FICHA TÉCNICA



Título obra La tempestad, Ariel y Calibán

Autoría Juan Miguel de Mora

Dirección Amadeo Recanatti

Elenco Perla Aguiar, María Amparo Neri, Ricardo Fuentes, , Roberto Cobo

Escenografía Ernesto Guasp

Iluminación Ricardo Cedillo

Grupos y compañías Grupo Xochipilli

Espacios teatrales Sala Guimerá

Notas Segunda obra del Concurso Nacional de Teatro Manuel Eduardo de Gorostiza, evento que sustituye al 3er Concurso de Grupos Teatrales de las Fiestas de Primavera

Referencia Armando de Maria y Campos, “Del Concurso Teatral Gorostiza, Ariel y Calibán de Juan Miguel de Mora, en la sala Guimerá”, en Novedades, 17 abril 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Del Concurso Teatral Gorostiza, Ariel y Calibán de Juan Miguel de Mora, en la sala Guimerá

Armando de Maria y Campos

La noche del 6 de abril subió a la escena de la sala Guimerá la 2a. obra del concurso Manuel Eduardo de Gorostiza, que, patrocinado por la Asociación Nacional de Periodistas y la Unión Mexicana de Autores, se había iniciado la víspera y no concluiría hasta el 15 próximo pasado. Este Concurso Nacional de Teatro se celebró como consecuencia de la irresponsable organización del 3er. Concurso de Grupos Teatrales de las Fiestas de Primavera.

La primera obra del Concurso Gorostiza fue la pieza Pasto rojo, original de Carlos Ancira. Sin embargo, me ocuparé primeramente de la que fue presentada el segundo día, porque la pieza de Ancira habré de comentarla cuando toque su turno a otras dos de este mismo concurso: Campirana de Gabriela Vázquez Shaffino, y Castigo del cielo de Gastón Mascareñas. De comedia dramática califica Juan Miguel de Mora su pieza en tres actos –el primero dividido en dos cuadros, el tercero en cuatro–, titulada con los nombre de dos personajes creados por William Shakespeare en su comedia La tempestad, Ariel y Calibán.

Quienes conozcan La tempestad, recordarán que en esta bella fantasía el poeta vuelve al mundo de las hadas que imaginó en el Sueño de una noche de verano, en la que la acción se desar rolla en la isla –encantada– de Próspero, donde los encantamientos más fuertes son los que evocan la poesía y la imaginación. Los habitantes de esta isla, Ariel y Calibán, son dos seres sobrenaturales que viven intensamente y llegan a convertirse en símbolos. El verdadero protagonista de La tempestad es Próspero, padre de Miranda, en la que confía para su venganza –llegado el momento de desencadenar la tempestad– y para su dicha final. Miranda es el tema epitalámico de la obra lleno de los encantos con que Shakespeare trató el joven amor. Según su tradición muy arraigada fue Shakespeare –actor modesto– quien hizo el carácter de Próspero en el estreno –papel de importancia para él, que no tenía mucha como comediante–, y se cree que cuando el viejo duque-mago rompe la vara mágica y arroja su libro al mar, hasta donde no lo pudiese alcanzar ninguna sonda, anunciaba el poeta que desde aquel momento no pensaba escribir más obras. Y así fue. La tempestad, una de las más bellas comedias de todos los tiempos, fue la última pieza de teatro del Cisne de Avón, y gracias a ella quedaron cuatro símbolos: Próspero y Miranda, Ariel y Calibán.

No es obra original de Shakespeare La tempestad. Se sabe que su historia está tomada de las Noches de invierno de Antonio Eslava, o que se inspiró en los relatos de viajes por españoles en la creación de "su isla". El uso del apellido Miranda –usado también en unos de estos relatos– dio motivo a que Shakespeare lo empleara como nombre propio de muchacha. En esto lo imitó Mora en su Ariel y Calibán. La portagonista de su pieza, una cabaretera mexicana, que "hace fichas" en un cabaret metropolitano, que se alquila pero que jamás se entrega, se llama Miranda. Se disputan el amor de Miranda mexicana un Ariel bueno y soñador y un Calibán diabólico, y que en nuestro medio no puede ser otra cosa que contratista, coyote de político, rico con riqueza mal habida y con casa en las Lomas de Chapultepec.

Sin embargo parece –o se me ocurre– que Juan Miguel de Mora se inspiró más para escribir su primera pieza teatral en el Ariel del uruguayo José Enrique Rodó, brillante ensayo con mensaje para la juventud de Hispanoamérica que se publicó en 1900, y que aun leyó mi fallida generación allá por los años del 16 al 19. El Ariel de Rodó constituye en la historia del pensamiento y de las letras americanas uno de los más interesantes y valiosos capítulos. Recuérdese cómo en él, el maestro Próspero –personaje de La tempestad– se dirige a un camino recto que tenga por norma un ideal de belleza ajeno al egoísmo y a la pasión. "No entreguéis a la utilidad o a la pasión sino una parte de vosotros mismos", dice Próspero Rodó a sus discípulos.

Juan Miguel de Mora imaginó bien "su isla": la mansión de un político banquero en las Lomas. Calibán organiza juergas con prohombres de la política y mujeres fáciles, para fraguar sus negocios. Asisten a ellas el diputado Fresco, el licenciado Códiguez, el ingeniero Contrátez, el doctor Plástiquez. No faltan en estas fiestas los "ganchos" femeninos, Lili, su doncella, muy experimentada en aventuras fáciles, es uno de éstos. Calibán tiene un altar: la caja de caudales, y un Dios: el dinero. Con esto cree poder lograr cuanto desea. Menos a Miranda, la cabaretera de alma pura. ¿Y Ariel?... ¡Ah! Ariel es un condiscípulo de Calibán. Ariel, como es lógico, representa el símbolo opuesto al que es Calibán. Los dos se interesan por Miranda, la que así está entre el Bien y el Mal. ¿Y Próspero? ¡Ah! Próspero es... el autor. Por la pluma de Mora habla Próspero. Y así va surgiendo la comedia con un excelente primer acto, otro de nudo amargo y optimista a la vez –no en balde luchan Ariel y Calibán–; y el postrero, en el que, por cuatro canales que son otros tantos cuadros, desembocan arrastrando en su caudal pasiones bajas, ilusiones rosadas, muerte del mal y apoteosis del bien; los símbolos del Bien y del Mal, y el Amor triunfante, epitalámico, sobre todas tempestades.

Ariel y Calibán de Juan Miguel de Mora resulta una interesante comedia mexicana, época presente. El autor sabe lo que quiere y no ignora hacia dónde puede llegar, y, si no se tuerce o malogra, irá muy lejos. Ariel y su Calibán, su Miranda y su Lilí, prueban su pericia para crear personajes. El diálogo es ingenioso, fulgurante y fácil, y en él cabrillea una verdad "época presente", que duele porque ahonda. Sin embargo, la comedia va de más a menos, tal vez sea dicho en honor de la verdad, por las dificultades para presentarla con propiedad, reducida la acción a minúscula área de actuación, sin decorados, ni iluminación. El pintor Ernesto Guasp entregó unos bocetos sobre los que debieron construirse o pintarse los decorados, pero todo, en realidad, quedó en boceto, buen boceto.

El grupo Xochipili se presentó estudioso y responsable, bajo la dirección de Amadeo Recanatti. Es seguro que en Recanatti hay un buen director, pero.... en otras condiciones. Conviene tener paciencia y darle oportunidad. Destacó en la interpretación la deliciosa y muy segura actuación de Perla Aguiar como Miranda. Lució bellísima, y habló con claridad y sentido. María Amparo Neri estuvo muy atractiva en su Lilí. Ricardo Fuentes me pareció sobreactuado en su Calibán, llevando a extremos el diabolismo del personaje. Muy sobrio y emotivo compuso a Ariel el buen actor Roberto Cobo. El resto del reparto, formado por actores de diversas categorías, no desentonó en la postura de este Ariel y Calibán, que merece representarse en mejores y más justas condiciones.