FICHA TÉCNICA



Título obra Dos mujeres a las nueve

Autoría Juan Ignacio Luca de Tena y Miguel de Cuesta

Dirección Julián Duprez

Elenco Francisco Jambrina, Isabel Blanch, Angelines Fernández, Rosario Gálvez, Luis Pelayo

Grupos y compañías Compañía de Carlos Lavergne

Espacios teatrales Teatro Ideal

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de la comedia española Dos mujeres a las nueve de Juan Ignacio Luca de Tena, por la Compañía de Carlos Lavergne”, en Novedades, 28 febrero 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de la comedia española Dos mujeres a las nueve de Juan Ignacio Luca de Tena, por la Compañía de Carlos Lavergne

Armando de Maria y Campos

El teatro español contemporáneo está en crisis. Señal de que vive. Cada año se estrenan en Madrid y en provincias media docena de comedias que rebasan las cien representaciones consecutivas, que se acercan a las 500 repeticiones, como algunas de Benavente, cuyo teatro, como los luceros, brilla siempre con idéntico fulgor. Cada año se reparten premios de consagración, se abren concursos y se descubren nuevos autores. Sin embargo, el teatro español de ahora, no es como el teatro español de ayer, de antes.

De antes ¿de qué? Digamos de antes de que empezara por España la guerra mundial. Acá, de este lado del mundo, fue político durante tres lustros deprimir, desairar, denigrar al teatro español, con excepción del que había hecho García Lorca, del que sigue haciendo por ventura cada día mejor, Casona. Hubo una época en que sólo se oía la voz de una España peregrina negando todo lo que venía de su cuna. El público que gustaba del teatro español, que seguía obra a obra las temporadas de Madrid o de Barcelona, se dispersó, se refugió en la anónima oscuridad del cine norteamericano mediocre. Las nuevas generaciones de intérpretes –grupos de teatro experimental, directores exóticos o renegados de su origen, etcétera– hallaron de buen tono ignorar la existencia de un nuevo teatro español balbuciente como recién nacido que era. Y lo ignoraron tan completamente, que borraron del pasado, en su afán de negar el presente, todo lo que significa y representa el único gran teatro del mundo, el teatro español.

Esporádicamente sube a nuestros escenarios alguna obra representativa del teatro español contemporáneo. Algo de Benavente –La infanzona, Máter Imperátrix–, la sorpresa de Historia de una escalera de Buero Vallejo y, por curiosidad, los nuevos: López Rubio y sus Celos del aire; Ruiz Iriarte y su Aprendiz de amante. ¡Ah! y Torrado, autor por el que siente debilidad el director de la compañía del Ideal –nuestro antiguo baluarte del género español– don Carlos Lavergne. Los autores españoles ya no tienen interés en México. ¿Para qué estrenar allá –dicen– si no obtenemos provecho alguno?

Es oportuno conocer cómo piensan los autores españoles de las cosas que por acá suceden agravando la crisis que el teatro español sufre en la propia España. En una carta de felicitación de año nuevo que mi querido amigo don Luis Fernández Ardavín, presidente de la Sociedad de Autores Españoles, tuvo la bondad de escribirme a principios de este año, me dice: "El teatro español está pasando por una crisis en México, debida singularmente a la falta de relaciones entre los dos países y a que no logramos ponernos de acuerdo con las sociedades de autores mexicanos. Creo que este último punto va a ser resuelto satisfactoriamente de un momento a otro, al menos así lo esperamos, ya que hace algunos días hemos enviado a nuestras similares mexicanas unos proyectos de contratos de reciprocidad y unos documentos tendientes a liquidar la situación que ha venido subsistiendo hasta ahora. El que los autores españoles no envíen ejemplares de sus obras a ese país, es consecuencia de esta situación. Temen, lógicamente, que éstas se representen y que no abonen los derechos, como en general ha venido sucediendo hasta ahora.

No compensa que se vendan unos ejemplares en las librerías, si después la obra se hace, y no se pagan los derechos, como digo. Quisiéramos que la producción teatral española llegara a México con la misma facilidad que a Barcelona, aunque no ha de ocultársele que por las dificultades para la consecución del papel y carestía de éste, se han restringido mucho las ediciones de obras de teatro. Sin embargo, ahora mismo se han iniciado dos publicaciones: una que se titula Proscenio, y otra Colección Teatro... Calculo que todo se resolverá si por fin llegamos a un acuerdo con los autores mexicanos. Entonces se podrán establecer condiciones para la utilización de nuestro repertorio", etcétera.

Todo se conjura contra el teatro español contemporáneo que, ya quedamos y estamos de acuerdo en ello, se encuentra en crisis, así sea ésta relativa. Porque España no deja de producir teatro, buenas comedias, excelentes zarzuelas. Esta que ahora se representa en el Ideal, estrenada el sábado 23, es una buena comedia, agradable, divertida, amable, sana y optimista. ¿Se puede pedir más? Los autores no se propusieron otra cosa. "Yo no se cómo es nuestra comedia –dijo antes de su estreno uno de ellos: Juan Ignacio Luca de Tena; el otro, Miguel de Cuesta, acababa de fallecer–, pero sé cómo la hemos querido: amena, ingeniosa y, sobre todo, humana. Su acción no transcurre en nuestros días sino hace unos pocos años: cuando la universidad de verano de Santander estaba instalada en el palacio de la Magdalena y era conocida por los montañeses con el gracioso apodo de La Madelón. Precisamente, un joven e ilustre profesor de La Madelón, algo estrafalario, y dos alumnas suyas, una española y norteamericana la otra, son los principales personajes de Dos mujeres a las nueve.

La comedia de que vengo ocupándome, estrenada en Madrid durante la temporada de 1949, obtuvo el Premio Nacional de Teatro correspondiente a ese año, y fue representada en toda España, y ya es de repertorio. Es una comedia entretenida, deliciosa a ratos, y muy bien hecha. Los autores saben lo que quieren en el primer acto, y van hasta donde se propusieron llegar a través de los actos segundo y tercero. En las buenas comedias, se ha dicho muchas veces, no tiene importancia lo que ocurre; lo esencial y de mérito es cómo ocurre. En Dos mujeres a las nueve el espectador, si no está atacado del mal del día, el "miserabilismo", o sólo va al teatro para sentirse empatado, se interesa por la trama de Dos mujeres a las nueve, y se deleita con un diálogo fácil, ingenioso y amable; "bien cortado", como se decía antes de los diálogos fulgurantes, sorpresivos de Camus o Sartre. Un diálogo a lo Birabeau o a lo Coward, para que escaseen los ejemplos.

La compañía de Carlos Lavergne –hay que hacerle justicia a este incurable enfermo de teatro, que siempre hizo lo que sigue haciendo: su capricho– no logra, ni con mucho, una buena interpretación de Dos mujeres a las nueve. Jambrina, excelente actor, está fuera de edad y de tipo, aunque lo saca bien. Isabelita Blanch continúa tan en ella, que no hay propiamente personaje para ella. Es ella, y nada más que ella, y a todo lo que hace le imprime un ajeno matiz de comicidad, a lo característica de comedias de Luis Vargas. Las "dos mujeres a las nueve", Angelines Fernández y Rosario Gálvez, ponderadas. Mal camino el que ha elegido Luis Pelayo si se empeña en seguir el que durante treinta años recorrió Isabelita. Ya ve adónde la ha llevado. La escena estuvo bien puesta, y la dirección de Duprez, como la interpretación en general, discreta.