FICHA TÉCNICA



Título obra Máter Imperátrix

Autoría Jacinto Benavente

Elenco Ana María Blanch, Francisco Jambrina, Jesús Valero, Miguel Maciá, Angelines Fernández, María Grifell, Luis Pelayo

Espacios teatrales Teatro Ideal

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de Máter Imperátrix de Jacinto Benavente, en el teatro Ideal”, en Novedades, 15 enero 1952.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de Máter Imperátrix de Jacinto Benavente, en el teatro Ideal

Armando de Maria y Campos

Hasta hace pocos años un estreno de Benavente era entre nosotros un auténtico acontecimiento teatral. Las cosas han cambiado mucho estos últimos tiempos, y ahora un estreno de Benavente en México pasa punto menos que inadvertido. La primera representación en el Ideal de Máter Imperátrix que debió ser noche de gala, no llegó a congregar en la salita del teatro de Dolores a un centenar de personas. ¡Qué pena! Y qué vergüenza, también. Porque el teatro de Benavente no se niega ni en España, ni fuera de ella. Como el de Lope, pongamos por ejemplo de vitalidad extraordinaria, de fecundidad asombrosa. Y de calidad, de suprema calidad.

Cumplidos los ochenta y cinco años, Benavente estrenó casi en una misma temporada –cuatro en 1950, una en 1951– cinco producciones escénicas: Al amor hay que mandarle al colegio, 20 de septiembre de 1950; Su amante esposa, 20 de octubre del mismo año; Tú, una vez, y el diablo, diez, 23 del mismo mes y año; Máter Imperátrix, 29 de noviembre del propio año, y La vida en verso, 10 de noviembre de 1951. Algunas de estas cinco aún permanecen en cartel en los teatros de Madrid y de provincias españolas; las cinco han sido ya estrenadas en Buenos Aires. No obstante que ahora, más que nunca, se discute a Benavente, las cinco piezas últimas –dos comedietas, una comedia, dos comedias dramáticas–, el público acude a oír al gran autor, seguro de su maestría, de su ingenio, de su malicia, de su frescura. Todas las cinco obras cuyos títulos he mencionado han alcanzado éxito, pero el de Máter Imperátix, escrita a la medida de la gran actriz argentina Lola Membrives, ha sido clamoroso. La dirección escénica del teatro Ideal, que por excepción se fija en obras españolas de calidad, eligió ésta para darle –¡al fin!– altura y categoría a su temporada, larga ya de trece meses y sin ningún éxito de estimación.

Hace poco, don Jacinto Benavente recibió en Madrid la Medalla de oro del Trabajo que el ministro de Educación del Estado español le entregó en solemnísimo acto. Don Jacinto, más menudo cada día, con la barbita que un día pudo parecer mefistofélica, apaciguada ya por la nieve de los años, con la mirada irónica, donde dormita el fuego juvenil, y la nariz ganchuda, que exterioriza su espíritu aquilino, dijo: "Yo hubiera querido ser actor; pero ya que no pude ser intérprete, vine a ser autor, y en las mudanzas del tiempo, sigo flotando en el teatro". No fue, es verdad, actor, pero sí intérprete, y qué intérprete, no de comedias ajenas, sino del sentir de su tiempo, del palpitar de cada hora, de todos los problemas de su época –desde que en 1848 se estrenó El nido ajeno–; de todas las pasiones de los hombres, y de las mujeres particularmente, con las que le tocó en suerte convivir.

Máter Imperátrix es un soberbio, un conmovedor y encendido canto a la maternidad, tema que ya había tratado antes, en Más fuerte que el amor, hace treinta o cuarenta años; ahora reincide con una maestría que sólo se alcanza al final de una cosecha acendrada por la experiencia material y la del espíritu. Ahora sitúa un problema dramático de la madre –Máter, así... en hebreo–, que es pasión y violencia, resignación y amor del más puro, en un hogar de judíos que han plantado su nido en cualquier lugar del mundo donde no se les persiga. La tristísima existencia de las gentes de Israel que van de país en país, siempre sufriendo persecuciones e incomprensiones, le da al maestro Benavente los personajes, todos humanos, entre los que no hay ni el héroe tradicional, ni el villano o traidor indispensable en todo drama. Qué pulso sereno de escritor, y de autor maestro, se necesita para llevar viva y apasionante una acción sin acción, salpicada de monólogos, y que, sin embargo, retiene y encauza la atención del espectador a voluntad del autor. Débora Levyson, mujer hebrea, es otra gran figura benaventina incorporada a la extraordinaria galería de mujeres creadas por don Jacinto: Imperia, Raimunda, Pepa Doncel, señora Ama... Máter Imperátrix es una gran comedia dramática, en la que nada, ni una escena, ni una frase, ni una palabra, está de más. Todo es justo, todo es lógico, porque todo tiene razón, porque nada ocurre en escena, y pasa muy poco en toda la obra, que no sea el resultado del tremendo suceso que vivieron antes los hijos de Débora Levyson, y que viene a desenlazarse en los tres actos de esta comedia perfecta. Pero aun cuando así no fuera, el hallazgo de Débora Levyson –madre emperatriz– y el de la señora Mendel, personaje episódico, transido de ternura, humanismo –y qué israelita–, bastaría para que esta comedia dramática quedara entre las mejores y las más humanas creaciones del autor de Malquerida.

Es indudable que la compañía del Ideal no está conjuntada, ni preparada para interpretar la comedia benaventina. En la compañía que encabeza Ana María Blanch figuran excelentes actores: Jambrina, Valero, Maciá, y una muy estimable actriz, Angelines Fernández. Sin embargo, Máter Imperátrix no alcanzó siquiera una interpretación estimable. Es mucho autor Benavente y mucha esta obra suya, para actores que –toda regla tiene excepción– se han dejado arrastrar por la corriente de lo más fácil y corriente. Digamos sinceramente que la Débora Levyson le viene grande a la buena voluntad de Anita Blanch. Jambrina no está ni en edad, ni en tipo. Angelines Fernández se porta discreta; es verdad que Elsa, su personaje, es el más borroso de todos. La mejor interpretación corresponde a María Grifell, que hizo una Señora Mandel dulce, humanísima, transida de ternura y naturalidad.

El difícil personaje de Isaac fue confiado a un galán de agradable presencia, pero de dicción confusa y opaca, cuyo juvenil temperamento lo hizo caer en arranques gratos al paladar grueso. No he visto actuar antes de ahora al joven Luis Pelayo, al parecer de nacionalidad española, y sólo me atengo a lo que le vi esta noche, perdiéndose en escenas de honda ternura y de tan fácil matiz como aquella en que le recuerda a su madre unos versos de Kipling, clave humana de la obra, que porque los dijo incompletos, y son muy hermosos, conviene cerrar con ellos esta crónica:

Si de la más alta cumbre me colgara,
¡madre mía oh madre mía!,
yo sé bien las pisadas que hasta allí me
seguirían...
¡Las de mi madre, la madre mía!
Si en el mar más profundo me arrojaran,
¡madre mía, oh madre mía!
yo sé bien que lágrimas allí me
llegarían...
¡Las de mi madre, la madre mía!
Si en cuerpo y alma me condenara,
¡madre mía, oh madre mía!,
yo sé bien qué oraciones me salvarían...
¡Las de mi madre, la madre mía!