FICHA TÉCNICA



Título obra Adriana i l'amor

Autoría Luis Capdevila

Dirección Francesc Messeguer

Elenco Paquita T. de Pradera, , Juan Martí, Roser Perramon, Gabriel Fradera, Llorenc Bosquet, Nena Font, Nen Pradera

Escenografía Leoncio Nápoles

Grupos y compañías Agrupación Catalana Id Art Dramatic

Espacios teatrales Sala Guimerá del Orfeon Catalán

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de Adriana i l'amor de Luis Capdevila, en la sala Guimerá”, en Novedades, 17 junio 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de Adriana i l'amor de Luis Capdevila, en la sala Guimerá

Armando de Maria y Campos

La Agrupación Catalana de Arte Dramático ofreció a los catalanes de México en la sala Guimerá del Orfeo Catalá, una comedia inédita de Luis Capdevila. Adriana i l'amor, se llama y está concebida en un prólogo, un acto y dos finales. Fue interpretada por elementos de la colonia catalana bajo la dirección de Francesc Messeguer y con decorados de Marce-li Porta.

Luis Capdevila –el autor de Adriana i l'amor– no había sido representado antes en México. Cumplo un deber de información dando a mis lectores algunos datos sobre él. Nació en Granollers, provincia de Barcelona, en 1893. Joven llegó a la ciudad condal incorporándose a la vida bohemia y popular que se desarrollaba en los barrios del cobre, entre hampones, hombres de mala y buena vida y líderes de las luchas sociales que condujeron a la formación de los sindicatos obreros. Empezó escribiendo en los periódicos más modestos que en forma clandestina eran repartidos en fábricas, obradores, puerto y demás núcleos asalariados. Su valor para hablar claro, y su tono ágil, festivo, bien pronto le abrieron las puertas de mejores periódicos –después de la primera guerra, en la que estuvo del lado de los aliados. Escribió en La Esquella de Torratxa, y conoció a Santiago Rusiñol. Probablemente bajo su consejo y guía empezó a escribir teatro y estrenó en el Español de Barcelona Historia de una coupletista en colaboración con José Santpere, que interpretó la compañía de José Santpere. Luego vinieron Las mujeres del Music-Hall, Las flores de la guillotina, Tranquilitat Café, etc.

Para estrenar en Madrid se valió de un truco. Escribió en colaboración con Giralt y el maestro Obradors una opereta que ofreció a un empresario de la Villa y Corte como de autores vieneses. Se titulaba S.M. el dólar, y fue un éxito. Cuando se descubrió la verdad porque la publicó en El Liberal su director, Manuel Fontdevila, la sorpresa y la indignación fueron enormes. S.M. el dólar se vino abajo, es decir, fue retirada del cartel. Volvió Capdevila a Barcelona –publicó una novela: Memorias de una cama de matrimonio– y fue figura de la bohemia brillante del Paralelo, Atarazanas y Barrio Chino, codeándose con Amichatis, Solsona, Garzo, Alcázar, Paco Madrid y Manuel Sugrañes, inolvidable amigo mío cuando vino a México. Capdevila no se apeaba de un monóculo inmenso, y era popular su figura con un montón de libros bajo el brazo. Un médico le dijo que el monóculo le perjudicaba, se lo quitó, y como sin monóculo nadie le conocía, volvió a ponérselo aunque se quedara ciego de un ojo, y... hasta ahora. En 1926 estrenó en el teatro Lírico Catalán, en unión de Víctor Mora, que ahora vive en México, una zarzuela en dos actos titulada Canción de amor y de guerra, que por cierto la estrenó el bajo Luis Jimeno, también ahora en México. En los albores de la guerra civil la zarzuela de Capdevila y Mora llevaba más de cinco mil representaciones en Cataluña.

Durante la guerra de la República contra Alemania, Italia, los moros y también algunos españoles, Capdevila fue nombrado comisario de guerra por alguna agrupación artística o periodística y fue a los frentes redactando hojas –periódicos de trincheras–, y expuso la vida. A la caída de la República, pasó a Francia, y ahora vive en Tolosa, creo que difícilmente, escribiendo para periódicos del bajo Pirineo, o de Buenos Aires; en las páginas de éstos leo de vez en cuando sus colaboraciones.

Adriana i l'amor fue escrita, creo, hace más de veinte años. Adriana i l'amor tiene dos finales para resolver, ad-livitun público, lo que pasa en el único acto de la pieza; que el espectador escoja el que más le agrada. Claro que la aventura de Adriana y el poeta que la induce a abandonar a su marido, el hombre rico al que no ama y con el que se casó por interés, puede tener no dos, sino una docena de finales distintos, pero Capdevila se limita a proponer únicamente dos, y a representarlos, para que el público pueda elegir el que más encaje en su moral. Uno de los finales sería –y lo es, un acto bien construido– que la mujer, perdonada por el esposo, vuelve al hogar en unión de una pequeña hija que está en juego y que le recordó sus deberes de madre y de esposa. El poeta seductor queda al garete. El otro final –que anuncia un actor–, muestra a la adúltera, que perdió hija y esposo por seguir en pecado de amor, eso sí, viviendo un loco romance de pasión, nostálgica siempre, estremecidas sus entrañas con el recuerdo de la hija que vive lejos, al lado del padre resignado con su suerte y su dinero. La verdad es que los dos finales, no resuelven nada. Son dos finales, nada más. Pero, ¿qué hay detrás de cada final aparente de una gran aventura, si la vida sigue inexorable con el pasado?...

La obra está bien construida, pero escrita con exceso de literatura. ¿O será que mi catalán sigue escaso, y que no me basta un esfuerzo de adivinación la mayoría de las veces?

La interpretación estuvo más que discreta; excelente a ratos. Paquita T. de Pradera, como Adriana, se mostró muy feliz, en los momentos de indecisión. Juan Martí, el poeta o novelista seductor, muy natural y desenvuelto. Roser Perramon, Gabriel Fradera, Llorenc Bosquet, Nena Font y el pequeño Nen Pradera completaron la estimable interpretación de Adriana i l'amor, excelente muestra de teatro catalán más o menos contemporáneo. La circunstancia de presentarse en México esta pieza, aunque sea por un grupo no profesional, y no importa que en catalán, inédita en España y en América, estimo que es motivo para que figure en esta columna entre las "premieres" mundiales del presente año.

Tal vez Capdevila llegue a leer estas líneas de un enamorado del teatro catalán. Si así pudiera ser, quiero recordarle alguna anécdota de su bohemia barcelonesa, que habrá de rejuvenecerle. Capdevila vivía, hace de esto muchos años, en una casa de la calle de Viladomat, a la que llegaba entre las tres y cuatro de la madrugada, abría la galería que daba a la parte posterior de la casa, y, con rara habilidad, lanzaba unos estupendos co-corocós, imitando el canto del gallo, motivando que al poco tiempo todos los reyes de los solares vecinos y corrales cercanos le contestaran, armándose una algarabía espantosa. Y cuando la tenía armada, Capdevila cerraba la puerta y se acostaba a roncar...