FICHA TÉCNICA



Título obra Las islas de oro

Autoría Rafael Solana

Elenco Pudencia Grifell, Virginia Manzano, Miguel Ángel Ferriz, Luis G. Barreiro, Alfredo Varela, Fernando Mendoza, José Luis Jiménez, Héctor López, Emma Fink

Grupos y compañías Compañía de Luis G. Basurto

Espacios teatrales Teatro Colón

Notas Tercera obra del Concurso Nacional de Teatro Manuel Eduardo de Gorostiza. el autor comenta también los premios obtenidos por Héctor Mendoza y Blanca de Retana

Referencia Armando de Maria y Campos, “Tres nuevos autores mexicanos: Rafael Solana, Héctor Mendoza y Blanca de Retana”, en Novedades, 24 abril 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Tres nuevos autores mexicanos: Rafael Solana, Héctor Mendoza y Blanca de Retana

Armando de Maria y Campos

La primavera nos ha traído en sus alforjas a tres nuevos autores, dos de ellos laureados en otros tantos concursos de teatro, en los que participaron también aficionados a dirigir y a representar, y otro con larga actuación en campos ajenos a la farándula. Los autores laureados son Héctor Mendoza, ex alumno del Instituto de la Juventud Mexicana, que obtuvo con su pieza dramática en tres actos, Abogados, el primer premio para autor del Concurso Nacional de Teatro Manuel Eduardo de Gorostiza; Blanca de Retana, autora de la pieza que mereció primer premio "de interpretación" en el Concurso de Grupos Teatrales de las Fiestas de Primavera, y algo le toca del premio a la autora de Cactos sangrientos, pieza dramática en tres actos, y Rafael Solana, periodista poeta y novelista demás, ahora flamante autor de una agradable comedia titulada Las islas de oro, escrita para ser representada comercialmente, es decir, profesionalmente.

Las islas de oro fue elegida por la dirección de la Unión Nacional de Autores para cubrir el tercer estreno de la temporada de teatro de autores mexicanos que la misma viene desarrollando en el teatro Colón, y fue estrenada con todos los honores correspondientes a este privilegio el 18 del presente mes de abril, confiada su interpretación a la compañía titular de esta temporada, en la que abundan, por igual, profesionales eminentes y aficionados inmaduros. Hay de todo en la compañía que dirige Basurto, y por esto la interpretación de las obras resiente tan extraña mixtura, tal vez impuesta por compromisos de amistad, por necesidades del medio, por lo que sea, pero el resultado no favorece a nadie, ni a autores, ni a profesionales con categoría

Se dan con la compañía titular de la Unión Mexicana de Autores los casos curiosos de que cuente con figuras señeras en su categoría –doña Prudencia Grifell, Virginia Manzano, Miguel Ángel Ferriz, Alfredo Varela– capaces de prestigiar por sí solas cualquier elenco, y que ya en la realidad de la representación no respondan de acuerdo con su propio prestigio. Igual fenómeno ocurre con otros elementos, profesionales, o casi, del teatro –Fernando Mendoza, José Luis Jiménez, Héctor López Portillo–, nunca lo bastante cuajados para satisfacer como profesionales sin ser, como ya no lo son actores "experimentados". A su lado, figuran con categoría de profesionales otros que no pasan de ser simples aficionados.

Un conjunto de actrices y actores equilibrado, bien seleccionado, de trabajo propio de una temporada comercial, que llegara a acoplarse por sus propios méritos y aptitudes, es lo que hace falta a la Unión Nacional de Autores para que su temporada alcance la categoría que le corresponde y que todos deseamos.

Para Las islas de oro hacía falta otro reparto. Es obvio que un conjunto formado para interpretar Aguas estancadas o Frente a la muerte, no es el indicado para representar la alegre comedia de Solana. Es obvio también que cualquier personaje que tenga la fortuna de ser interpretado por doña Prudencia y por Virginia, es siempre digno de verse, aun cuando les siente como un revólver a un traje de novia, y obvio, finalmente, que un personaje que haga Ema Fink, tan entusiasta y aficionada a representar, al lado de Virginia, eminente en la cuerda dramática, tiene necesariamente, que desentonar. Pero éste sería otro cuento, que nos llevaría muy lejos del muy entretenido que nos cuenta Solana en Las islas de oro.

Rafael Solana, hijo, llega al teatro cargado de experiencia literaria y... cinematográfica. Poeta, novelista, ensayista, periodista para poder vivir de las letras, y escritor de cine o para cine. Hace sus primeras armas en el teatro con fortuna. Ennoblece su teatro lo buen escritor y literato que es, y lo hace zozobrar a ratos la herencia que dejó en él el roce con los medios cinematográficos. El argumento de Las islas de oro trae a la escena un ligero tufillo a película que quiere ser teatro. La anécdota, mitad arrancada de algún rincón de la realidad, mitad cargada de experiencia literaria –recuérdese El club de los suicidas, Muérete y verás, 4 corazones sin freno y con Marcha atrás–, le da motivo a Solana, y él lo aprovecha muy bien, para hacer un acto –el segundo– que revela lo que de este joven autor, al que afortunadamente no le da por los problemas tremebundos, puede esperar el teatro nuestro frívolo: una abuelita, a la que se da por muerta, porque la dejaron bien sepultada, que regresa al hogar a causar los naturales trastornos de quien da "marcha atrás"; vuelve de un extraño "club de suicidas", para exclamar, desde lo hondo de su amargura: "¡muérete y verás", como el personaje de la vieja comedia española. La situación es hilarante y magnífica y Solana la ve, la aprovecha y la resuelve muy bien, en lo técnico teatral y en lo literario. Suceden cosas muy graciosas y se dicen otras muy bien dichas.

Pero como toda comedia en tres actos precisa de... tres actos, Solana tuvo que componerlos, y escribió uno para antes y otro para después. Uno y otro son inferiores al segundo, que es propiamente la comedia, toda la comedia. Había que exponer el asunto, y luego había que resolverlo. Está bien expuesto, pero sin más preocupación que llegar al momento en que la abuelita resucitada regresa al hogar cuya irreparable ausencia ha conformado a todos: hijos, nieta, nueras, médico y sacerdote. Ya está en la casa en la que es extraña y estorba –¡ya está la comedia!–; ahora falta que se vaya, que deje a todos en paz, es decir, falta el desenlace, previsto, por cierto y necesariamente, y Solana tuvo que escribir otro acto, para que todo quedara como estaban mucho antes del primer acto. Y no logró mantener la altura a que elevó lo mejor de su comedia: el segundo acto.

Me imagino que esta comedia, representada por otros actores –aunque fueran menos eminentes que doña Prudencia o de inferior categoría a la que para satisfacción de todos disfruta Virginia Manzano–; de mayores aptitudes para el género cómico, para la comedia frívola o ligera. ¡Y con "vis" cómica! Porque en el teatro las situaciones cómicas lo son más si están interpretadas por quienes no carecen del sentido del humor. Me imaginé a Matilde Corell en el personaje que hizo doña Prudencia. Y añoré a Tamés en el que se confió a Ferriz y a Barreiro en lugar de López Portillo. ¿Qué ritmo cómico le hubiera dado a esta comedia una dirección como la de López Somosa? No divaguemos, y lleguemos al final, apresuradamente, como creo que llegó Solana al tercer acto. Es hora de bajar el telón del punto final.

¿Resumen? Una comedia deliciosa, entretenida, con un segundo acto magnífico. Una interpretación discreta, y una postura escénica menos que discreta.