FICHA TÉCNICA



Título obra Amor de don Perrimplín con Belisa en su jardín

Autoría Federico García Lorca

Dirección André Moreau

Elenco Carole Vernay, André Moreau, Magda Donato, Lucille Donnay, Ghislaine Durand, María Victoria Llamas

Escenografía Antonio Gago

Grupos y compañías Compagnie d'art dramatique de l'Institut Français, Les Comédiens de France

Espacios teatrales Teatro Moliére del Instituto Francés de América Latina

Eventos Saison officielle de théâtre français 1951 organizado por Société des Amis du Théathre Français

Notas Comentario del autor sobre el teatro de comedia de Federico García Lorca

Referencia Armando de Maria y Campos, “El duende gitano es intraducible o los amores de Belisa y don Perlimplín en francés”, en Novedades, 21 agosto 1951.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

El duende gitano es intraducible o los amores de Belisa y don Perlimplín en francés

Armando de Maria y Campos

Por tercera vez los personajes de Federico García Lorca suben al tablado de la antigua farsa francesa. Dos veces –que yo recuerde– en su lengua original: La zapatera prodigiosa y Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, y una en francés, ahora, durante la temporada que los Amigos del Teatro Francés vienen celebrando en la sala Molière del Instituto Francés de América Latina. En dos ocasiones se ha representado la misma obra: los amores de don Perlimplín y Belisa, por distintos actores. Con la representación de la tragedia amorosa de ingenuo y trasnochado galán que es don Perlimplín, alternó la bella comedia La folle journée de Emilio Mazard, y hubo además un recital: La France poétique de François Villón a nuestros días.

Todas las comedias de García Lorca tienen "duende", y en particular las que forman el grupo de su teatro íntimo, gitano y español hasta las raíces, como esta "aleluya erótica en un prólogo y tres cuadros", que sigue la línea de la farsa, y que entronca, por lo que se refiere a su bolengo español, con un paso de Lope de Rueda –Cornudo y contento–, que recibieron en herencia picaresca Cervantes y Valle Inclán. Pero el "duende" gitano, el "duende" de García Lorca, es intraducible, así se atreva con él un hispanista de la cepa de Jean Camp, traductor e intérprete de la poesía castellana desde Góngora a Alfonso Reyes. En efecto, ¿cómo traducir fielmente a la lengua de Villón y de Claudel, esta cancioncilla que canta Belisa, cuando en una noche de "menta y lapislázuli" se desenlaza el nudo de amor y celos de la pequeña tragedia de don Perlimplín:

La noche de anís y plata
relumbra por los tejados.
Plata de arroyos y espejos.
Y anís en tus muslos blancos?

El "duende" gitano no sólo es intraducible, sino que es, muchas veces, invisible; invisible para los "payos". También indefinible. Se tiene o no se tiene; se siente o no se siente. García Lorca, que tampoco lo definió en términos de diccionario, decía que el maravilloso cantaor "El Lebrijano", creador de la "debla", comentaba: "los días que yo canto con duende no hay quien pueda conmigo"; la vieja bailarina gitana, "La Malena", exclamó un día oyendo tocar a Brailowsky un fragmento de Bach "¡Olé!, eso tiene duende", y dicen que estuvo aburrido con Gluk y con Brahms y con Darius Milhaud. Y Manuel Torres, el hombre de mayor cultura en la sangre que García Lorca confesaba haber conocido, dijo escuchando al propio Falla su Nocturno al Generalife esta espléndida frase: "Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende". ¡Qué verdad tan grande para los gitanos! Del mismo Torres es este comentario a un cantaor famoso, rico, pero sin cartel entre los cabales: "Tú tienes voz, tú sabes los estilos, pero no triunfarás nunca, porque tú no tienes duende". El secreto del arte añejo y actual de García Lorca está, sencillamente, en que todo él tiene duende...

Viejísima cultura y creación en el acto. Un viejo guitarrista le decía a Federico: "el duende no está en la garganta, el duende sube de dentro desde la planta de los pies". Es un poder misterioso que todos sienten –los que están en estado de sentirlo– y que ningún filósofo, desde Séneca a Ortega y Gasset explica. El duende está en la media Verónica de Belmonte y en el "par de Pamplona" de Gaona; en la cintura y en las castañuelas de Antonia Mercé y en la garganta tronca de la Niña de los Peines. Duende romano llamó García Lorca al de "Lagartijo", duende judío al de "Joselito" y duende barroco al de Belmonte; el de "Cagancho" fue, simplemente, duende gitano. Pero el toreo de Gaona también tuvo duende; por eso embrujaba a los andaluces cuando se echaba el capote a la espalda...

Todas las artes son capaces del duende. Zurbarán y el Greco tienen duende. Porque el duende es ángel, musa y... ¡duende! Cuando llega el duende a un cantaor o a un guitarrista, a un torero o a un poeta, a una bailarina o a una bailaora, su aparición es coreada: ¡Oleeé! y se grita desde el fondo de la fe: ¡Viva Dios!, como en toda la música árabe, danza, canción o elegía la llegada de la "misteriosa emoción" –¿el duende?– es saludada con enérgicos ¡Alá! ¡Alá!, es decir: Dios... Sí; el duende es el dedo de Dios que se posa sobre la prima y el bordón, sobre la garganta ronca de tragar aguardiente, sobre el capote de "Manolete", o recorre la ondulante cintura de Antonia Mercé; el que guía la pluma de Federico García Lorca, como antes lo hiciera con la Santa Teresa o San Juan de la Cruz, o con la de Quevedo. Cuando don Perlimplín, fingiéndose el amante soñado por su mujer, llega hasta Belisa embozado en una amplia capa roja como si estuviera teñida con sangre de toro, y mortalmente herido por su propia mano, sentimos que de muy dentro del pecho nos sale una exclamación: ¡Oleé! ¡Viva Dios! Porque, ¡vaya si tiene duende el gesto del infeliz solterón maduro, desposado con una jovenzuela cuyo cuerpo ardiente él sabe que no podrá descifrar jamás! ¿Recuerda el espector cómo la misma noche de bodas de Belisa y don Perlimplín es vigilada y comentada por dos duendes picarescos que corren entre el público y la alcoba nupcial una cortina de murmuración y de presagio? Pues... también en esa escena está el duende, el duende de la inspiración, la gracia y la travesura poética del poeta, granadino...

La aleluya escénica de García Lorca sin duende, queda reducida a una bella y picaresca farsa. Nada más. Los sonidos negros de que hablaba Manuel Torres, se tornan, bajo la hábil pluma de Jean Camp, en grises, como las aguas del Sena. El duende volvió de la torre Eiffel a la del Oro sevillana, cuyos pies desnudos besa y lame el Guadalquivir de aguas verdeaceituna.

Así y todo, qué bien se oye en la lengua de Valéry la deliciosa pieza lorquiana; y qué gracia tan sutil la que derrama en acentos y actitudes Carole Vernay, digna, de ser morena y granadina. El gran talento histriónico de André Moreau compuso un don Perlimplín conmovedor en su ingenuidad de desposado cornudo, doloroso en su trágico gesto negro de arrancarse la vida para que las grandes astas de ciervo adulto, que le crecían a la vista de todos, no lo obligaran a caminar encorvado.

El decorado de Antonio Gago, muy sencillo y travieso, y la iluminación, envolviendo a los actores –Magda Donato, Lucille Donnay; Ghislaine Durand y María Victoria Llamas, los duendecillos– en gasas de lejanía o recuerdos.

1 N. de la E. Esta última en la crónica del 20 de diciembre de 1950.