FICHA TÉCNICA



Título obra Jano es una muchacha

Autoría Rodolfo Usigli

Dirección Luis G. Basurto

Elenco Isabela Corona, Virginia Manzano, Rosita Díaz Gimeno, Fernando Mendoza, José Luis Jiménez

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Colón

Eventos Temporada de la Unión Mexicana de Autores

Referencia Armando de Maria y Campos, “Jano es una muchacha de Rodolfo Usigli, no apta para menores, llena la sala del Colón”, en Novedades, 26 junio 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Jano es una muchacha de Rodolfo Usigli, no apta para menores, llena la sala del Colón

Armando de Maria y Campos

El quinto estreno de la temporada oficial de la Unión Mexicana de Autores, que se viene desarrollando en el teatro Colón con éxito vario y periódicas subvenciones oficiales, correspondió a nuestro discutido, y más celebrado que discutido, Rodolfo Usigli. La nueva obra de Usigli es una pieza en tres actos, el primero y el segundo divididos en dos cuadros, titulada Jano es una muchacha, y se anunció como "no apta para menores ni señoritas". Su primera representación fue el viernes 20, a sala llena, pero en gran parte con boletos de cortesía, según costumbre mexicana que no va más allá de una década. En las funciones de sábado y domingo concurrió el público espontáneamente en cantidad bastante para dejar en las taquillas la respetable suma de veinticuatro mil pesos, según propaló la empresa por conducto de tres o cuatro columnistas que no tendrían noticia de este suceso de contaduría si no se les hubiera comunicado oportunamente. Luego, Jano es una muchacha, pieza "no apta para menores ni para señoritas" llena la sala del Colón y aleja de ella, por lo menos durante algún tiempo, la sombra deprimente de una nueva subvención presidencial.

La otra verdad (el teatro, como Jano, el personaje mitológico, tiene también dos caras) es distinta. La pieza de Usigli no gustó ni tantito así –señalando lo negro de una uña– al hombre de la calle, a ese que nos encontramos en las oficinas, en los autobuses, en los cafés. Tampoco a la mujer de hogar que concurrió a la función de estreno y que francamente rechazó el argumento y muchos de los personajes. No sé cómo habrá reaccionado "la mujer de la calle" (que nada tiene que ver, por cierto, con "el hombre de la calle" con el "vulgo espeso y municipal" de Rubén, y expresión genuina de la opinión pública), pero estimo que no habrá quedado muy satisfecha con los ejemplares que Usigli seleccionó evidentemente "de memoria" para exhibirlos en su pieza. (No creo que en el autor exista también otro Jano, y que los que desde hace años lo tratamos y estimamos, estemos equivocados en la conducta sexual de este mexicano honesto casi burgués, nada parrandero o frecuentador por accidente de "casas malas"). Evidentemente, Usigli creó sus personajes a base de copiosa documentación oral, de referencias más o menos desfiguradas y con anécdotas de cómo son las "casas alegres", las mujeres que las manejan y las que las frecuentan, que desde hace muchos años se vienen contando a los adolescentes, al enfrentarlos con la tremenda e inexcusable realidad sexual. Esa muchachita decente que por el día estudia y que al anochecer se escapa y actúa como pupila; ese abogado que durante horas hábiles atiende severo y puntual su bufete y que a la vez es dueño de una casa de amor o aventura transitoria, la que maneja a través de una "señora" y que se ha reservado el legendario derecho de pernada; ese padre, que en este caso es el dueño de la casa, que halla a su hija, a la que cree honesta, haciendo sala en una non-sancta, son hechos reales, anécdotas de la conducta sexual del mexicano y... de la mexicana, que la murmuración arroja a los cuatro vientos y éstos los esparcen en todas direcciones. Usigli las utiliza, como el diamantista la piedra en bruto, y las presenta engarzadas en otras tantas anécdotas de la vida sexual del mexicano durante los primeros años de la Revolución; montadura antigua, desde luego...

Con tan diversos y peligrosos elementos, Rodolfo Usigli ha compuesto un melodrama, una folletinesca pieza de teatro, en la que abundan las escenas bien construidas, que interesa de principio a fin, aunque no siempre satisfaga al espectador de buen gusto, ni acabe de gustar al hombre de la calle y a la mujer "de su casa". Para el crítico profesional –ese al que Usigli llamó alguna vez cretino, aunque aclaró, por las enfangadas dudas, "que había excepciones"–, lo de menos son los orígenes populares u originales del argumento mexicano de Jano es una muchacha. Lo que debe contar, en primer término, es cómo pasa lo que pasa, real o imaginario. Y lo que pasa en escena agarra por los pelos la atención del espectador y no la suelta hasta que un certero balazo pone fin a uno de los protagonistas y, necesariamente, tiene que acabar la pieza. "A Usigli –esta es frase de una de sus actrices– no se le puede negar el manejo de la técnica".

Se anunció que esta obra cruel, cruda e intensa, era rica en frases o en palabras fuertes. Es verdad; pero como están dichas en su lugar, ni lo parecen, ni asombran a nadie. Es más, se esperan. A quienes si parecen desconcertar es a los actores encargados de decirlas, ante el temor de un público que se atreviera a protestar y que no lo hace, sencillamente porque las aguarda. Desde Aristófanes hasta Bravo Reyes –pasando naturalmente por Shaw–, el teatro universal está lleno de palabras gruesas. Y la historia también. El acierto está en pronunciarlas en su sitio y a su hora. Y esto ocurre en la pieza de Usigli.

No es esta la primera vez que un autor mexicano lleva a nuestra escena ambientes como el que Usigli eligió para algunas escenas de su pieza. Fernando Troncoso escenificó la novela Santa de don Federico Gamboa, con autorización del gran novelista. También vio el teatro lleno. Claro que la obra de Usigli es la de un maestro, pero conviene no olvidar el antecedente. El tema es viejo en el teatro universal. Obra clásica de éste son Las conversaciones de las hetairas de Luciano, sólo que Luciano –como Bocaccio en su Decamerón– no quiso hacer taquilla. Sí la quiso hacer, y por eso triunfó transitoriamente en el teatro el español Salvador Vidal y Planas en Santa Isabel de Ceres. Luis Fernández Ardavín también tuvo éxito pecuniario con Doña Diabla, y por cierto que los amigos de Fernández Ardavín se preguntaban sorprendidos: "¿Cómo sabe Luisito tantas cosas de... esas, si nunca frecuentó las casas de doña Diabla". Nuestra Virginia Fábregas recurría cada vez que su barca hacía agua a la pieza de Fernández Ardavín, y llegó a ponerla, durante una temporada desastrosa por Tabasco, en un templo expropiado, abandonado, de Villahermosa. Claro que después del éxito económico, no volvió doña Virgina a trabajar en el sureste. Algunos sectores de la sociedad mexicana son implacables.

La pieza de Usigli reclama la intervención de varias primeras actrices. Se eligió a Isabela Corona, Virgina Manzano y Rosita Díaz Gimeno retirada del teatro en Nueva York hace años. Algunas otras actrices de menor calibre se encargan de interpretar diversos tipos de prostitutas. Isabela pugna por salir airosa de interpretación tan comprometida. Virgina roe un hueso con escasísima carne. Rosita exhibe –aparte un "modelo" de noche en el primer acto– un lamentable desentrenamiento y muy escasas facultades. Creo que debería empezar por el principio, porque el descanso prolongado en una principiante no hace a la actriz. Intervienen dos personajes masculinos a cargo de Fernando Mendoza y de José Luis Jiménez. Éste se pasa la obra hablando, y no lo hace mal, y aquél, actuando en forma folletinesca, melodramática, como lo exige el papel, y cumple... "muy fines del siglo XIX". Excelente decorado de Julio Prieto –¿usó algún escenario movible?–; mejor el de la casa honesta que el del prostíbulo. La dirección de Basurto atendió todas "las indicaciones del autor", y con esto sirvió correctamente a la obra, a la escena y a Usigli.