FICHA TÉCNICA



Título obra Electra

Notas de Título Mourning becomes Electra (título en el idioma original)

Autoría Eugene O´Neill

Notas de autoría Víctor O. Moya

Dirección Víctor O. Moya

Elenco Nadia Haro Oliva, María Douglas (Mary), Raúl Meraz, Ignacio Navarro, Manuel Zozaya

Escenografía Julio Prieto, Antonio López Mancera

Grupos y compañías Teatro Estudio de México

Notas de grupos y compañías Víctor O. Moya

Productores Antonio Haro Oliva y Nadia Haro Oliva

Referencia Armando de Maria y Campos, “Un retazo de la Electra de O'Neill, por el grupo experimental Teatro Estudio de México”, en Novedades, 18 octubre 1951.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Un retazo de la Electra de O'Neill, por el grupo experimental Teatro Estudio de México

Armando de Maria y Campos

El Teatro Estudio de México, que dirige y animan, respectivamente, Víctor O. Moya y los esposos Antonio y Nadia Haro Oliva, se ha atrevido, valientemente, a representar una parte –la primera– de la trilogía de Eugenio O'Neill Mourning becomes Electra, tragedia de intensidad teatral, de fuerte realismo, colmada de asesinato, suicidio y sugerencias de incesto, una de las más interesantes concepciones teatrales de O'Neill, quien trabajó en ella escribiéndola y reescribiéndola cerca de tres años, y que al ser representada en Broadway en 1931, íntegra –trece actos que duran siete horas–, fue aclamada como obra excepcional de austera belleza.

No es esta la primera vez que una parte de la trilogía de O'Neill es presentada al público de México. En 1950 –15 de junio–, otro esforzado grupo experimental, el llamado Teatro de Arte de México, representó en la sala Guimerá la tercera parte de Mourning becomes Electra, a decir verdad, sin fortuna. Entonces, la interpretación se centró en la incipiente actriz dramática Lola Bravo.

La fuerza dramática de la Electra de O'Neill, su acción cargada de realismo; propiamente, sus dos acciones una, la externa de los personajes; la otra, la interior, subyacente, del sino, que va trazando implacablemente su rumbo de odio y crimen a través de las almas, requieren intérpretes de auténtica, honda y profunda dimensión trágica. Con ocasión de su estreno en Nueva York, fue discutida, aceptada al fin como obra maestra, pero pocas veces alcanza con éxito la representación íntegra, o en partes. Quince años después de su estreno teatral fue llevada a la pantalla con Rosalind Rusell –en Lavinia–, Katina Paxinau –en la madre–, Michel Redgrave, Leo Genn... todos grandes intérpretes de la pantalla, a la altura de sus papeles. No gustó la versión fílmica, por lo menos al público mayoritario. Pocas películas recordamos haber visto tan desgarradoras, tan crueles, tan amargas, y ¡tan difíciles de interpretar!

No está de más recordar los antecedentes de la tragedia de O'Neill –que vista a distancia de la fecha de su estreno, veinte años nada menos, nos parece que su arquitectura no es tan perfecta como se creyó; su concepción, ambiciosa y todo, maestra entonces, no alcanza ahora la cumbre inmarcesible del genio. Es conocida la leyenda de Electra, hija de Agamenón y Clitemnestra, hermana de Orestes e Ifigenia. Cuando Clitemnestra mató a su esposo –¿quién no lo sabe?– Electra evitó que Orestes corriera la misma suerte de su padre, buscándole refugio al lado del rey Estrofio. Los infortunios y venganza de la hija de Agamenón sirvieron de tema a la literatura clásica griega para alguna de sus mejores producciones, transmitiéndose, lógicamente, a las otras literaturas. Esquilo compuso con elementos esenciales de la mitológica leyenda su pieza Las Coéforas, que superó Sófocles con su Electra, ya profundamente original en la concepción de la tragedia de Electra, personaje secundario en Esquilo. Una sombría majestad da vida desde hace siglos a la pieza de Sófocles, cuyo valor excepcional reside en la concepción humana del personaje, dejando adivinar en su Electra las virtudes más excelsas de la mujer ya que el odio y excitación en que vive son propios tan sólo en su estado excepcional. Eurípides también trató el mismo tema, tomándolo de Esquilo y de Sófocles. No se conserva ninguna Electra latina, pus es sabido que se perdieron las de Quinto Cicerón –hermano del orador– y Attilio. En 1709 surge una Electra casi moderna, y ya no cesa de aparecer en la escena europea la trágica figura; éstas son las Electras más importantes: Longepierre (1719), Pradon (1767), Dubois de Rochefort (1782), Chenier, hermano del gran poeta lírico (1872); ese mismo año, Guillard estrenó una Electra, con música de Leymone. Este caso musical llevó a Halévy a componer, casi un siglo después, una ópera con el mismo asunto, sin éxito, precursora de la ópera Electra de Strauss, que ahora canta en Buenos Aires Christel Golz. Dumas, el padre, el caudaloso Dumas, compuso una tragedia, Orestes, cuyo segundo acto, llamado Electra, sigue a Sófocles y a Esquilo. Modernamente, el español Benito Pérez Galdós estrenó en 1901 un drama titulado Electra, que nada tiene que ver con las Electras clásicas, y, también en este siglo, el alemán Hugo de Hofmannsthal compuso una Electra con situaciones de Sófocles; traducida al catalán por Joaquín Peña, y de éste al castellano por Eduardo Marquina, la estrenó Margarita Xirgu en Madrid en 1914, quien la representó en México, en Chapultepec, al aire libre, en 1921. Unamuno compuso otra Electra, que se representó en el anfiteatro romano de Mérida, España, durante la República. Recientemente, el poeta gaditano Pemán ha estrenado en Madrid una Electra de concepción católica. O'Neill se basó en la trilogía La Orestiada de Esquilo, para componer su Electra, enlutada, modernizándola, situando la acción en un estado de la Nueva Inglaterra, durante la guerra de Secesión. Ya hemos visto con qué éxito al principio, rebajado conforme la obra resiente la acción el tiempo implacable y nivelador. ¿Qué oculta y generosa ambición llevó al grupo de Víctor Moya a interpretar obra tan difícil e ingrata? Indudablemente que Nadia de Haro Oliva no logra entrar en el trágico personaje, por su temperamento, desde luego, que por fino, frágil, frívolo y transparente es la antítesis del sombrío y profundo, dramático y hondo que precisa una actriz para encarnar el de Sófocles. Luego, su dicción –la joven actriz es de origen francés– reduce más sus posibilidades. Recuérdese que la trágica siciliana Mimí Aguglia dejó de serlo cuando actuó en castellano, porque el cambio de idioma embridó su excepcional, encabritado temperamento. No es propiamente un elogio, ni puede ser tampoco un juicio, afirmar que la señora de Haro Olvia estuvo fina, frágil, exquisita, en la sombría Cristina Mannón o'neilliana; pero es de justicia decirlo.

La joven actriz María Douglas se encargo de Lavinia, personaje central de la Electra norteamericana. Más hecha que cualquier otro elemento del grupo de Moya, tuvo, necesariamente, que destacar, y también por su impulsivo temperamento, por su rica voz, conmovedora en su registro bajo, no así en sus movimientos, que como los de Nadia Haro Oliva, sugerían un ritmo de ballet; no faltó espectador que recordara, por cierta semejanza en el vestuario de las actrices, los movimientos del ballet La pavana de moro, recientemente puesta en ese escenario por el bailarín José Limón, cuyas faldas flotaban como flores a punto de deshojarse sobre la corriente embravecida de las pasiones de la familia Mannon. El resto del reparto –Raúl Meraz, Ignacio Navarro, Manuel Zozaya, etc., etc.– muy seguro en general, y, desde luego, discreto para obra tan difícil y ambiciosa.

La escenografía de Prieto y López Mancera sobria y propia, compuesta con cortinas y trastos, adaptable al gran escenario del Bellas Artes y al del auditorio en que seguirán las representaciones. La dirección muy acuciosa en sus detalles, estuvo a cargo del director del grupo, Víctor Moya, a quien también se debe la traducción que escuchamos.