FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios y citas del libro autobiográfico La apacible locura de Enrique González Martínez, quien escribió pasajes sobre Ángela Peralta

Referencia Armando de Maria y Campos, “Una admirable evocación de Ángela Peralta por Enrique González Martínez”, en Novedades, 16 mayo 1951.




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Novedades

Columna El Teatro

Una admirable evocación de Ángela Peralta por Enrique González Martínez

Armando de Maria y Campos

"Tuve la suerte de escuchar de niño a Ángela Peralta", revela el poeta Enrique González Martínez en su libro biográfico: La apacible locura, segunda parte de El hombre del búho. Y agrega: "¿Cuántas personas hay ahora que puedan decir otro tanto?" En efecto, no es aventurado asegurar que fuera del poeta de Silénter no hay otra persona que puede vanagloriarse de tan señalado privilegio. Fue en la temporada del ochenta y tres, días antes de que fuera víctima en Mazatlán de la mortal enfermedad que la llevó al sepulcro.

Revela El hombre del búho que sus padres eran fervorosos aficionados a la música y que desde muy pequeño oyó cantar a su madre, que cantaba con una voz de mezzosoprano. Nada tiene de extraño que el anuncio de la visita de la compañía de la Peralta a Guadalajara despertara en la familia del poeta interés que se resolvió en no perder función de ópera. Aquella temporada "culminó con el estreno de Aída –refiere González Martínez–, interpretada por una compañía digna de cualquier ciudad europea y presentada con un lujo escénico desconocido en la modesta ciudad tapatía, la cual no pudo corresponder al gran suceso ni otorgar más premio a aquel gran conjunto de artistas que sus aplausos y su emoción, pues la penuria de la ciudad no alcanzó a llenar el teatro Degollado, y muchas representaciones se dieron ante dos o tres centenares de oyentes".

"Ángela cantaba sin tomar en cuenta la escasez del auditorio, con aquella voz maravillosa y con la emoción de verdadera artista, noble y desinteresada. Yo tenía entonces unos doce años, pero mi afición precoz me la ha hecho inolvidable. Por cierto que el público asistió con cierto recelo al estreno de la entonces más reciente obra de Verdi y con no poca prevención contra la música de Aída, de la cual se decía que, bajo la influencia de Wagner, era casi inaccesible. Así se lo dijeron a mi padre, quien lo mismo que todo el auditorio, aplaudió a rabiar y rió de buena gana de aquellos prejuicios de oscuridad cuando terminó la función. Claro está que la Peralta fue la estrella de aquel suceso lírico; pero tuvo en la obra un excepcional colaborador: el tenor dramático Ludovico Giraud, francés italianizado, que murió en Guadalajara después de su triunfo. En el Panteón de Santa Paula, hoy clausurado, vi durante mucho tiempo un tarjetón sobre la gaveta que guarda sus restos, y que decía '¡Una lágrima ante la tumba del inolvidable artista Ludovico Giraud!' ¿Qué alma romántica y piadosa le rindió tan discreto y sencillo homenaje?"

Sigamos leyendo al maestro de Los senderos ocultos, porque sus revelaciones sobre la vida teatral en la capital tapatía el año 83, no tienen desperdicio: "De aquel grupo de artistas que de Guadalajara partió a Mazatlán en plena derrota económica y a encontrar la muerte durante la epidemia de fiebre amarilla que azotó al puerto sinaloense, recuerdo algunos nombres: el maestro Rosa, director; el bajo Juan Reina, gran voz con poca escuela; Josefina Zepilli, bella mujer y excelente contralto. La orquesta, reforzada con profesores de Guadalajara, formó un inestimable conjunto bajo la hábil batuta del director".

"Pero Ángela Peralta –continúa evocando González Martínez–, la cantatriz ungida por la fama europea y enaltecida por el prestigio de la leyenda, lo dominaba todo. Era fea, gruesa, y a tal grado miope, que vacilaba cuando se movía en la escena, donde le era forzoso andar sin espejuelos. Pero su voz, excepcional en todos los registros, maravillaba a los artistas y se adueñaba de los corazones. Algo tendría el arte de aquella mujer insigne para que, en el disco mental de un niño de doce años, siga sonando todavía y renovando la emoción lejana".

Un testigo de excepción, no importa la edad que entonces tuviera, nos regala un testimonio invaluable del arte de cantar del inolvidable "Ruiseñor mexicano". Pero aún hay más; escuchemos al maestro: "La escuché después en La sonámbula y en Norma, sus obras favoritas, y vi cómo enloquecía la artista mexicana al escaso público que asistía a la ópera con verdadero sacrificio económico, no obstante la baratura de los precios. La Peralta cantaba como si lo hiciera en el teatro de la Scala de Milán o en la Gran Ópera de París, entregándose ella y su arte al reducido número de sus oyentes, conmovida por el aplauso de la patria, que le pagaba en ovaciones clamorosas el prodigio de su canto. Ya para despedirse de la tierra tapatía, ofreció una "función monstruo" en que se cantaron Aída y Rigoleto ¡por un peso la luneta! Apenas hubo concurrencia para las dos tercias del teatro. El público, entre delirantes aplausos, pidió a Ángela que cantara La paloma, y ella, sin melindres, dio a Guadalajara su adiós con la popular melodía. Horas más tarde, emprendió con sus compañeros el viaje de la muerte".

Esta es la única referencia al teatro que encuentro en el libro autobiográfico de González Martínez, publicado en los días en que fueron celebrados sus primeros ochenta años, como dijo en ocasión semejante Gutiérrez Gamero. ¡Gran referencia, desde luego, para los peraltistas! Pero fueron sólo estas páginas las que conmovieron mi corazón, desde hace muchos años devoto de la amistad y de la obra de González Martínez. También aquellas en que evoca su casa en la calle de Mosqueta, en la que tenía la bondad de recibirme –años de 1915 y 1916– y aún más: la de escuchar mis primeros versos, y sobre todo, las que dedica a El Heraldo de México y a su fundador el general Salvador Alvarado, en cuyo gran periódico y a las órdenes del propio general Alvarado, y del ingeniero Modesto Rollad, de Manuel Carpio y de Antonio Mediz Bolio, publiqué mis primeras crónicas de teatro...