FICHA TÉCNICA



Título obra Medea

Autoría Jean Anouilh

Notas de autoría Luisa Josefina Hernández / traducción

Dirección Salvador Novo

Elenco María Douglas, Wolf Rubinski, Pilar Souza, Luis Aceves Castañeda, Raúl Farrel

Escenografía Antonio López Mancera

Iluminación Ricardo Cedillo

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Referencia Armando de Maria y Campos, “Medea de Anouilh - Douglas - Novo”, en Novedades, 15 abril 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Medea de Anouilh - Douglas - Novo

Armando de Maria y Campos

A mediados de enero próximo pasado, un amigo de Barcelona me daba, entre otras noticias de teatro inminente en la ciudad condal, la del "estreno en el mundo" de la obra de Jean Anouilh Medea –en Barcelona aún no se dice: "premier mundial"– que se verificaría el domingo 28, en el teatro Romea. La interpretación del principal papel de la obra estaría a cargo de María Pura Belderrain, y sería presentada por el Teatro de Cámara.

Sigo con interés la carrera teatral de Anouilh, uno de los mejores autores contemporáneos. La noticia de mi amigo y corresponsal en Barcelona me hizo recordar que Anouilh, publicó su obra Medea en uno de sus tomos de Piezas negras. La obra tiene fecha 1946. No se había estrenado en París, ni en ningún otro lugar de Europa o de América. La Medea de Anouilh, es el planteamiento, desde procedimientos mentales de hoy, de la famosa tragedia de Eurípides, cuyo principal tema es el asesinato de los hijos por Medea como venganza por el abandono –e infidelidades– de Jasón. La figura femenina de Medea está compuesta por los celos, la soberbia y el disimulo. Está escrita en un solo acto largo, largo, con la misma técnica que Ardel. Parece que a fines de esta temporada será estrenada en un teatro de París, después que su autor ha rechazado numerosas peticiones de estreno, entre ellas una de Margueritte Jamois. Otra de las más famosas piezas de Anouilh publicadas, Jezabel, está también sin estrenar. En el estreno de París, Medea estará acompañada de la comedia del mismo autor Cecilia o la escuela de los padres. Anoté los datos anteriores que formarían una nota de información, mucho antes del estreno en México, por Orquesta Sinfónica Nacional, de Las Coéforas de Milhaud, escuchada por primera vez el 8 de febrero, y cuya intervención como la Coéfora recitante le valió a María Douglas la oportunidad que le ha brindado Carlos Chávez de interpretar la Medea de Anouilh, posponiendo para mejor ocasión la postura de Indulgencia para todos de Gorostiza, cuyo espacio y tiempo en el calendario del INBA estaba destinados a la pieza del gran autor mexicano. Son ahora oportunas. Medea de Anouilh pisa por tercera vez las tablas: Barcelona primero, después Madrid con ocasión de la visita a la capital de España del Teatro de Cámara que la puso por primera vez en la capital de Cataluña –marzo último–, y, ahora, México.

Medea –¿no resulta ocioso recordarlo?– es un personaje mitológico. Se le tenía por hechicera, hija de Aetes, rey de la Cólquida y de la oceánica Idia, hermana de Absirtos y Calciopea y sobrina de la hechicera Circe. Los textos más antiguos nos muestran una Medea múltiple, casi innumerable. ¡La de hechos que la leyenda le tiene atribuidos! Sus patéticas aventuras debían ser fuente de inspiración para los creadores del teatro. El primero que la llevó a escena fue Neofrón de Sicione, pero no hubiera tal vez surgido de las tinieblas del pasado a la luz posterior de las candilejas, si no es porque su feroz venganza, sus perfiles legendarios, inspiraron al trágico griego Eurípides que en el año 431 –antes de Cristo– dio a la escena una tragedia titulada Medea, fuente y raíz de todas las Medeas que en el teatro han sido. (Vasconcelos la puso al alcance de los estudiantes en su famosa, discutida colección de clásicos que bajo su dirección publicó la Universidad Nacional de México en 1921).

Metido ya en estos pueriles alardes de erudición al alcance de todos, ¿por qué no recordar que en siglo I de nuestra era, Séneca se inspiró en la tragedia de Eurípides, acentuando en su Medea la nota de magia y el horror de la catástrofe? También Ovidio, extraordinario poeta latino, compuso una Medea que como se perdió, no hay por qué ir más allá de esta simple cita. Pero puesto a recordar la genealogía de la Medea anouilhiana, no se puede prescindir de la que, en 1635, Corneille dio a la escena de Francia, imitación de la de Eurípides y Séneca, que, dicen los críticos franceses, no tiene más mérito que haber sido en ella donde empezó a revelarse el genio del poeta y haber abierto el camino a la larga imitación de los teatros griego y latino de que vivió el teatro francés durante siglos, y de la que es último brote la Medea de Anouilh que está encarnando en el Bellas Artes el caudaloso temperamento, el sombrío, acaso un poco sofisticado, arte de María Douglas.

La Medea de Anouilh-Douglas-Novo, cuya primera representación ocurrió el sábado de Gloria –12 de abril– resultó un espectáculo de máxima categoría, por el texto clásico elaborado con un profundo sentido humano –muy sobriamente traducido por un autora joven: Luisa Josefina Hernández–; por la interpretación, patética, plástica –voz grave, inagotable, voz de hemorragia incontenible; figura atenta siempre a componer y no descomponer el clásico conjunto– de María Douglas principalmente, cuyo sostenido tono profundo rompe los límites de los registros agudo o central, y también de Rubinski (Jasón), tal vez frío, atentó más que nada a no desentonar, nota física y plástica, de los conjuntos, de Pilar Souza (Nodriza) y de Luis Aceves Castañeda (Creón); y por la postura escénica, cuya responsabilidad total descansa íntegramente en Salvador Novo, con la colaboración del escenógrafo Antonio López Mancera, quien logró darle al enorme escenario del Bellas Artes una profundidad increíble, dentro de la que supo instalar, lejana a más no poder, una Corinto envuelta en sombras, en música y en fiestas; del electricista Ricardo Cedillo, a cuyo celo y técnica quedó encomendado el perceptible paso de la noche, al día, y el habilísimo y del mejor gusto truco para quemar la carreta en que mueren carbonizados los degollados por ella hijos de Medea y la propia Medea. Jirones musicales, arrancados de la suite La hija de Colquide de Chávez, cruzaban, nubes musicales viajeras, la escena, como otros invisibles personajes de tragedia que reproducíase con los mejores elementos que pueden halagar siempre clarísimo en boca de todos, de la escenografía, de la iluminación, de los fondos musicales y del movimiento de todos los personajes, cuidando en cada paso, gesto, actitud o vocablo, como si un ojo fotográfico debiera captarlo, recogerlo en cualquier instante, desde cualquier ángulo o plano.

Representación magnífica –postura e interpretación– de esta Medea digna del mejor teatro del mundo y del auditorio más preparado y exigente. No sé si llegará al gran público –la obra toda se comprende en un acto largo, largo–, pero si así no fuera, si todo quedara reducido a una docena de representaciones, a sólo una, ésta o aquéllas, bastarían para justificar el triunfo de María Douglas, de Novo y de sus colaboradores en la postura; de Rubinski, de Aceves Castañeda, de Pilar Souza, de Raúl Farrel. Antes de que acabara de caer la cortina, al final del espectáculo, la ovación ya era imponente, y muchas veces tuvo que ser izada para que el público desahogara su emoción y aprobación aplaudiendo, aplaudiendo...