FICHA TÉCNICA



Título obra Aguas Estancadas

Autoría Rodolfo Usigli

Dirección Luis G. Basurto

Elenco Virgina Manzano, Prudencia Grifell, Ferriz, Fernando Mendoza, Navarro, Héctor López Portillo y Rojas, José Luis Jiménez, Emma Fink, Luz María Núñez, Esperanza de lLlano, Ema Grissé

Escenografía Antonio Ruiz (El Corcito)

Notas de escenografía Roldofo Galván y Magín Banda / realización

Espacios teatrales Teatro Colón

Referencia Armando de Maria y Campos, “Inauguración de la temporada de la Unión Nacional de autores con Aguas Estancadas, nueva pieza de Rodolfo Usigli”, en Novedades, 24 enero 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Inauguración de la temporada de la Unión Nacional de autores con Aguas estancadas, nueva pieza de Rodolfo Usigli

Armando de Maria y Campos

La Unión Mexicana de Autores eligió para inaugurar su segunda temporada, ahora en el teatro Colón, una pieza inédita de Rodolfo Usigli. A tal señor, tal honor... Aguas estancadas, pieza en tres actos, el segundo dividido en dos cuadros, subió por derecho propio al escenario oficial de los autores entre los que Usigli ocupa uno de los primeros lugares, tal vez el primero, si nos atenemos a la continuidad y calidad de sus triunfos de público, de crítica y de taquilla.

Aguas estancadas es otra gran pieza de Usigli, distinta en estilo, en técnica y en tesis a El gesticulador, Corona de sombra, Medio tono, Otra primavera, El niño y la niebla o Los fugitivos, que cito rompiendo deliberadamente el orden cronológico en que fueron escritas o estrenadas, porque para el conjunto de una labor larga y profunda las fechas sólo cuentan como dato curioso o estadístico. ¡Qué importa que Aguas estancadas esté fechada en 1936 o 38, que haya sido escrita –como me han dicho usiglistas enterados– para Dolores del Río, cuando nuestra gran actriz fílmica sufrió al retornar a su patria la fascinación del palco escénico! Lo que ahora cuenta, es la calidad permanente que ha permitido que el público la encuentre sin edad, fresca y nueva como la mañana, que es distinta cada vez que la despiertan los rayos del sol.

Naturalismo y fantasía, realidad mexicana e imaginación, verdad y fábula, Aguas estancadas revela a un Usigli distinto al de Noche de estío o de La familia cena en casa. Igual maestría que cualquiera de ellas, dominio de la técnica, seguridad en la frase gráfica y exacta que va tejiendo un diálogo veraz, naturalista cuando hace falta, hechizado por la imaginación cuando el autor quiera jugar con la poesía que todo personaje potencial lleve dentro. Aguas estancadas tiene un primer acto naturalista más que realista, mexicano en su médula, y otros dos –que podían ser una comedia ajena al acto inicial y completa en su aristotélica concepción–, novelescos y melodramáticos, sin antecedentes notorios en el teatro nuestro mexicano. Toda la pieza de Usigli es de Usigli. Quiero decir con esto, que las influencias lejanas –Strindberg, Zolá, Lenormand– apenas si proyectan una pálida, transparente sombra en los personajes de Aguas estancadas. A veces parece que durante la segunda parte de esta pieza, cruza la escena el espíritu burlón y atormentado de Pirandello. Pero no dura la proyección más que un instantáneo parpadeo. En seguida se aparece Usigli, el diálogo de Usigli, directo, certero, eficaz, que define y centra al personaje con la palabras precisas para formar la frase exacta, cargada de emoción, de ironía y de verdad.

Usigli, que no crea arquetipos, sino ambientes, logra crear dos bien distintos en esta obra: el naturalista del primer acto, y el novelesco, freudiano y sorpresivo, del resto, es decir, de la otra obra. Porque para mí, Aguas estancadas está formada por dos piezas; perfecta la que se da como primer acto, admirable por la naturalidad y originalidad de sus recursos teatrales en que Usigli no tiene rival en lengua castellana, la de la segunda parte, o sean los dos actos restantes. Nervioso, amargo y sombrío, Usigli liga con un pretexto novelesco las dos porciones distintas de su obra, y logra una unidad espectacular y emocionante, teatral como cualquiera de las mejores piezas de Sardou, el gran constructor de efectos y sorpresas que sacudían al más indiferente de los espectadores, habilidad que Anouilh ha sabido recoger en Francia en el mismo instante en que Lenormand se sentaba fatigado a descansar al borde del camino, y que ahora Usigli mantiene en alto, antorcha que pasa de mano en mano, como en los juegos olímpicos de ayer, iluminándolo todo a su alrededor.

Ese primer acto, que estimo perfecto, reproduce un jirón de un hogar nuestro de la clase media de gráfico modo perfecto. La protagonista, una muchacha mexicana que con su trabajo de mecanógrafa sostiene a su padre... "porfirista", a su hermano cínico y feminoide, vago por añadidura, y a su madre, sufrida e incapaz, tonta en una palabra, se convierte, gracias al Aviso Oportuno o cosa así, en una heroína de novela lorrainana –¿os acordáis de El vicio errante o de Monsieur de Phocas– o de cuento pirandelliano; se cambia de clima: del naturalismo puro pasamos al psicologismo freudiano... Vamos de sorpresa en sorpresa, pero Usigli no deja de ser Usigli. Crea a sus personajes, no importa lo subjetivos que sean, de un sólo trazo; los define con una sola frase; les da vida en una escena, como la primera de la ama de llaves del paranoico don Arturo Arvide, y los lleva y los trae a su antojo, y todo con naturalidad, desparpajo audaz y maestría tales, que rinden al más escéptico. No sé si Aguas estancadas será pieza que guste y entienda el gran público, pero sea o no grata a la taquilla, ningún espectador responsable dejará de preocuparse durante el primer acto, de interesarse y apasionarse con los otros dos.

Virginia Manzano lleva el peso de la obra, y logra lo que precisa un personaje tan difícil como es Sara: dos interpretaciones distintas, tan meritorias ambas que no sabe uno con cuál quedarse. Yo me quedo con las dos, y así le hago justicia. Compuso un tipo prodigioso de aliento dramático, naturalidad, sobriedad, emoción y buen arte escénico. Ni por un momento se desvió de la línea querida por el papel, consiguiendo con su acertada colocación su vigor dramático, su delicadeza y el hábil juego de matizar los contrastes, efectos verdaderamente notables. Doña Prudencia Griffel creó un gran tipo en su episódica sirviente, lo mismo que Ferriz en su padre reaccionario. Fernando Mendoza tiene de todo: dignidad y soltura, confusión al manifestar la rara psicosis del personaje y exceso de nervios muchos pasajes [sic]. Discreto, Navarro en su novio pobretón, y sobreactuado López Portillo en el hermano vago y cínico de Sara. José Luis Jiménez cargó con un verdadero hueso, el doctor de casa y mesa del freudiano protagonista, sin embargo, salió airoso. El resto –Ema Finck, Luz María Núñez, Esperanza del Llano, Ema Grissé–, discreto y sobrio en general. La dirección escénica de Luis G. Basurto muy estimable, y la escenografía –bocetos de Antonio Ruiz, ejecutados por Galván y Banda–, seguramente como la pide el autor, excelentes; para mi gusto, más propia y bella la decoración del primer acto.

La noche del estreno el público reclamó varias veces la presencia de Usigli en el proscenio y cuando lo tuvo enfrente, lo aplaudió con emoción y cariño en unión de los actores.