FICHA TÉCNICA



Título obra La repétition ou l'amour puni

Autoría Jean Anouilh

Dirección André Moreau

Elenco André Moreau, Lucille Donnay, Carole Vernay, Xavier Massé, Jocelyne Grandval, François Nicolas

Grupos y compañías Compagnie d'art dramatique de l'Institut Français, Les Comédiens de France

Espacios teatrales Teatro Moliére del Instituto Francés de América Latina

Referencia Armando de Maria y Campos, “Donde se frustra hablar de La repétition ou l'amour puni, por Los Comediantes de Francia, para hacerlo de Marivaux y de Jouvet ”, en Novedades, 7 septiembre 1951.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Donde se frustra hablar de La repétition ou l'amour puni, por Los Comediantes de Francia, para hacerlo de Marivaux y de Jouvet

Armando de Maria y Campos

¡Marivaux...! ¡Anouilh...! ¡Jouvet...! Los tres nombres saltan y se enredan, como traviesos bufoncillos, entre las teclas de la Remington, tratando de colgarse de algunas de las ocho letras que sirven de título a esta crónica. Los tres tienen derecho a hacer piruetas, como en la barra de un trapecio, de las que forman la palabra teatro. Se adelanta a Marivaux y a Anouilh, Jouvet; aquéllos son autores, muerto uno hace siglos, vivo el otro, en el candelero de la actualidad teatral; éste, Jouvet, fue intérprete genial de los contemporáneos de Marivaux y de los más brillantes compañeros de la generación de Anouilh; ahora reposa definitivamente, tibia aún su envoltura de farsante, inmóvil su máscara plural.

Durante un intermedio de la primera representación en México, en la sala Molière, de La repétition ou l'amour puni, de Jean Anouilh, por Les Comédiens de France, éstos rindieron un homenaje a la memoria del gran actor Louis Jouvet, de grata memoria entre nosotros, por su muerte acaecida en el teatro de l'Athenée, de París, unos días antes. Así, aquella noche –23 de agosto–, en el teatro Molière mexicano, como ahora en estos renglones, se formaron en fila tres nombres ilustres del teatro francés: Marivaux, Anouilh y Jouvet. ¿Y por qué Marivaux?, se preguntará el lector. Porque también Marivaux estuvo presente, en espíritu como Jouvet, aquella noche, confundido entre los Comediantes de Francia Moreau, Massé, Lucille Donnay, Carole Vernay, Jocelyne Grandval, Nicolas y Bellier, y con el recuerdo de Anouilh que es quien le ha traído de nuevo a la escena de Corneille y de Racine.

Jean Anouilh, que ocupa uno de los primeros puestos en el teatro francés de nuestros días, inquieto, curioso, renovándose en cada obra pero cada vez más joven, se sirvió para su última obra –estrenada en el teatro Margigny, París, el 20 de octubre del año pasado– de varios personajes de una pieza de Marivaux para componer una acción muy antigua y moderna, tan sutilmente ligada al modo de hacer teatro de Marivaux, que en verdad no se sabe dónde empieza un auto y dónde acaba el otro. Le sirve de pretexto a Anouilh para componer su comedia, una deliciosa de Marivaux: La double inconstante, escrita sobre 1723. La comedia de Anouilh tiene como canevá una representación por aficionados aristócratas de la pieza de Marivaux. Los condes organizadores de esta fiesta son muy... digamos, muy franceses, y cada uno lleva a los ensayos a su respectivo amante; los cuatro intervendrán en la representación, pero como faltan personajes, se echa mano de una institutriz joven y bella, que viene a ser una "quinta" en discordia, porque inspira al conde y esposo una pasión tan noble como sincera. La pieza se desarrolla entre ensayos, celos auténticos, el robo de una joya, la llegada de un telegrama, un viaje del conde, la huída de Lucile, la institutriz; un duelo, y tal vez, porque Anouilh deja el final a la imaginación del público, el encuentro definitivo del conde y la institutriz, cuyo amor verdadero se salvará de lo impuro y de la intriga.

El espíritu de Marivaux debe haber guiado la pluma de Anouilh, que con esta comedia deja de ser el autor de las "piezas rosas" o de las "piezas negras", para convertirse en un Marivaux de este siglo por la vivacidad del tema, la animación del diálogo y la elegancia de la composición.

No deja de ser oportuno hablar un poco de Marivaux, autor parisiense por excelencia, nació y murió en París (1688-1763), no importa que durante veinte años viviera en Italia y escribiera para la Comedia italiana. Marivaux compuso treinta comedias, de las cuales once destinó a la Comedia Francesa y veintinueve a la Comedia Italiana. "El tema fundamental de las comedias de Marivaux es el de los contratiempos de amor. El amor se presenta como un sentimiento frívolo, juguetón, elegante, pero con la capacidad de penetrar profundamente en el alma humana. Marivaux sabía penetrar los más impalpables matices emotivos en el amor de sus protagonistas", como Anouilh en la obra inspirada en la del autor de El juego del amor y del azar. Marivaux empleaba un método característico para la composición de sus fábulas: el disfraz. Anouilh lo utiliza en La repétition ou l'amour puni, disfrazando a la institutriz Lucile en la Sylvia marivauxiana. Marivaux no profundizó en sus comedias los contrastes sociales entre nobleza, y burguesía. Con su juego, de disfraces (recuérdese el noble, en El juego del amor y del azar, que disfrazado de lacayo enamora a la criada, y la pide); afirma que el hombre, sin pergaminos ni privilegios sociales, pero poseedor de virtudes personales correspondientes al superior ideal aristocrático, puede en un medio de títulos y privilegios, codearse con cualquiera de igual a igual. Así la institutriz Lucile con el conde de La repétition, de Anouilh. Un biógrafo de Marivaux, Boiadzhiev, dice: "Las comedias de Marivaux están construidas con magistral elegancia; su lenguaje se distingue por la forma galante y la elocuencia de salón, y están compenetradas de la concepción de una vida despreocupada y frívola. Sin embargo, no se refleja en ellas el libertinaje, el desenfreno, la indecencia reinantes en el siglo. Al contrario, traslúcese siempre en ellas el deseo del escritor de introducir la vida frívola en los marcos de la pureza patriarcal". Pues bien: digamos lo mismo de Anouilh, ahora, con motivo de La repétition ou l'amour puni, y estaremos en lo justo.

Mientras se representaba en México a Anouilh, París estaba de duelo por Jouvet, porque –dice un comentarista que presenció los funerales– "las raíces de su fama estaban bien hincadas en el alma del país. La suya no fue la popularidad deslumbrante y breve de un día, sino el respeto difícil y duradero a la obra lenta de una vida dedicada al teatro. Con su silueta alta, rígida, expresiva, su rostro huesudo, su mirada lenta y penetrante, sus manos extraordinarias, su voz cálida y contenida y el aire lejano y triste que a veces envolvía su figura, Jouvet, en el escenario y en la pantalla, no era el actor que desencadena tempestades de admiración, sino el que conquista creyentes en un arte dramático superior, sutil, como una ciencia, practicado como un rito religioso, paladeando el sentido y la música de cada palabra y la cadencia de cada gesto. Aquel intérprete insuperable de Molière había dedicado treinta años de su vida a estudiar, palabra a palabra, y matiz a matiz, la obra del clásico. Era el hombre de teatro perfecto en el escenario y entre bastidores con un concepto total de su misión". Ya sabéis que Jouvet murió en el teatro, casi mientras leía la obra La puissance et la glorie de Graham Greene, que se proponía estrenar este año. Un día relataré todos los detalles de su muerte, porque ahora el tiempo y el papel se acaban y hay que volver a la sala Molière, para rendir un elogio a Moreau por su Héro, a Lucille Donnay por su Condesa, a Carole Vernay –¡chulísima!– por su Hortensia, a Massé por su conde, a Jocelyne Grandval por su Lucile y a Nicolas por su ridículo y qué simpático M. Damiens...