FICHA TÉCNICA



Notas Anécdota de Enrico Caruso en México

Referencia Armando de Maria y Campos, “Caruso en México. Canta en México en su beneficio la ópera Pagliacci”, en Novedades, 8 noviembre 1951.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Caruso en México. Canta en México en su beneficio la ópera Pagliacci

Armando de Maria y Campos

Razón tenía Caruso para sentir el Canio de Payasos en carne viva. El fue un Canio como hay tantos en la vida de la farándula, y la traición de que fue víctima por una Nedda de la vida real le dejó una herida que no le acabó de cicatrizar jamás. Tenía Caruso veinticuatro años, y el éxito y el amor parecían rendírsele sin pedirle nada a cambio. Por primera vez Payasos en Liburnia, y por rara coincidencia debutó la misma noche, cantando la parte de Nedda, la bellísima Ada Giacchetti-Botti, joven, fogosa, y llena de ambiciones. Caruso se enamoró pérdidamente de la peregrina belleza de la Giacchetti, y tuvo la fortuna de que su loca, desbordada pasión, fuera correspondida.

Ada y Enrico vivieron juntos, pero no llegaron a casarse nunca; quién sabe qué impedimentos estorbarían la unión legítima de Caruso y la Giacchetti, pero lo cierto es que vivieron juntos, tan juntos, que de esa unión naciéronles dos hijos: Fofo y Mimmí. No fue Caruso feliz con Ada, demasiado veleidosa. Caruso sabía que lo traicionaba, y fingía ignorarlo, porque el amor, cuando no quiere ver, no ve nada. Apenas pudo, compró en Londres una casa de campo para Ada y los niños. Caruso seguía profundamente enamorado de la bella cantante. Una vez... –como en las narraciones inverosímiles– tuvo Caruso que abandonar Europa para cantar en Sudamérica, y antes estuvo en Londres con Ada y los niños. Firmó contrato para cantar en Londres a su regreso, y eligió Payasos para debutar. Ada volvería a cantar, y sería, claro, la Nedda. Regresó Caruso a Londres, más rico y más famoso, pero la Giacchetti no estaba ya. Había desaparecido, llevándose a los niños, sin dejar huella ni pista. Unas líneas secas y frías, en las que le revelaba a Caruso que no le importaba ya nada, y que jamás regresaría a su lado. Caruso sintió que el corazón se le quebraba dentro del pecho. Puso cables a todas partes del mundo donde creía refugiada a Ada con los niños. No recibió respuestas. Su fiel criado Martino, reveló después que Caruso intentó arrancarse la vida; se volvió huraño, ni recibía a nadie, ni cruzaba palabra con nadie. Martino le seguía a todas partes, ambos en silencio. Llegó a dormir en el umbral de la alcoba del napolitano enloquecido.

Sin embargo, había que cantar. Londres esperaba con impaciente entusiasmo oírle Payasos... Cruel ironía del destino. Caruso salió tragándose las lágrimas a cantar la tragedia de Canio, que era su propia tragedia. La crítica londinense creyó encontrar en Caruso "una nueva voz", y dijo que esa noche el gran intérprete de Payasos de Leoncavallo, "se había revelado como tenor dramático y un trágico del bel canto". Y tuvo razón. El propio Caruso refirió a su esposa Doro cómo esta tragedia había ensombrecido su existencia. "Sufro mucho en esta vida, Doro. De ahí el sentimiento que en los públicos despierto cuando canto; por eso lloran. La gente que en esta vida no siente, no puede cantar. Cierta vez me afligió un enorme sufrimiento, y de él nació una nueva voz. Esto me sucedió en Londres. Estaba yo solo, si exceptúo* [...] que cantar Pagliacci, que ya había cantado durante varios años; pero aquella noche fue diferente... aquella noche me transformé en algo más que en un buen cantante".

Desde aquella noche, Caruso no había vuelto a cantar Pagliacci. Sentiría que el cariño de los mexicanos ponía un bálsamo de olvido en su vieja cicatriz, porque accedió a que Payasos figurara en su serata d'onore, que se verificó la noche del 23 de octubre de 1919. Conviene referir cómo fue el programa antes de llegar a la versión que de él hizo Caruso en su carta crónica a Dorothy.

El programa tuvo dos partes, una de concierto, y la otra con la representación de Pagliacci. El acto de concierto fue el siguiente: 1o. Sinfonía de Vísperas sicilianas de Verdi, por la orquesta que dirigió el maestro Pappi. 2o. El "largo" de El barbero de Sevilla de Rossini, por Augusto Ordóñez. 3o. Aria "del delirio", de Lucía de Donizzeti, por Ada Navarrete de Carrasco, 4o. "La mamma morta", de Andrea Chenier de Giordano, por María Luisa Escobar, 5o. "A te questo rosario", de Gioconda, por Gabriella Bezannzoni. 6o. Dúo del segundo acto de la misma ópera por la Escobar y la Bezannzoni, y 7o. "Himno al Sol", de la ópera Iris, por los coros. El acto de concierto no gustó, pero el público lo soportó benévolo, porque enseguida Caruso cantaría Payasos, con la mexicana María Teresa Santillán, en Nedda, que se veía preciosa, y con Augusto Ordóñez en el Tonio.

Conviene insistir en estos detalles biográficos de la vida extraordinaria del primer tenor de este siglo, para rectificar necesariamente, aunque sea en parte, la absurda y pintoresca "vida" que los productores de Hollywood le han fabricado a Caruso, que exhiben en todos los cines de América y tendrán el valor de hacerlo también en Italia, tal vez en el propio Nápoles que vio nacer al inolvidable tenor. La Metro Goldwyn Mayer es capaz de esto, y de más, porque se atreve a todo, y, si hace falta, ¡en tecnicolor!

Caruso fechó el 25 de octubre la carta que le escribió a su esposa a Nueva York, refiriéndole cómo se desarrolló aquella noche indeleble en el recuerdo de México.

"Mi querídisima Doro: ¡Cuánto siento no haberte escrito ayer! Empezaré desde la representación de Pagliacci. A las 8 p.m. bajé de mi automóvil a la entrada del teatro y vi que el frontispicio tenía adorno floral...

Pero... el espacio periodístico se acaba. Continuaré transcribiendo esta carta en fecha próxima.


Notas

* Tal parece que el duende de la tipografía se hizo presente, porque faltan algunas palabras. Desafortunadamente, también, no se publicó la continuación de esta crónica.