FICHA TÉCNICA



Título obra El difunto señor Pic

Notas de Título Feu Monsieur Pic (título en el idioma original)

Autoría Charles Peyret-Chappuis

Dirección Virgilio Mariel

Elenco Magdalena Vizcaíno, Guadalupe Sánchez, Estela Muñoz Sanjuan, Olivia Contreras, Hermila Guerrero, Luis Robles, Alfredo Méndez

Escenografía Leoncio Nápoles

Grupos y compañías Teatro Realista

Espacios teatrales Anfiteatro Bolívar de la Universidad Autónoma de México

Referencia Armando de Maria y Campos, “Representaciones de El difunto señor Pic en el anfiteatro Bolívar de la universidad mexicana”, en Novedades, 13 junio 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Representaciones de El difunto señor Pic en el anfiteatro Bolívar de la universidad mexicana

Armando de Maria y Campos

En el anfiteatro Bolívar de la Universidad Autónoma de México, un nuevo grupo experimental denominado Teatro Realista, representa estos días –a partir del 7 de junio– una comedia dramática de Charles de Peyret-Chappuis titulada El difunto señor Pic (Feu Monsieur Pic). Dirige este conjunto un joven licenciado en Derecho, Virgilio Mariel, y forman parte principal de él jóvenes que representan por primera vez: Magdalena Vizcaíno, Lupe Sánchez, Estela Muñoz Sanjuan, Olivia Contreras, Hermila Guerrero, Luis Robles y Alfredo Méndez. Mariel ya había dirigido teatro experimental en el pequeño de los telefonistas y en la sala Guimerá. De los jóvenes actores es prematuro aventurar algún juicio severo. Sin embargo, merecerán unas líneas de estímulo las señoritas Vizcaíno y Sánchez y el joven Méndez.

De Charles Peyret-Chappuis, uno de los más interesantes autores franceses de antes de la última guerra, se ha representado en México la primera de sus piezas, Frenesí, de la que hizo excelente creación el temperamento recio y profundo de María Tereza Montoya. Nadie volvió a acordarse en México de este autor, no obstante que con su Feu Monsieur Pic conmovió a París tanto o más que con la obra que lo reveló: Frenesí, y que también logró triunfo estimable con la comedia Judith, en la que identifica la dictadura con la muerte y al déspota con el hombre sin vida. Peyret-Chappuis no había cumplido aún treinta años cuando escribió estas tres obras, y se hallaban en la cumbre del poder Mussolini y Hitler...

Feu Monsieur Pic es una obra amarga, sombría, de tonos egoístas; es un drama con temblor e intensidad de tragedia. En la portada de este drama el autor puso una sentencia de Descartes: "Los cuerpos que llamamos negros no tienen otro color que el de las tinieblas". Por su cuenta, agregó Peyret-Chappuis en la misma portada: "En el mundo no existe la felicidad".

Feu Monsieur Pic se inicia el día del velorio de este señor, que ha sido un solemne abogado de provincias, con condecoraciones profesionales y oficiales, según debe verse en un gran retrato que estará colocado en lugar prominente de la escena, entre dos ventanas. La capilla ardiente no se ve; está en las habitaciones del piso superior, donde acaba de morir el grave señor Pic, pero se le debe ver flotar en el clima sombrío de una capilla ardiente. El muerto es como la siniestra alegoría de la obra. Los vivos son peores. La viuda, el hijo, la nuera, el consuegro –que el joven Mariel suprimió de plano, y por poco echa a perder toda la obra–, y algún otro personaje secundario, para justificar o rellenar la acción. Los tres, madre, hijo, nuera, le bastan a Peyret-Chappuis para tejer un drama sombrío. La señora Pic habla bien y mal de su difunto marido, de la mediocridad de él, y en seguida riñe con su nuera, otra malvada. Luego aparecerá el hijo, sin voluntad, esclavo de su madre a los cuarenta y dos años de edad. Hay en esta pieza negra, amarga una madre perversa como madre, como suegra y como mujer, en todas las fibras de las entrañas, en todas las sacudidas de su reacciones; una esposa seca, fría, hiriente y nuera malevolente y agresiva, y un hijo descariñado y marido egoísta, como un hombre vencido en definitiva, sin ilusiones ni principios, tan lúgubre como su hogar, tan opaco como su destino. Por un momento, aparece la sonrisa fresca de una joven casadera impaciente, o la mueca irónica y sutil de un empleado de pompas fúnebres, pero en seguida surge una silueta sucia de una prostituta "que hace la calle" en la acera de enfrente a la casa del difunto señor Pic. Mientras el muerto está solo, en las habitaciones superiores, madre y nuera disputan: la madre hace intervenir al hijo en las agrias discusiones: que si quiere irse con su mujer a poner casa aparte, que si la dejan, sola y vieja, arrumbada. Los tres se odian, y se lo dicen. Mientras tanto, el cadáver del señor Pic, arriba, se sigue velando solo y la prostituta "haciendo la calle" frente a los balcones de la casa en duelo del grave señor Pic...

De pronto –ha llegado el empleado de pompas fúnebres y se va con cajas destempladas porque la viuda apenas si autoriza un entierro de segunda clase como conviene a "la modestia natural de los hombres distinguidos"–, se sabe que el hijo se ha marchado con la prostituta, en busca, tal vez, de un poco de ternura. En ese momento llega el consuegro, suprimido por la dirección del joven Mariel. El consuegro viene a hacer la visita de condolencia. La señora Pic lo recibe con dientes y uñas bien afiladas y le dice las indirectas más aceradas. Él sabe responderle. Pronto se sabe la causa del diapasón inesperado de esta visita: pudo haber algo entre ellos cuando eran jóvenes; él no se lo perdona y ella se complace en mortificarlo. Para torturarlo aún más, ella le cuenta la aventura que pudo tener con un jovenzuelo, en un viaje a París, mientras se negó siempre a tenerla con él en la larga convivencia provinciana. En estos momentos la señora Pic tiene sesenta y cinco años y el consuegro setenta y tantos. La escena suprimida, una de las mejores de la obra, rezuma amargura y rencor. Mientras tanto, el muerto señor Pic, como corresponde a un buen muerto, se sigue velando solo, en el piso superior. La prostituta vuelve; la señora Pic la llama para interrogarla. ¿Qué ha hecho de su hijo? Ella dice que a los dos días la abandonó. Vuelve la mujer pública a "pasear la calle", y madre y nuera a esperar. No mucho, porque el hijo Adrián regresa, más sumiso y vencido. Después de otra disputa, madre y nuera convienen en no preguntarle nada, en no reprocharle nada. Lo que conviene ahora es velar al muerto y presidir con dignidad el duelo. Y después seguirán los días de siempre, ahora sin el señor Pic, iguales, grises, amargos, vencidos todos, porque –¿para qué engañarnos?– en este mundo no existe la felicidad.

Bella obra a pesar de lo amarga. Sombría, estrujante, pero con un profundo aliento dramático, es pieza de prueba para artistas eminentes. Y también para un gran director que tenga recursos bastantes para reproducir el clima sombrío de una provincia francesa que produce espíritus tan mezquinos, pasiones tan sórdidas. El joven Mariel hizo lo que pudo, y ya se sabe que quien hace lo puede... Presentó la escena con ambiciosa modestia y Leoncio Nápoles pintó un sobrio decorado; en vano trató de que sus jóvenes actores habitaran tan difíciles caracteres. No todos lo lograron.

La señorita Magdalena Vizcaíno –del Distrito Federal, de 24 años, soltera, empleada en la compañía de teléfonos, con escasa experiencia como actriz radiofónica en XEPH– reveló un interesante temperamento dramático. Podrá ser una notable trágica si no se tuerce o malogra. Es muy bella y tiene una voz como de terciopelo oscuro, profunda, que conmueve. Además, actúa con desenvoltura. El joven Alfredo Méndez también tiene muchas posibilidades de actor, igual que la señorita Lupe Sánchez, muy simpática y viva en la escena. El resto –qué excelente voz la de Luis Robles– cumplió con dignidad aficionada.