FICHA TÉCNICA



Título obra El color de nuestra piel

Autoría Celestino Gorostiza

Dirección Celestino Gorostiza

Elenco Miguel Ángel Ferriz, Isabela Corona, Luis Aragón, Carmen Cortés, Clara Martínez

Escenografía Julio Prieto

Grupos y compañías Compañía titular de la Unión Nacional de Autores

Espacios teatrales Teatro Colón

Referencia Armando de Maria y Campos, “El color de nuestra piel, nueva comedia dramática de Celestino Gorostiza”, en Novedades, 27 mayo 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

El color de nuestra piel, nueva comedia dramática de Celestino Gorostiza

Armando de Maria y Campos

Todos estamos de acuerdo: la nueva comedia –dramática– de Celestino Gorostiza, El color de nuestra piel, recientemente estrenada por la compañía titular de la Unión Nacional de Autores en el teatro Colón, es una excelente pieza, la mejor, para muchos de cuantas hasta ahora ha llevado a escena en ésta su segunda temporada de teatro de autores mexicanos la Unión que agrupa a éstos; para otros, y no pocos, la de más calidad de cuantas han salido de la pluma de este sereno, maduro, inteligente escritor. No creo que sea tiempo de balancear los resultados de la actual temporada de la Unión Nacional de Autores, y, así, resulta aventurado, o deprimente para otros autores, asegurar que la comedia de Gorostiza es superior a las de Usigli, Basurto o Solana, excelentes las tres y de un corte distinto a la que sí creo sea la mejor comedia conocida de Celestino Gorostiza.

Nadie pone en duda la experiencia teatral de Celestino Gorostiza, que ha llenado su vida trabajando para el teatro desde distintos puestos de mando. Su larga experiencia como director –lo fue del de Ulises, del de Orientación–, le ha puesto en contacto con el público más que como autor, y le ha enseñado qué es lo que más conmueve al espectador de tipo medio, qué es aquello que gusta siempre, que no falla nunca, y en años de receso como autor habrá meditado largamente en situaciones, recursos legítimos y temas en general con los que podía, armado de todas armas –aparte su talento, claro está– salir a los campos de Montiel y de Talía, a medirlas con los nuevos, a veces desorientados gustos del público.

Más de tres lustros estuvo inactiva la estilografía teatral de Gorostiza, con peligro de enmohecerse. Ahora vemos que no. Tal vez sus actividades como argumentista cinematográfico le dieron una mayor habilidad para mover el diálogo, porque el mayor mérito de la comedia El color de nuestra piel se halla en un donoso, certero, fácil diálogo del que Gorostiza se sirve para decir, hacer decir, y aun sugerir cuanto le da la gana. Dos, tres, hasta cuatro comedias distintas se podrían sacar de El color de nuestra piel, pero como todos estos diversos asuntos están muy bien cosidos por un diálogo directo, eficaz, firme y bien puntado –de puntada de coser y bordar– aunque también espolvorea Gorostiza "puntadas" mexicanas, es decir, frases, giros, metáforas oportunas y maliciosos–, no pueden desprenderse y así El color de nuestra piel es una gallarda muestra de cómo se pueden proponer al espectador: un título, cuatro asuntos distintos, media docena de sorpresas, y un desenlace imprevisto, al lado de un medio-desenlace previsto. Para lograr todo esto el autor construye con indudable maestría una pieza que participa por igual de la comedia, del melodrama y del drama.

La idea central de la nueva pieza de Gorostiza se expresa en el título: el color de nuestra piel. ¿El mestizo? Sí, el mestizo sigue siendo para muchos un grave problema de étnica, Gorostiza pudo hacer de su pieza, una tesis. Se limitó, con muy buen gusto, a exponer simplemente ángulos del repetido conflicto en el seno de algunos hogares mexicanos, particularmente de los de las nuevas aristocracias. La intriga familiar sin embargo, es mucho más interesante que el abandonado tema de la pigmentación cutánea. Un padre con dos hijos morenos y uno rubio, éste probablemente ni siquiera suyo, además de otro habido con una sirvienta en su soltería. El hijo rubio, que habrá de poner a la familia en tremendos conflictos y acabará suicidándose, puede ser el fruto de un amor adulterino y su padre, el gerente de la fábrica que lleva a la ruina al que pasa por autor de sus días. Este padre, rico, ya aristocratizado, ni sabe dirigir su casa, ni educar a sus hijos. Ella, la hija, a punto de casarse, hace su capricho, y acaba uniéndose con un ingeniero "prietito" que trabaja en la fábrica de su padre, y a quien un momento el autor de este melodramático asunto –¿recordáis Felipe Derblay?– nos llevó a pensar que fuera "el hijo de la criada"; el otro hijo, también moreno, le gasta al padre una fortuna con el cuento, arrancado de alguna realidad que Gorostiza habrá verificado, de jugar a ser productor de cine. Cruza por la escena la sombra trágica de una madre morena, que desde las primeras escenas nos anuncia una vida dramática, que al fin no sabemos cómo fue, pero que prepara convenientemente las escenas postreras de la comedia que termina en drama...

Convence en todo momento la pieza de Gorostiza por la técnica de su construcción, que es magnífica, por la habilidad teatral con que el autor urde, enlaza y desenlaza, situaciones evidentemente teatrales por el contraste muy bien hallado de lo patético y lo frívolo, ajustado todo, ensamblado con fría precisión, por un estilo literario de indudable belleza y de la mejor calidad.

Creo que esta pieza merecía una dirección más cuidada –estuvo, sin embargo, a cargo el autor–. Se buscaron los tipos físicos, pero no se dio con los actores que debieron habitarlos. La interpretación carece, en general, de relieve. Miguel Ángel Ferriz está en Miguel Ángel Ferriz, e Isabela Corona en... trágica sin razón hasta para pedir un té o un vaso de agua. A Luis Aragón, que se presentó como profesional, le ha hecho daño la televisión, a la que vive consagrado; cumplió nada más. Dos modestas actrices profesionales se ven mejor que el resto del conjunto, por la razón misma de que son profesionales: Carmen Cortés en la hija y doña Clara Martínez, aplaudida por una sola, insuperable escena.

La decoración de Julio Prieto, de tipo realista, construida en dos planos, luciría más con menos muebles y trastos, con los que seguramente se quiso acentuar el mal gusto de tantos nuevos ricos que acumulan en sus salones cuanto han visto distribuido en distintas casas.