FICHA TÉCNICA



Título obra Cristobal Colón

Autoría Fernando Benítez

Dirección Enrique Ruelas

Elenco Miguel Ángel Ferriz

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Eventos IV Centenario de la Universidad de México

Productores Julio Prieto

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de Cristobal Colón, misterio en un prólogo y cinco escenas, de Fernando Benítez, en el teatro de las Bellas Artes, en ocasion del IV Centenario de la Universidad de México”, en Novedades, 29 septiembre 1951.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de Cristóbal Colón, misterio en un prólogo y cinco escenas, de Fernando Benítez, en el teatro de las Bellas Artes, en ocasión del IV Centenario de la Universidad de México

Armando de Maria y Campos

Consignemos, ante todo, el triunfo personal de Fernando Benítez al lograr que su primera pieza de teatro subiera al escenario del Palacio de las Bellas Artes en función solemne y extraordinaria, con la cooperación y colaboración de destacados valores artísticos que le dieron extraordinario relieve a su aventura teatral, llevada a término con fe, entusiasmo y valor. La Universidad Nacional Autónoma de México, en ocasión de su IV Centenario, patrocinó una temporada de teatro universitario para presentar el "misterio en un prólogo y cinco actos" de Fernando Benítez, Cristóbal Colón.

Fernando Benítez llega por primera vez ante las deslumbrantes y tentadoras candilejas en plena madurez literaria. Juzgue el lector por la ficha de este escritor, que nunca mejor que ahora debe quedar consignada al lado de esta singular efemérides de teatro auspiciado por nuestra máxima institución de cultura: "Hace apenas tres años F.B. abandonó el periodismo activo dedicándose a la literatura. Autor de un libro de cuentos: Caballo y Dios, y de diversos ensayos, no fue sino hasta 1950 cuando empezó a ser reconocido del gran público con La ruta de Hernán Cortés, recientemente traducida al idioma inglés. Colaborador de Cuadernos Americanos, becario de El Colegio de México –institución para la cual está a punto de terminar La vida criolla en el siglo XVI– actualmente se halla encargado con Miguel Prieto del magnífico suplemento "México en la Cultura" del diario Novedades que con el suplemento de El Nacional, fundado por él, han creado dentro de la prensa diaria condiciones antes desconocidas a la difusión de la cultura nacional".

El autor de Cristóbal Colón no había escrito antes de esta obra nada absolutamente de teatro, mejor dicho, para el teatro. Benítez ha confesado que la figura de Cristóbal Colón hace mucho tiempo la arrastraba consigo y que alguna vez estuvo a punto de dedicarle un capítulo de su libro La ruta de Hernán Cortés. No fue así, y sin saber cómo algún día se encontró entregado a la tarea de escribir una pieza sobre Colón, desconociendo enteramente los recursos y la técnica teatrales; sin intentar desentrañarlos compuso la pieza que denominó "misterio", acaso recordando que Claudel también había escrito un "misterio" escénico musical sobre la extraordinaria aventura del descubrimiento de este continente. No quiso Benítez adulterar los hechos, y conservándolos con escrupulosa –tal vez excesiva– fidelidad, se sacó del magín un relato teatral poético y realista al mismo tiempo, histórico y aún erudito, simbólico y apasionado. Precavido como escritor ensayista, Benítez imprimió su pieza antes de ofrecerla al público desde el escenario, tal como le salió de su pluma, sin cortes ni enmiendas que fueron indispensables para su representación. A mí me gusta más y me satisface ampliamente como lectura –teatro para leer–, que representada, no obstante los elementos excepcionales con que se contó para su postura escénica, o precisamente por eso, por exceso de elementos de presentación, de escenografía para ser más claro, que avanzan y se imponen de tal manera en el escenario, que dejan la pieza en un lamentable segundo término.

La intriga en el teatro es fundamental. Sin intriga no hay comedia, ni sainete, ni... misterio. La aceptación de la intriga es como un convenio tácito entre el autor y el público. En el Cristóbal Colón de Benítez no hay intriga. La aventura de Colón, la vida misma de Colón, sin simbolismos ni interpretaciones, sin pensar que en la epopeya del Gran Almirante alienta el mundo de la Edad Media y el mundo del Renacimiento, sin imaginar a Colón soberbio e iluminado, creyendo haber hallado la ruta del paraíso terrenal, es tan compleja y exige espacios tan dilatados, que el simple escenario teatral le resulta estrecho, demasiado convencional. No estuvo equivocado Menéndez Pelayo al observar que todo intento de llevar a la escena la figura de Cristóbal Colón había fracasado, por falta de intriga. Pero para la imaginación, muy erudita por cierto, de Benítez, no hay obstáculo material que no se salte a la torera, valiente y pinturero. El primero, alto y peligroso, las unidades clásicas de Aristóteles para la tragedia: unidad de acción, unidad de tiempo, unidad de lugar. Víctor Hugo, en el prólogo de su drama Cromwell protestó en parte contra las unidades famosas, sobre todo la unidad de tiempo, la que para nada tiene en cuenta, y hace bien, Benítez, porque con el cine y la radiofonía cada vez cuenta menos. Sin intriga, rompiendo las unidades aristotélicas, desbordando fantasía y filosofía, acomodando para su bien y para bien de Colón, frases y pensamientos de Leopardi y Valery, y aun de Dante, Benítez compuso una audaz y desconcertante pieza de teatro, que se sale del escenario en busca de un público de excepción, lo que en parte logró la noche de su estreno, por el auditorio excepcional que llenó totalmente la sala, escuchó con interés de aula cuanto se dice en la obra, se maravilló de la postura escénica, adobada con música de la época, del mexicano Sandi, del español Halffter y aun del ruso Stravinsky, y aplaudió con calor al final.

La postura escénica a cargo de Julio Prieto, como productor y escenógrafo, y de Enrique Ruelas, como director, merecen párrafo aparte. Muy bella, a ratos deslumbrante, la escenografía de Prieto, pero en verdad excesiva, porque deja en segundo lugar la acción, los personajes, la obra misma, a la que sacrifica, como en las escenas del prólogo, "en el Puerto de Palos", embarullando, dificultando los movimientos de los actores, o reduciendo hasta lo imposible el área para la acción en las escenas "a bordo del Santa María", no obstante que se usaron tres planos para hacer subir y bajar a los personajes. Magnífica la concepción del paraíso terrenal, y de gran escenógrafo teatral la luminosa plaza de la Isla de Santo Domingo. En cuanto a la dirección del señor Ruelas, insegura, confusa, embarullada, nos tuvo con el alma en un hilo. Evidentemente el señor Ruelas aún no está maduro para estos ambiciosos empeños.

La interpretación por actores aficionados, algunos de ellos universitarios, mediocre. Muy pocos son los que saben hablar, simplemente hablar, y menos los que poseen seguridad en la actuación. Podría calificarse de confusa en general la interpretación del Cristóbal Colón, resultado de una dirección indecisa. Dicho sea lo dicho con leal sinceridad, haciendo excepción del gran actor mexicano Miguel Ángel Ferriz en el Colón, seguro siempre, aunque frío, y aun gris en muchos pasajes. Sus mejores momentos se localizan en la escena postrera del cuadro tercero y en el largo soliloquio del acto último.

El autor Benítez fue reclamado al final de la obra, y largamente aplaudido. Cuatro siglos de cultura universitaria lo alentaban en su carrera de escritor teatral. Dijo Goethe refiriéndose al doctor Fausto "A quien se afana en la tarea debemos redimirlo".