FICHA TÉCNICA



Título obra La culta dama

Autoría Salvador Novo

Dirección Salvador Novo

Elenco Matilde Palou, Emperatriz Carvajal, Beatriz San Martín, Titina Misrachi, Pilar Souza, Rosa María Moreno, Ada Carrasco, Stela Clark, Lonka Baker, Manolo Fábregas, Miguel Ángel Ferriz

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de La culta dama, comedia en tres actos, de Salvador Novo, en Bellas Artes ”, en Novedades, 28 agosto 1951.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de La culta dama, comedia en tres actos, de Salvador Novo, en el Bellas Artes

Armando de Maria y Campos

Las opiniones del crítico –claro que si éste no es dogmático– son susceptibles de variación, como pueden serlo sus impresiones. Una pieza de teatro puede arrancar aplausos durante su primera representación, al calor y emoción de la "premier", y pasada la emoción de dar motivo para un juicio discreto y refrenado. Lo mismo la primera impresión adversa, puede cambiarse en otra más favorable y justiciera. Algo no comprendido durante la primera representación, puede gustar en la segunda, en la tercera, o simplemente, en el sereno recuerdo, horas después de abandonar el teatro. Lo ha dicho un crítico: lo que se ha visto de un modo por la mañana, puede verse de modo diferente por la tarde.

La primera representación de La culta dama, comedia verista en tres actos, de Salvador Novo, en el teatro del Palacio de las Bellas Artes de México, la noche del sábado 25, ha constituido un éxito rotundo de público, que es el éxito que tiene sentido para autor y actores. El público ha actuado de crítico antes que los críticos profesionales. Y esto, en verdad, es lo que importa en el éxito de una pieza de teatro. La culta dama gustará, estoy seguro, a quienes ejercen la crítica –aunque en forma de crónica o comentario– en México. Y también a los críticos que no la ejercen profesionalmente, es decir, a aquellos espectadores que van al teatro no sólo a ver, sino a sentir, a pensar y a opinar, aunque sólo sea ante sí mismos. Estos son los más exigentes. Y éstos, estoy seguro también, no le pondrán grandes reparos a la magnífica pieza "de costumbres sociales" del ya magnífico autor Salvador Novo.

En tiempos de Lope, cuando el público necio –que lo paga, y pues lo paga es justo hablarle en necio para darle gusto– acunaba al recién nacido gran teatro español, llamaba "comedias de ruido" a las de costumbres, como ésta de Novo, que es la estampa viva, graciosa y traviesa, veraz y certera, de una época característica de la sociedad mexicana –cuando la Señora Revolución, como la Culta Dama, está a punto de volverse cuarentona–, en la que es fácil, facilísimo, señalar con el índice, quiénes son en la vida real los personajes que se mueven en el tabladillo de la farsa. La culta dama empezó a meter ruido desde que se supo que Novo iba por las primeras escenas de la que había de ser magnífica comedia madura, fácil, fluida, frívola y dramática, y muy teatral.

La noche del estreno de La culta dama, todo el México social, y cuanto vale y cuenta en el artístico, se dio cita en el Bellas Artes. El público quería identificar a la "culta dama" que aparecería en la escena, identificarla con las varias "cultas damas" que asistirían a la representación, con el íntimo temor de verse reproducidas. Y nadie salió defraudado. Muchas "cultas damas", figuras prominentes en nuestra nueva alta sociedad, desfilan por el escenario como Antonia, como Clara, o como Margot, Beatriz o Irene, el "coro" en la tragedia íntima y muy social, que vivirá Antonia, la más característica de todas las "cultas damas" de la comedia verista de Salvador Novo.

Se divirtió en grande, y habrá aprovechado la lección que burla burlando les dicta la traviesa y mordaz experiencia social de Novo, comentarista sin par y espectador alerta de las vidas tan llenas de vacío de las innumerables "cultas damas mexicanas". Así serían las primeras representaciones de las primeras comedias de ruido de Benavente, en los albores del siglo. Como a la primera representación de La culta dama, habrá ido el público de la Corte de la austera María Cristina a la de La comida de las fieras. Las aristócratas de relumbrón fustigadas, a la platea, y la clase media y su servidumbre, a las localidades altas. Como sucederá en Bellas Artes. Las primeras comedias veristas, de costumbres, de Benavente, eran como el primer acto de La culta dama, alfilerazos de ingenio por aquí y por allá, retratos a línea de personajes identificables. Después vinieron las de lección y morales, como Los malhechores del bien, con la que La culta dama no deja de tener analogías. Ojalá y Novo llegue a los ochenta años escribiendo teatro, y de costumbres, ¡y qué costumbres!, como don Jacinto. El principio de Novo, maduro en cultura y en experiencia teatral, es superior al de Benavente, de Lo cursi, de Gente conocida, de El marido de la Téllez...

Es superior por estas y otras razones, y lo demuestra en La culta dama, comedia de construcción perfecta de bien estudiados contrastes, con personajes que de puro reales se salen materialmente de la escena, de modo que tememos encontrárnoslos, con los mismos trajes, inclusive por los pasillos, durante el intermedio de la representación. Hablan como lo hacen en sociedad, y en esto puede decirse que radica el mayor mérito de Novo como autor. El borboteo de la charla, las reacciones mentales que provoca el roce del ridículo, de la tragedia social inminente, parece que es tan superficial como en la vida, pero en realidad es distinto. Recuerda Ludwig que Goethe leía sus dramas en su casa, llevando el compás con la batuta, para marcar el sentido musical. La prosa de Novo, el diálogo teatral de Novo, es musical por fuera y por dentro; no hay palabra de más ni silencio de menos –que en el teatro lo que más se oye es el silencio–, y todo obedece a un ritmo tan fluido como estricto, a una justa y unida razón dramática. La brevedad en los hechos que se precipitan en unas cuantas horas, dan a la comedia la difícil unidad de acción. Ya al final del primer cuadro del segundo acto, de una finura sentimental y melancólica insuperable, sabemos a qué atenernos: ni Gloria ni Ernesto –los hijos de las madres "cultas damas", se quieren; en seguida se presenta caudaloso, incontenible, el folletín: la costurera burlada, el padre que sale de la Peni, el escándalo social "con el Cardenal en casa" –mientras otra "culta dama" actúa con mefistofélica perversidad; el encuentro, ¡al fin!, de la madre y el hijo, y el rescate del nieto espurio y no esperado, vencida al parecer, pero qué va, triunfante, porque como "culta dama", educará al nieto que le trajo al hogar –y que afortunadamente alcanzó a bautizar el Cardenal–, la aventura y el pecado que, como dios, está en todas las cosas, en todas partes.

Un excelente conjunto de actores profesionales y semidisciplinado a la justa y fina dirección de Novo, logró una interpretación que cala en la verdad, muy entonada y de buen tono. Matilde Palou, sobria y segura; Emperatriz Carvajal, desenvuelta y diabólica; Beatriz San Martín, fina, exquisita; muy mona, Titina Misrachi; profunda, veraz y certera, Pilar Souza; y muy inteligente y humana, Rosa María Moreno. ¡Qué justas y divertidas, Ada Carrasco, Stela Clark (no desmienten su abolengo, Ada es hija de Adda Navarrete, cantante insigne y Stela de una excelente actriz, Cuca del Castillo) y Lonka Baker, en las tres "cultas damas" que corean las arias de Antonia, los dúos de ésta con Gloria, los concertantes en que también interviene Ernesto. Este personaje, a cargo de Manolo Fábregas, lució mucho, y, en otro tono, más gris como era preciso, el padre presidiario, a cargo del excelente actor Miguel Ángel Ferriz.

La escena –la producción, para ser claro– a cargo de Julio Prieto, suntuosa, del mejor gusto; la iluminación sin verse, que es como se ve y se siente mejor, y todas las actrices vestidas con lujo, riqueza, distinción y el mejor gusto.