FICHA TÉCNICA



Título obra La soif de Bernstein

Autoría Henri Bernstein

Dirección André Moreau

Elenco André Moreau, Jocelyne Granval, Xavier Massé, Robert Kremper, Lucile Donnay

Grupos y compañías Les Comédiens de France

Espacios teatrales Sala Molière

Referencia Armando de Maria y Campos, “La soif de Bernstein, en la sala Molière, por Les Comédiens de France”, en Novedades, 14 mayo 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La soif de Bernstein, en la sala Molière, por Les Comédiens de France

Armando de Maria y Campos

En más de medio siglo –se inició con Le marché, el 12 de junio de 1900–, Enrique León Gustavo Bernstein (nació en París en 1876), ha producido veintiocho comedidas que encarnan las pasiones, las luchas amorosas, las inquietudes morales y metafísicas de varias preguerras. Longunm mortalis aeve spatium. Hoy, este tenaz hombre de teatro, "más que septuagenario", continúa produciendo, y, como es natural, es víctima de frecuentes, ásperos ataques de parte de la crítica joven –me refiero a la de Europa, porque la actual mexicana, adolescente en su mayoría, ha visto representar muy poco a Bernstein–, que lo encuentra anticuado, "pasado", fuera de tiempo y de ambiente.

Creo que ha sido un acierto de André Moreau elegir La soif para mostrar al público de ahora un Bernstein maduro –no me refiero a su edad cronológica– en un arte que se acendra con el paso del tiempo. Desde que Bernstein empezó a estrenar –Le detour (1901), Joujou (1902), Frére Jacques (1903), Le bercail (1904), La griffe (1906), La rafale (1906), Le voleur (1906), Samson (1907), Israel (1907), etc., etc., la lista sería interminable–, el gran autor judío se hizo indispensable en el repertorio de las compañías que recorrían Europa, y se convirtió en uno de los autores más populares no sólo en Europa, sino en el extranjero. En México lo dio a conocer Virginia Fábregas el mismo año que nació para el teatro en Francia. En 1901 interpretó Le detour. Y cada año representaba en su teatro de la calle de San Andrés la obra del año de Bernstein, traducida por Pepe Castellanos Haff o por don Enrique Barbieri. Entre Bataille y Bernstein oscilaban las temporadas de la Fábregas y Cardona de 1900 a 1912. En 1908, Virginia mereció las Palmas Académicas. Nada le dieron a Pancho Cardona por dirigir, "como en el propio París", las mejores producciones de los autores franceses. Ahora, si hubiera florecido en la mejor época para el vedettismo directorial, hubieran hecho a Cardona ministro de Instrucción Pública de la república francesa cuando menos...

No le importó nunca a Bernstein la verosimilitud en el teatro. Heredero de Sardou busca los efectos de la intriga: la situación propiamente, para usar después de los mejores y tradicionales resortes dramáticos. Parece que las guerras no hacen mella en su modo de hacer teatro. Lo cierto es que Bernstein, autor dramático en la más alta concepción del término, se sobrevive, y no deja de interesar ni aun a los jóvenes de más exigente mentalidad renovadora. "Lo que vale –ha escrito– es el pensamiento de quienes nos escuchan, son los ensueños sugeridos por nuestros personajes, por las palabras o por los silencios que hemos imaginado". Con la naturalidad, teatral por cierto, con que el agua brota de las fuentes, han seguido brotando del cerebro y del corazón de Bernstein los dramas, las comedias: Después de mí, El asalto, El secreto, La evolución, La galería de los espejos, El veneno, Malo, Esperanza, El viaje, El cabo de las tormentas, La felicidad, El mensajero, Elvira, y Víctor, que creo es la última que ha salido de su pluma.

La soif–en tres actos y en cinco cuadros– es una pieza, comedia a ratos, por instantes melodrama, característica del estilo, y de la manera de hacer, o de construir, de Bernstein. Vuelve al triángulo amoroso. Un pintor, que vive prendido al recuerdo amoroso de una muerta, un amigo, y ella. Pero no crea el lector que voy a caer –ahora que sufrimos penuria de papel de periódico– en relatar el argumento. El pintor Galone, el amigo Darois y la fémina Madeleine viven muy bien su triángulo, y gracias a las dramáticas incidencias, Jean Galone, se encuentra a sí mismo, lleno de sed, esa sed que ilumina el alma, enciende los sentidos, y justifica la vida creadora del artista.

Excelente interpretación, muy equilibra, muy identificada mutuamente de parte de Moreau –el pintor Jean Galone–, de Jocelyne Granval –la Madelaine fatal– y de Xavier Massé –el amigo Claude–, secundada por Robert Kremper y Lucile Donnay. Julio Prieto vistió la escena con sobriedad y buen gusto.