FICHA TÉCNICA



Título obra Les vignes du seigneur

Autoría Robert de Flers y Francis de Croisset

Grupos y compañías Compagnie d'art dramatique de l'Institut Français, Les Comédiens de France

Notas de grupos y compañías André Moreau / director

Espacios teatrales Teatro Moliére del Instituto Francés de América Latina

Notas Comentarios de la muerte de Louis Jouvet y la fundación de Les Comédiens de France que presentaron Les vignes du seigneur

Referencia Armando de Maria y Campos, “Donde se vuelve a hablar de Louis Jouvet y de cómo murió, a propósito del estreno de Les vignes du seigneur de Flers y Croisset, en la sala Molière”, en Novedades, 14 septiembre 1951.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Donde se vuelve a hablar de Louis Jouvet y de cómo murió, a propósito del estreno de Les vignes du seigneur de Flers y Croisset, en la sala Molière

Armando de Maria y Campos

Prometí en la anterior croniquilla, dedicada a Les Comédiens de France referirme a los últimos momentos de Louis Jouvet, y como no ha faltado quien me pida que el propósito no se quede en promesa, cumplo lo ofrecido, y aprovecho la ocasión que tengo de referirme al estreno en francés de la deliciosa comedia Les vignes du seigneur de Robert de Flers y Francis de Croisset –6 de septiembre–, también en la sala Molière del Instituto Francés de América Latina.

Jouvet murió en el teatro, para el que vivió casi todos los días de su vida, "Fue el martes por la noche" –refiere el periodista José María Massip, que por razones especiales estuvo cerca de Jouvet hasta minutos antes del fallecimiento–, mientras el actor leía a su compañía la obra de Graham Greene La puissance et la glorie. El lector se detuvo de pronto, y se quedó en suspenso, como en un desmayo. Su voz se apagó y se vio palidecer su rostro sombrío e intenso. Hubo un instante de suspensión y Jouvet se levantó con dificultad. Se acercó a un espejo y dijo: "Tengo la cara extraña; no me reconozco...", y enseguida se desplomó en brazos de los actores que le rodeaban. Era el corazón, la angina de pecho, la obsesión de los últimos años, que le llevaba a preguntar a todos los cardiólogos de París con una ansiedad sorda: "Doctor, ¿no tengo nada en el corazón?" Cuando murió Charles Dullin, su íntimo, Jouvet había dicho a sus amigos, durante aquel entierro: "Yo acabaré como Charles, de una angina en el pecho..."

"El cuarto de trabajo de Jouvet en el mismo teatro que dirigía se convirtió en sala de hospital. Del camerino del actor Pierre Renoir trajeron un diván y ahí se le extendió con órdenes terminantes de no moverse. Pasaron las cuarenta y ocho horas clásicas de la crisis de la angina de pecho. Uno tras otro los tres cardiólogos más reputados de París se turnaron en la vigilancia siguiendo las reacciones del enfermo. Por unas horas (al día siguiente del colapso), después de unas inhalaciones de oxígeno se tuvo la impresión de que Jouvet podía recuperarse. Pero en la noche, sin haber recobrado el conocimiento, el actor tuvo un breve estremecimiento y expiró en brazos de su hijo, y rodeado de unos cuantos íntimos, que llorábamos en silencio, bajo los retratos de Jean Giraudoux y Romain Bouquet y unas acuarelas de Christian Berard.

"Louis Jouvet ha muerto –termina Massip– como había vivido: rodeado de actores, de telones, de electricistas, de bambalinas, de figurantes y de gente de escenario; todo ese mundo que él amó tanto. Y su perro 'Thil', compañero inseparable, a los pies del lecho".

Como se sabe, Jouvet estuvo en México en 1941-1942, con su compañía, y representó: Je vivrai un grand amour de Steve Passeeur; L'annonce faite a Marie de Paul Claudel; Le médicin malgré lui de Molière; L'occasion de Merimée; La belle au bois de Supervielle, y L'Apollon de Marsac de Giraudoux, entre otras. En su compañía venía un gran actor, futuro director, André Moreau, que había de quedarse en México. Me felicito ahora de haber contribuido a que Moreau fijara su residencia en México. En 1945, dirigía la estación radiodifusora XEB, propiedad de la fábrica de cigarros El Buen Tono, S.A., fundada por un francés ilustre, Ernesto Pugibet, y que ahora maneja un francés de origen argentino, Carlos Duprat, por su matrimonio con una hija de Pugibet; convencí a éste de que se establecieran transmisiones de teatro en francés, aprovechando que se hallaban en México algunos elementos de la disuelta compañía de Jouvet, como Moreau, Cambo y Georgina Tissel. Aceptó Duprat, y así nació, en febrero de 1945 el grupo Les Comédiens de France, dirigido, desde entonces, por Moreau.

El quinto espectáculo de la temporada 1951 fue cubierto con el estreno en lengua francesa de Les vignes du seigneur, comedia en tres actos de Roberts de Flers y Francis de Croisset, estrenada en el teatro del Gymnase, de París, en 1923, y en México, en el teatro Ideal, por la compañía de Mercedes Navarro, ese mismo año.

Les vignes du seigneur es una comedia de boulevard, género de comedia tan gustoso para los franceses, que tuvo una larga vida, que empezó a declinar, quién sabe por qué fenómeno, después del año 25 de este siglo, y que ha desaparecido casi totalmente después de la segunda gran guerra. ¿Será porque los norteamericanos que han invadido París dos veces este siglo, no gustan del matiz de la comedia del boulevard? Todo puede ser. La comedia del boulevard nació propiamente durante el Segundo Imperio: en 1865 nacía Pierre Wolff, uno de sus más afortunados cultivadores, aunque con música. Sus padres fueron Halévy y Meilhac, y Wolff su más frívolo y constante seguidor, entre dos siglos, con El secreto Polichinela, Fantoches, Las alas rotas, todas estrenadas por Virginia Fábregas. Un poco antes de Wolff, Abel Hermant, con sus obras Les trasatlantiques, Trenes de lujo, La bella señora Herbert, La semana loca. Otro fundador del teatro del boulevard contemporáneo fue Romain Coolus, que en sus obras Raphael y en El hijo enfermo, escribió muy en serio, situaciones vodevilescas, como años más tarde Maurice Hennequein, cuya deliciosa comedia de boulevard, El timbre de alarma debería ser respuesta. Alfredo Capus hace equilibrios sobre la cuerda floja –en la maroma diríamos muy en mexicano– entre el vaudeville y la comedia de boulevard.

Entonces aparece el marqués Robert de Flers, quien con Anton Armand de Caillavet forma una pareja que, como Halévy y Meilhac en su tiempo, retrata frívola y desenfrenadamente, con gracia, con sprit para decirlo muy en parisiense, el París de sus días. Toda su nómina, toda absolutamente, la hizo Virginia Fábregas, ya en actriz, ya en matrona, como en La loca aventura. De Flers, que fustigó con gracia a la Academia Francesa, fue llamado a sentarse bajo la Cúpula. Caillavet no, porque se le adelantó en el viaje infinito.

Muerto Caillavet, De Flers halló otro colaborador ideal, Francis de Croisset, muy boulevardero en cuanto escribía, desde El que mucho abarca... y Por cortesía, hasta El corazón dispone, Fuego sobre cenizas, El gavilán, La felicidad, señoras, todas hechas en México por Virginia Fábregas, Mercedes Navarro, Julio Taboada, Dora Vila o María Tereza Montoya.

Fue una fortuna para la comedia del boulevard que se encontraran De Flers y Croisset. De su colaboración nacieron piezas finamente parisienses, precisamente cuando los norteamericanos tomaban por primera vez posesión –¿espiritual? ¡no! ¡eso nunca!– de la Ciudad Lux. Una de ellas fue Les vignes du seigneur, que anoche vi hacer muy frívola y exquisitamente a Carole Vernay, Xavier Massé y André Moreau.