FICHA TÉCNICA



Título obra Chin Chun Chan

Autoría Rafael Medina y José F. Elizondo

Notas Comentarios y citas de la zarzuela Chin Chun Chan, con motivo de la función extraordinaria de zarzuelas organizada por Carlos M. Ortega

Referencia Armando de Maria y Campos, “Una zarzuela mexicana clásica Chin Chun Chan de Medina, Elizondo y Jordá, se represento 6 mil veces”, en Novedades, 6 mayo 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Una zarzuela mexicana clásica Chin Chun Chan de Medina, Elizondo y Jordá, se represento 6 mil veces

Armando de Maria y Campos

El infatigable autor mexicano Carlos M. Ortega organizó una función extraordinaria de zarzuelas con motivo de la fiesta del 1 de mayo –que cierra todos los cines de la República y deja al público sin lugares de diversión–. En el programa de dicho espectáculo hizo figurar Ortega la más aplaudida y popular zarzuela del país: Chin Chun Chan con música del maestro de origen catalán Luis G. Jordá, pero muy identificado con México.

Muchos de los lectores de Novedades –y con esto quiero decir también muchos que no lo son y aludo así a las nuevas generaciones desde las "callistas" hasta las "ruizcortinistas"– no saben una palabra de esta zarzuela mexicana clásica y se habrán sorprendido al verla anunciada al lado de Los tiempos de don Porfirio y Recordar es vivir.

La primera representación de Chin Chun Chan se remonta a la mitológica fecha del 6 de abril de 1904 y constituye una de las más deliciosas efemérides de la Catedral de la Tanda, el teatro Principal. De primera intención, sin esfuerzo, a teatro lleno, llegó al centenario de representaciones. Se ponía dos veces cada noche, alternándola con otras dos zarzuelas, casi siempre de origen español, para formar el número de cuatro "tandas" que era habitual ofrecer noche a noche a los teatrófilos de principios de siglo.

Del teatro Principal pasó Chin Chun Chan a los teatros de barriada que aunque de "segunda categoría" sostenían magníficos elencos formados en su mayoría por artistas del país: María Guerrero conocido popularmente por el "María Tepache", por una tepachería que abría sus puertas al lado del amplio y modesto coliseo, enclavado al comienzo de la populosa barriada de Peralvillo; en el Manuel Briseño, por la entonces naciente Colonia Guerrero; en el Cervantes teatrucho consagrado a la memoria del manco inmortal, ubicado en las populosas calles de Lecumberri, cerca de la Penitenciaría, en el Riva Palacio frente al populoso mercado de san Juan. La revista Chin Chun Chan se representaba también dos veces cada noche, en seguida y cuarta "tandas". De aquellas calendas a este 1 de mayo de 1952, Chin Chun Chan se ha representado más de 6 mil veces, cifra numerosa que en toda América habrán alcanzado únicamente zarzuelas tan típicas y bien hechas como Gigantes y cabezudos, La verbena de la paloma o La revoltosa, todas de las postrimerías del siglo pasado.

El asunto de Chin Chun Chan es sencillísimo. En un hotel segundón de la ciudad de México se espera la llegada de un mandarín, naturalmente chino. Se le preparan algunos agasajos y se comisiona a uno de los huéspedes para que, cuando llegue el personaje asiático lo saque a pasear por la ciudad, le muestre personajes típicos y rincones pintorescos, mientras en el hotel se concluye de organizar la fiesta en honor del exótico y poderoso huésped. Entre tanto, al mismo hotel llega una persona de Chamacuero que viene a la capital huyendo de su irascible mujer que lo sabe metido en un lío de faldas. Disfrazado de chino para que no lo reconozca su "costilla", para que si lo sigue no lo encuentre, pero lo confunden con el mandarín esperado. Lo invitan al paseo planeado, que acepta de buen grado por seguir la broma del quid pro quo. El desarrollo de la revista planteado y hábilmente desarrollado, da ocasión a los autores de exhibir tipos y escenas a cual más graciosos y entretenidos, como los "rancheros" Ladislao y Eufrasia:

Ladislao.– Qué chula y qué resuave que te ves.

Eufrasia.– ¡Tú a mí te me afiguras un marqués!

Ladislao.– Ya tu verás.

al rato que me ponga lo demás:

mi leva y mis zapatos de charol,
y una bomba brillante como el sol.

Eufrasia.– Y yo también,

de fijo que me voy a ver muy bien,
con guantes y con naguas de surá,
y con una mantilla verde y encarná.

Recorriendo calles y callejones encuentran el típico charamusquero vendedor de golosinas de piloncillo para los niños pobres, y lo obligan a vender su mercancía en un inglés convencional, perseguido por dos granujillas del pueblo.

Como el yanqui nos invade
el inglés hay que aprender,
para que con nuestro primos
nos podamos entender.

Mi vender el charamusco
en la lengua del Tío Sam,
mucho bueno palanquetas,
Piloncillo very fain.

Guan cent di turrones
guan cent di pasted,
guan cent di merengues
y todo guan cent.

Las coplas del charamusquero –que estrenaron el Nanche Arozamena, Esperanza Iris y Consuelo Vivanco–, se repetían hasta el cansancio.

Antes de regresar al hotel, donde se prepara una fiesta en honor del mandarín Chin Chun Chan, el ranchero de Chamacuero, que se llama Columbo Pajarete y su acompañante, se encuentran con unas muchachas –las "telefonistas"–, que manejan un raro aparato para hablar a distancia que es el teléfono y las oyen cantar los indispensables cuplés de toda revista que se estime:

Ay qué sensación tan particular,
deje usted el botón, no lo apriete más...
Ya basta caballero, deje de tocar,
que si no la corriente se me va a acabar.

Columbo Pajarete, el falso mandarín, y Borbolla el paseante regresan al hotel a disfrutar la fiesta organizada en honor del hijo del Celeste Imperio, pero la imprevista llegada del auténtico Chin Chun Chan y de la clásica característica –de género chico– en esta obra resulta ser la mujer del falso asiático, frustra la fiesta y provoca una tremolina, pero al fin las cosas se arreglan y la divertida zarzuela y revista a la vez concluye con un Cake, baile norteamericano de moda entonces, por los principales personajes en parejas y coro de señoras y caballeros...

Chin Chun Chan pasó ahora sin pena ni gloria, indiferente al zafarrancho comunistoide registrado durante la manifestación obrera en la mañana, llenando el corazón metropolitano de nostalgia y derramando, envuelto en su frívolo efluvio melódico, el perfume de la lejana juventud.