una tendencia determinada, de pronto, con un "golpe de teatro" magistral, proporcionaba una nueva sorpresa, en la que iba envuelto el desenlace inesperado de la obra.

En los últimos años, parece que el caos venció a su mentalidad ordenadora y el espectador no encontraba la solución precisa al complejo de peripecias que el autor había planteado.

Es fama que Jardiel Poncela se dejó morir. No permitió que lo curaran y tenía la manía de permanecer días y días sin dormir. Después, se dormía unas horas. Un amigo le llevó una tarde un montón de cajas de penicilina y estreptomicina que puso sobre la mesa, al lado de una taza de café consumida. Pero, amigo, le dijo Jardiel, usted puede permitirse semejantes excesos, porque está muy sano. Yo en cambio, soy un enfermo; ahí precisamente está la diferencia. A otros les decía: –Esa costumbre que tiene la gente de acostarse cada veinticuatro horas es funesta sobre todo para el trabajo. Desde las tres de la tarde que es lo más pronto que uno puede levantarse hasta por la noche, que es cuando habría que acostarse otra vez, no hay tiempo de hacer nada. Es preferible quedarse un par de días de pie. Así se resuelve todo lo que uno tenga que hacer, y luego ya puede acostarse y estar durmiendo el tiempo que le parezca.

Se negaba a que los médicos le reconocieran. Fue preciso aplicarle un soporífero, que a la vez, permitiese a los médicos auscultar al paciente, y fue cuando se descubrió que desde hacía meses padecía, además de su hipertensión, una fuerte neumonía, causa de su muerte. Ya no despertó del sueño artificial en que había sido sumido.

La nómina completa de sus obras, que creo se publica por primera vez, aquí y en España, es ésta: El príncipe Dadinak, La banda de Saboya, Te he guiñado un ojo, La noche del metro, Achanta, que te conviene, Mi prima Dolly, El truco de Wenceslao, ¡Qué Colón!, Se alquila un cuarto, Una noche de primavera sin sueño, Fernando el Santo, El cadáver del señor García, Margarita, Armando y su padre; Angelina o El honor de un brigadier, Cuentos y chismes del oficio, Los habitantes de la casa deshabitada, Los ladrones somos gente honrada, Madre, el drama padre; Un marido de ida y vuelta, Elisa está debajo de un almendro, Usted tiene ojos de mujer fatal, Blanca por fuera y Rosa por dentro, Carlos Monte, en Montecarlo, Las cinco advertencias de Satanás, Cuatro corazones sin freno y marcha atrás, Es peligroso asomarse al exterior, Un adulterio decente, El amor sólo dura 2,000 metros, En el primero se ha matado un señor, Si no me paga, me muero; Lo que le ocurrió a Pepe después de muerto, Las siete vidas del gato, Agua, aceite y gasolina; Adiós a Zaragoza, A la luz del ventanal, El pañuelo de la dama errante, Como mejor están las rubias, es con patatas y Los tigres escondidos en la alcoba...